DE ACATLÁN AL CENTRO MÉDICO


MEXICO GLOBALIZADO

Esta mañana fui a la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán. Pensé en ustedes. Hace meses que no les escribo, así que hoy que hice algo inusual, les mando estas líneas. Estuve yendo a la FES seis sábados, a dar “Desarrollo integral de la familia en un contexto de valores”, el módulo II del Diplomado en Orientación familiar.


Hacía muchos años que no daba clases en la UNAM. Voy, sí, a CU, a la Hemeroteca Nacional. Ir a la FES fue una experiencia sensacional, con un grupo muy interesado, interesante y divertido. Esta mañana de miércoles fui a otro menester agradable: cobrar. Llegué al filo de las once, después del tránsito. Me tomó 20 minutos el traslado desde la colonia Roma.


Tras hacer los trámites y depositar mi cheque en el banco, decidí regresar en transporte público, así que a las 11:46 salí del centro comercial para tomar un autobús al Metro Cuatro caminos. El Toreo ahora es sólo un paradero de autobuses. La plaza que trasladaron desde la Condesa ya no existe. Fue un ejemplo de mal negocio. Costó mucho cambiarla y cubrirla para los pocos espectáculos que en proporción tuvo. En la Condesa fue sucedida por El Palacio de Hierro Durango. Cuando éste llegó ya se la habían llevado.


Acatlán (Lugar de cañas) está en el municipio de Naucalpan (Lugar de las cuatro casas). Tomé un autobús al Toreo. Tenía cortinitas en las ventanas, como foráneo de primera, y sus asientos forrados algún día fueron cómodos. Supongo que era elegante, me costó $7.50, pero sonaba como carcacha. Manejaba un hombre mal encarado que no hacía caso de las paradas, salvo donde él quería. Iba lento, así que pude ver el camino, cómo desapareció el verde que rodea al cerro de los Remedios (Totoltepec) mucho antes de llegar a mi destino. En una avenida me llamó la atención el museo tlatilca, cultura que aceptó la mezcla chichimeca, antes de la llegada de los mexicas.


Ya en el Toreo entré por el túnel del Metro. La única vez que estuve en esa terminal fue hace 10 años, cuando daba cursos de mapas mentales en EDUCAP, el negocio de mi hermana, y “regresé a México” con mi amigo y ex alumno del ITAM, Jorge Fox. él está a punto de cumplir una década en Europa. Ha vivido en Alemania, Irlanda, Noruega y ahora en Italia. Nutrimos nuestra amistad por Skype. Recordé que hace poco fue al dentista y comentando con él una molestia le dijo “pienso que…” sólo para escuchar una inesperada respuesta: “tal vez en México los pacientes piensan, pero aquí no.” Por su anécdota llegué al andén con la sonrisa en la boca.


Se ve que en horas pico la terminal está llena hasta el tope. Hay rejas para formar unifilas, como las de los bancos, pero a lo grande: medio patio y para ir de ahí al andén hay entradas para hombres y para mujeres, no separación en el andén mismo, como en las otras terminales y estaciones.


Los vagones del Metro son modernos, de esos que se intercomunican. Había gente, pero todos íbamos sentados. La primera estación que pasamos fue Panteones. De niña iba con mis tíos Tete y Meme al Español a visitar las tumbas de los papás de él. Ahí está Manuel Aveleyra, el hermano de Pablo.


La siguiente estación es Tacuba. Tlacopan (Planta florida sobre tierra llana), su nombre original, remite a las épocas de los mexicas, a su participación en la Triple Alianza, junto con Tenochtitlan y Texcoco, protagonista del llamado Imperio Azteca, que llegó hasta Soconusco, en Chiapas.


La Alianza desapareció en la conquista. Cortés la desintegró. A Tlacopan fueron a dar sus huestes en la Noche triste o Noche alegre, como, por el triunfo mexica, le dice mi amigo, el maestro indigenista Adalberto Moreno Flores. Desde el siglo pasado no he ido a Tacuba ¿Cómo estará su parroquia de San Gabriel? Era agradable.


Tacuba es una estación de trasferencia. De la línea 2, en la que iba, se puede uno pasar a la 7, la que corre de Barranca del Muerto a El Rosario, la más profunda del sistema. Subió y bajó gente, pero no tanta como para que se abarrotara el vagón. Para entonces, habría gastado entre cuarenta y cincuenta pesos si hubiera comprado lo que vendían: CD con música en formato MP3, kleenex, marcadores, chicles y lámparas de alógeno.


Salvo las lámparas, que costaban veinte pesos, los vendedores gritaban a voz en cuello “cinco pesos le vale, cinco pesos le cuesta,” en los casos de los kleenex, marcadores y chicles y “diez pesos le vale, diez pesos le cuesta,” en el de los CDs. ¿Cómo, a pesar de las fluctuaciones, las cosas cuestan siempre cinco y diez pesos? Es la primera vez que veo que varios vendedores suben y ofrecen su mercancía al mismo tiempo. En general van de uno en uno, se ponen de acuerdo y deciden el orden de venta.


Eso sí, no hubo dos que ofrecieran el mismo producto simultáneamente y en el transcurso del viaje me tocaron cinco vendedores de CDs. Son muy ruidosos, llevan su reproductor a todo volumen. ¿Cuántos discos deberán vender al día para tener ganancia? ¿Sus discos serán piratas o simplemente son producidos tan masivamente que se pueden ofrecer a diez pesos? El salario mínimo en el DF es de $59.82 alcanza para cinco discos y sobra dinero. Los CDs de calidad cuestan varios días de salario mínimo, o sea no son opción para quienes los compran en el Metro.


Luego de Tacuba está la estación Cuitláhuac (El que ha sido encargado del cuidado de alguien). El lugar me dice poco, he pasado, pero no he caminado por ahí. Lleva el nombre del penúltimo tlatoani mexica, hermano de Moctezuma II, pero ahora veo en la Wikipedia que ese nombre se lo puso La Malinche. En realidad se llamaba Cuauhtlahuac (águila sobre el agua).


La siguiente estación es Popotla. Ahí estaba el árbol de la Noche triste. Primero era frondoso. Luego, algunos vándalos lo quemaron en razón de su ideología. ¿Por qué en México es válida la destrucción si ésta se ampara en sinrazones ideológicas? Pensé que esos detalles son indicativos de que no tenemos idea de lo que es vivir en un estado de Derecho, con respeto y Ley.


Mi mente se fue al inicio del día, cuando leí una propuesta sobre el IETU: dejarlo como impuesto de control para las grandes empresas y quitarlo para las PYMES. ¿Un impuesto de control? Los impuestos son cargas económicas que el Estado impone para financiarse. Si sirven para controlar el pago de otro impuesto es que no opera la ley. Si funcionara, ésta no necesitaría de esos controles y no existiría el IETU que graba el flujo de caja como si fuera ganancia y deja sin capital de trabajo y sin liquidez a quien lo tiene que pagar.


La siguiente estación es Colegio Militar. Hace años me invitaron a dar clases a los generales que estudiaban su maestría. Me halagó que me fueran a buscar a Banamex, donde trabajaba, porque había creado la publicación estadística México social indicadores seleccionados. Le dijeron a mi jefe, Pablo Aveleyra, y a su jefe, Humberto Rodríguez, que les interesaba que fuera porque ellos conocían más del país, pero yo sabía ordenarlo.


Después pasamos por la estación Normal. ¿Qué habrá ahí ahora? Luego San Cosme. Mi mamá vivió en Santa María la Ribera, la colonia de enfrente. En su época era muy elegante. Sigue teniendo el kiosco morisco en su alameda. Es hermoso, hecho de fierro fundido. Si se quemara, se derretiría, así que espero que lo cuiden. Hace uno o dos años fuimos mi marido y yo con nuestros buenos amigos Michael y Susie W, estadounidenses que viven en México por decisión propia y que en verdad lo conocen.


Luego pasamos por Revolución. El fin de semana pasado mi marido nos llevó a Ceci mi prima y a mi por ahí. Es cuestión de gustos, desde luego, pero me pareció grotesco el elevador que le pusieron en medio al monumento. El frontón México tiene la fachada pintada y una bandera de huelga nueva. Es una pena que no se use. Cerca de ahí viven mis amigos, los Suárez.


La siguiente estación es el Metro Hidalgo, la entrada al Centro por la Alameda, la cercanía del Banco de México en donde largo tiempo disfruté de la hospitalidad de Guillermo Güemez y nuestros enriquecedores desayunos. Ahí pude irme a la línea 3, pero opté por quedarme. Subió y bajó mucha gente. Después Bellas Artes, con su estación parisina, más adelante Allende, el insurgente. Luego una vuelta de 45º nos llevó al Zócalo, al corazón de Tenochtitlán, donde un águila posada en un nopal comió una serpiente, a Catedral, al Palacio Nacional y a los “gemelos” del Distrito Federal.


Sigue la estación Pino Suárez. Ahora en el pasaje entre ésta y el Zócalo hay librerías. Antes había una inolvidable feria anual. Ahí escuché a dos señores con facha de obreros discutir sobre si uno de ellos debía comprar o no un libro. Finalmente lo convenció de que lo ayudara a seleccionar uno. Le dijo “bueno, pero conste que te advertí que leer hace vicio.”


Después llegamos a San Antonio Abad. Hace un siglo era la zona industrial de la ciudad y estaba a las afueras. Hoy es casi el Centro. Ahí el Metro sale a la superficie y corre por Tlalpan. En la siguiente estación, Chabacano, me bajé para cambiar de Metro, rumbo a Tacubaya. El andén es doble, con una parte en el centro, para que baje el pasaje, y otra de lado, para que suba. Los “listos” se meten por la salida y se suben al vagón cuando baja la gente.


De ese lado estaba un hombre joven con una lista en la mano interrogando a unos vendedores ambulantes que estaban en el andén de subida. Hablaban de si estaban vendiendo dulces o chicles. Llegó el Metro, el de la lista se subió cuando bajaba el pasaje y se bajó cuando abrió el vagón para que lo abordáramos. Se acercó a los vendedores, quienes habían dicho que quería dinero… Me habría gustado quedarme al chisme o que el Metro se parara como acostumbra, pero no. Arrancamos, pasamos la estación Lázaro Cárdenas y llegamos a Centro Médico, mi destino. Eran las 12.46.