DIOS PADRE YA NO CREO EN TI


MEXICO GLOBALIZADO

Amparo Espinosa Rugarcía celebró su cumpleaños número 70 escribiendo el libro cuyo título da nombre a este artículo. Con el sello de Editorial Jus está dedicado “A Dios Padre, por todo y a pesar de todo. Al doctor Aniceto Aramoni, sólo por todo.” Entre otras cosas, la autora es fundadora y directora de Documentación y Estudios de Mujeres, A.C. (DEMAC), doctora en Psicoanálisis y tiene maestría y doctorado en Desarrollo Humano por la Ibero, donde también llevó diversos cursos de Teología. Además es la presidenta de la Fundación Espinosa Rugarcía y miembro del comité directivo del Centro de Estudios Espinosa Yglesias.

 

En la noche de la presentación Amparo explicó que escribió el libro para analizar, reflexionar y cuestionar. Para ella cuestionar es liberarse de la esclavitud y cuestionar a Dios Padre la llevó a lograr la liberación religiosa, “lo cual es una delicia”. Su comentario le da gran sentido a su autodefinición de católica.

 

El libro de Amparo es cuestionador, valiente, honesto, interesante y feminista. No es lindo, ni fácil. Busca la compañía de los lectores, establecer un diálogo, exponer sus puntos de vista. En el vino de honor me impresionó escuchar reiteradamente un comentario: “creo que todos (as) hemos dudado de las mismas cuestiones que ella, habrá que leerla.” Supongo que para algunos su contenido será revelador y para otros indignante. Inmersa en una sólida cultura religiosa, la autora se pregunta:

 

“¿Por qué seguimos los católicos aceptando el tutelaje de los autonombrados representantes de Dios y sus propuestas?

“¿Por qué sólo unos cuantos fieles se rebelan y proponen activamente alternativas a la corrupción moral y a la miopía asfixiante de nuestra Iglesia?

“¿Para qué continuamos las mujeres católicas siendo miembros de una organización que nos trata con desprecio?

“¿Cómo no reaccionamos ante su ridícula y anacrónica esclavitud de conciencias cuyo resultado más grave es impedirnos ver el rostro de Dios viviente, del Dios presente, de lo Inefable?” (p. 11)

 

Para responder a sus cuestionamientos comienza narrando que de niña quería ser “católicamente santa”, asimila la figura de Dios Padre a Yavé, quien le dictó los 10 mandamientos a Moisés, y da cuenta de sus esfuerzos para alcanzar la santidad hasta que puso a Dios en un paréntesis que duró tres décadas.

 

“Al iniciar lo que será sin duda el último tercio de mi vida (y a raíz de un texto escrito para una reunión de mi Instituto de Psicoanálisis) decidí sacarlo del paréntesis y darle otra oportunidad.

“Lo repensaría…

“Repensaría a Dios Padre a la luz de la inevitabilidad de la muerte, de mi muerte…

“Lo repensaría a partir de lo visto y vivido mientras lo marginé de mi vida; de lo aprendido durante ese lapso…

“… de mi maduración,

“… de las revelaciones de mi psicoanálisis acerca de mí misma…

“… de la teología tesoneramente estudiada.” (p. 13)

 

Luego actuó en consecuencia: repasó los textos en los que aprendió religión. Es toda una experiencia asomarse a la Biblia a través de sus ojos y ver cómo diagnostica, como buena psicoanalista, su figura de Dios Padre.

 

Al reflexionar sobre la creación y el séptimo día, dice “Me cuesta trabajo entender la decisión de Yavé de tomarse un descanso, pues ¿para qué necesita Dios descansar si su naturaleza no conoce el cansancio?” (p. 29)

 

Contrapone la construcción de la torre de Babel con la del Tabernáculo y sitúa en la primera un “avance tecnológico revolucionario: la fabricación de ladrillos cocidos al fuego.” (p. 42)

 

Muy tierno resulta el capítulo donde su tío Guillermo le regala una pulserita y la empuja a la libertad. Era una niñita de 10 años pidiéndole a sus padres que le corten las trenzas y “tijera en mano, mi padre me condujo al jardín. Bajo una palmera de seis metros de altura… ante la presencia de mi madre, de mi hermano, mis dos hermanas y mi tío, me cortó las trenzas.” (p. 61)

 

Confieso que, como siempre, me disgustaron los episodios de Abraham e Isaac (la prueba del sacrificio, no realizado del hijo a manos del padre) y de Esaú y Jacob (el trueque de la herencia por un plato de lentejas). La interpretación de la autora es radicalmente diferente a la de mis maestras de religión explicando que la diferencia entre el Dios judío y el Cristiano es amor.

 

Me enterneció leer que se quedó sin inspiración después de escribir el capítulo sobre Dios y el sexo y que le volvió pronto, acompañada de una señal divina: la oportunidad de visitar en el jardín botánico de Nueva York la réplica del jardín de “[…] Emily Dickinson, la poeta más famosa de Norteamérica […]” (p. 100) y que lo recorrió a su ritmo, porque no llegó el guía programado para acompañarlos a ella y a su hijo. Los jardines le fascinan:

 

“En los jardines se perciben las huella entrelazadas del hombre y la divinidad.

“Los jardines son un diálogo perpetuo y fecundo entre Dios y sus creaturas. Un diálogo transcurrido en el tiempo, a través de las estaciones del año.

“El jardín era el sitio donde mi madre se encontraba con Dios.

 “Ella se marchitó cuando dejó de atenderlo.

 “Emily Dickinson floreció escribiendo en el suyo, en su jardín, sus poemas más bellos, los que hablan de un diálogo íntimo con su Creador.

 “En honor a mi madre trabajo con afán en mi jardín, sobre todo ahora, en la antesala de la vejez, una etapa de la vida que ella no alcanzó.” (p. 101-108)

 

Después Amparo cambia el talante del libro. Desaparece ese dejo de reto filial, un poco travieso, hacia el Padre que se respira en la primera parte y que, en última instancia es un punto de vista muy personal, para dar lugar a la mujer que en otras circunstancias podría dialogar cara a cara con la cima de la jerarquía.

 

De la p. 127 a la p. 164 es un texto de lectura obligada para quienes, dentro de la Iglesia, quieren llamar de regreso a los millones de católicos que se han ido. Plantea el problema. Podrán estar o no de acuerdo con las conclusiones, pero contribuye con un análisis profundo, duro, sin miramientos, bien documentado, escrito de buena fe, con la espiritualidad de alguien que, alejada de la Iglesia, se reconoce católica. Termino con una parte de su diagnóstico:

 

“Nuestra era es una era huérfana de figuras y caminos ejemplares.

“Paradójicamente (o tal vez en consecuencia) es también una era ávida de dignidad y búsqueda espiritual.

“La globalización no es sólo un fenómeno económico y tecnológico.

“Es además un fenómeno religioso y espiritual que ha puesto de cabeza a las religiones occidentales.” (p. 152)