DE PASEO POR NUESTRA HISTORIA (II)


MEXICO GLOBALIZADO

EN TIEMPOS DE LOS HABSBURGO

¿Qué pasaría si THEMIS, la cámara de la sonda Mars Odyssey, que está cartografiando la superficie de Marte, encontrara habitantes parecidos a nosotros, física y mentalmente hablando? A pesar de que cada vez es más difícil asombrarnos, sería una sorpresa, comparable a la de la Europa de los siglos XV y XVI al encontrar a América y a sus habitantes.

Los marcianos ¿Serían  homos sapiens? ¿Deberían ser dominados, estudiados, observados o sería mejor imponerles una cultura? ¿Deberíamos hacerles la guerra? ¿Serían iguales a nosotros o los protegeríamos por inferiores? Si sacrificaran a sus congéneres y fueran caníbales ¿Debían ser condenados por sus usos y costumbres?

Sobre esas y otras cuestiones versó la Polémica de los naturales de 1550, entre el obispo de Chiapas, Fray Bartolomé de las Casas, y Juan Ginés de Sepúlveda, cronista de Carlos I (V) y preceptor del futuro Felipe II. Fue un debate de altura. No hubo resolución final, fue un empate técnico. Desde entonces, el trato a los indígenas oscila entre la protección y la explotación, como se manifiesta en actos, decires y problemas de identidad.

Durante la Colonia, aunque protegidos, los indios eran vasallos del rey, como los españoles y sus hijos criollos. El resto de la población era gente menuda, agrupada en castas. Como vasallos compartían con la corona la propiedad de sus tierras, lo que les permitió conservar algunas, que perdieron a raíz de la Reforma, en la segunda mitad del siglo XIX, en el México independiente.

DELICIOSO MESTIZAJE

Hasta hoy, discutir el tema de los indígenas es llamar al conflicto. Hago votos para que algún día tengamos la capacidad de hacerlo sin que la ideología guíe el debate. Hoy pasearemos por el lado amable, por el origen de algunos integrantes de la cocina mexicana. Tenemos una comida deliciosa, variada, bellamente presentada y mestiza, hija de indios y españoles. El aceptar el mestizaje gastronómico, tendría que ayudar a reconciliarnos con el pasado (que ya fue) y a superar traumas.

¿A quién le molesta un buen plato de frijoles con chorizo o un arroz a la mexicana? ¿Unos tamales? ¿El mole? Casi todos nuestro platillos tienen elementos indígenas y españoles y a través de ellos, componentes de otros lares. Pensemos en el origen de sus ingredientes. En el primer ejemplo, los indios pusieron los frijoles y el chorizo los españoles.

El arroz es asiático. Hizo un largo recorrido antes de llegar a nuestra mesa. No vino en la Nao de China. En el siglo VIII, llegó a Valencia con los árabes y se convirtió en paella. En la segunda mitad del siglo XV, llegó al norte de Italia y se volvió risotto. Luego llegó a Francia y de ahí se propagó por Europa. En 1694, llegó a EUA, a Carolina del Sur, con los esclavos africanos. A Nueva España vino a principios del siglo XVIII y se hizo mexicano.

Los tamales son parte de nuestra alimentación. Los hay sofisticados y deliciosos, como los de Tamalli, y sencillos y ricos, como los que venden los ambulantes en las esquinas. ¿Quién no ha probado una torta de tamal (guajolota) y un vaso de atole? Es un desayuno mestizo, en el que conviven el maíz indígena del tamal y del atole, el trigo del bolillo y la leche españoles, el azúcar, llevada por los árabes a España y traída al Caribe antes del descubrimiento de México; la canela, originaria de Sri Lanka, la manteca, que es de cerdo y la carne del relleno.

Es curioso saber que a los indios les encantaron los cerdos y los llamaron cochinos (dormilones), palabra que cambió su significado por sucio y que ningún español contemporáneo que desconozca nuestro hablar entiende.

La expresión “ajonjolí de todos los moles” se aplica a los metiches y muestra lo mestizo de los moles. El ajonjolí fue conocido en las riberas del Tigris y el Eúfrates desde al antigüedad. En Ali Babá y los 40 ladrones tuvo un papel mágico: ¡ábrete sésamo! era la contraseña. Sésamo es sinónimo de ajonjolí.

Las especias fueron una de las principales razones de los viajes de Colón. La comida europea original era aburrida. El chocolate es de América, el café de áfrica y el té de Asia. Marco Polo llevó la pasta y las especias. La pimienta era más valiosa que el oro. La canela era, y sigue siendo cara y la vainilla natural también, para hablar de una especia más moderna y veracruzana. Así, en Europa se comía carne, algunas verduras y frutas. Se bebía agua, leche, vino, cerveza y aguardiente. Se comprende la urgencia por mejorar el menú.

Colón llevó gran cantidad de cosas a España, tantas que en su primer viaje la Santa María encalló frente a la isla de Santo Domingo. Durante los siglos XV y XVI los europeos acarrearon toda clase de alimentos a través del Atlántico, entre ellos el maíz, originario del Caribe, incluída la zona mexicana.

Maíz es la pronunciación que Colón hizo de la palabra taína mahís. En náhuatl se dice centli. En México se conoció gracias al dios Quetzalcóatl quien, con permiso divino, se convirtió en hormiga y fue al paraíso maya a robarse un grano de elote para darlo a los habitantes de la Anáhuac. No debe confundirse al dios con el personaje del mismo nombre, supuestamente originario de Amatlán, Morelos, último rey de Tollan y conquistador de Chichen Itzá, a quien teóricamente los mexicas confundieron con Cortés.

A finales del siglo XV los españoles trasportaron al Caribe caballos y yeguas; vacas y toros; cochinos, cabras, gallinas y pollos. De ahí eran los animales que trajeron a México, donde se adaptaron con rapidez. Bernal Díaz del Castillo, participante en tres expediciones a México (Hernández de Córdoba, Grijalva y Cortés) platica que él trajo las primeras semillas de naranja y las sembró en Veracruz.

Cortés llevó el cacao a España. Le gustó tanto al Emperador que hay una marca de chocolate que se llama así y otra Carlos V (I). Los españoles llevaron el jitomate (tomate rojo) a Filipinas, de donde se extendió por Asia. También lo sembraron en el Caribe y en 1540 en España, de donde se propagó por el Mediterráneo. En Italia le llamaron pomo d'oro, manzana dorada, hoy pomodoro. A Inglaterra llegó en 1597 y se extendió por sus colonias. En el siglo XVIII, ya con los Borbones, llegó a Francia, donde se llamó pomme d'amour, manzana del amor. ¡Vive la France!

LOS SEñORES DE LA GUERRA Y ¿DE LA PAZ?

En tiempo de los Habsburgo españoles, es decir de 1516 a 1700, se dio una primera globalización gastronómica, económica y cultural. El Imperio era envidiado y por ello y por motivos religiosos, las guerras eran frecuentes. Carlos I (V), el fundador de la dinastía, ganó las 15 que enfrentó. Su hijo, Felipe II triunfó en 7 de los 8 conflictos en qué participó. Cuando murió, en 1598, dejó pendiente la Guerra de los 80 años o de Flandes. La heredaron el nieto de Carlos, Felipe III, y su bisnieto Felipe IV, quien al fin reconoció la independencia de los Países Bajos (Holanda). Entre ambos herederos reinaron 67 años y acumularon 11 guerras. Sólo Felipe IV ganó una, a los rebeldes de Nápoles y Sicilia.

El tataranieto de Carlos I (V), Carlos II, ocupó el trono 35 años, de 1665 a 1700. Le decían el hechizado porque era retrasado mental e impotente, pero como Dios era el gran elector (Derecho Divino de los reyes) la brujería sirvió para explicar sus deficiencias. Con él se acabó la dinastía de Habsburgos españoles. Duró casi 2 siglos.

Como sabemos, los vacíos de poder no existen. El poder, como el agua, se distribuye en el sitio donde está. Cuando el agua no fluye, hace charcos. Cuando no hay líder, el poder forma “feudos”, que funcionan con intrigas e ineficiencias, Las de entonces corroyeron al Imperio. España enfrentó 5 guerras, sin ganar ninguna. Hubo años en los que ni siquiera zarpó la flota que la comunicaba con Nueva España. El motín de 1692, desatado por la escasez de maíz, en el que resultó incendiado el Palacio Real, hoy Palacio Nacional, nos habla de  lo que sucedió en tiempos de Sor Juana Inés de la Cruz y don Carlos de Sigüenza y Góngora. Fue el primer ejemplo histórico de nuestro sistema cuando la cabeza no funciona: se acaba el control político.

La ausencia de contacto de España y sus colonias favoreció que los consulados se volvieran ineficientes monopolios, que el comercio fuera penetrado por el contrabando extranjero, que los criollos tuvieran cada vez más poder y más aún el clero regular (los sacerdotes de convento y regla), que era responsable de la paz en el Virreinato, donde ni siquiera había milicias.

Al no funcionar la parte civil del gobierno, lo hizo la eclesiástica, que se encargó de creciente número de asuntos. El equilibrio se rompió. La sociedad se polarizó. Día con día los enemigos del Imperio ganaron terreno y, en 1700, la quizá anhelada muerte de Carlos II empeoró las cosas… (Continuará)


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