RUBEN AGUILAR MONTEVERDE


MEXICO GLOBALIZADO


Luz Ma. Silva

 
El 19 de diciembre de 2011, a los 87 años y 4 meses exactos (nació el 19 de agosto de 1924) murió Rubén Aguilar. Típico suyo: hacer las cosas exactas. Una etapa de mi vida tuve en suerte tratar de cerca al banquero-filántropo. Nos conocimos hace 42 años en Banamex. éramos parientes, pero la familia de mi mamá es muy grande. él era de Hermosillo y nosotros del DF. Había escuchado de los familiares de Sonora, sin conocerlos.

 

Teníamos un pariente común, Jesús Pérez Pavón (Chucho). Aunque se trataron poco, él nos presentó frente a los elevadores. Rubén me dio la mano muy serio. Los tres trabajábamos en el Banco. Ellos eran miembros de Dirección. Yo hacía mis pininos profesionales en Estudios Económicos, bajo las órdenes de Pablo Aveleyra.

 

El Banco estaba en vísperas de sufrir una gran transformación: al iniciar 1970 se retiraría el equipo de Dirección General, encabezado por don Agustín Legorreta (don Tintino), grupo al que pertenecía Chucho, y entraría el de Rubén, con don Agustín F. Legorreta a la cabeza. Por entonces me cambié al Departamento de Automatización. Rubén y yo no volvimos a vernos.

 

En 1973 Pablo Aveleyra me sacó de las computadoras y me regresó a lo mío, pero ya no en Economía, sino a Investigación Ambiental con Fernando Cuen. Ahí aprendí a hacer escenarios para estudiar tendencias. Cuando el Sr. Cuen se fue a Fomento Cultural Banamex, le pedí a Pablo que fuera mi jefe. Aceptó y tiempo después fundamos el Departamento de Estudios Sociales.

 

Así me tocó ser parte de una costumbre que había en Banamex: Estudios Económicos hacía un análisis de lo que había sido el año y de lo que se esperaba para el siguiente. Hubo una reunión en la casa de don Agustín F. en Cuernavaca y por primera vez fue incluido Estudios Sociales. Reencontré a Rubén. Se había achilangado lo suficiente como para invitarme a que nos habláramos de tú. Platicamos buena parte de la tarde y desde entonces casi siempre conversamos muy a gusto.

 

Rubén pensaba que la banca debía de auxiliarse de la Sociología. Era un banquero de vieja cepa, autodidacta y gran maestro. Decía que Banamex era como una universidad. Cierto. Aprendía uno mucho y de diversas disciplinas. él, don Humberto Rodríguez, don Francisco Alcalá, Pablo Aveleyra, Alberto de la Portilla, Alfonso Mercado, Fernando Cuen y muchos otros eran jefes que formaban a su gente, que la enseñaban a trabajar. No se andaban con cuentos. Las cosas tenían que salir, punto. Para que aprendiera y aportara a la vez, Rubén me abrió las puertas de su División y de sus reuniones mensuales con los operadores del Banco.

 

Ahí conocí a muchos amigos que vivían en diferentes partes del país y entendí principios que hoy parecen olvidados. Por ejemplo: uno no debe pedir prestado más del 30% de su ingreso, si no quiere ahorcarse. También entendí que cuando Rubén insistía en que Banamex era el líder en vivienda de interés social porque era el líder en cuentas de ahorro lo que estaba diciendo era que no pueden hacerse cosas de dinero barato y de largo plazo, como la vivienda, con dinero caro de corto plazo.

 

En los 70 Rubén, interesado en la agricultura, me pidió que le consiguiera una cita “informal” en la Secretaría de la Reforma Agraria. Lo logré y los ya 6 ó 7 miembros de Estudios Sociales fuimos a escucharlo hablar con los funcionarios. él quería usar dinero del Banco dedicado por el encaje legal a la agricultura para desarrollar comunidades campesinas, en vez de entregarlo a Banxico, pero la ley lo impedía al establecer que debía participar el ejido completo. él pensaba que los vividores del crédito no debían entrar. Había ido para convencer a la autoridad. Hizo del Departamento de Pequeños Productores Agropecuarios un ejemplo de desarrollo de la comunidad, con la cartera vencida más baja del Banco. Los campesinos escogían a quiénes entraban en el proyecto y a quiénes dejaban al margen.

 

En 1981 don Agustín F. pasó a la Presidencia del Consejo. Rubén fue nombrado Director General. El primer no Legorreta desde 1916. él veía venir la globalización y buscaba segmentar a la clientela nacional e internacional, institucional y personal. Buscó el desarrollo campesino, el de la clase media y creó servicios especiales para clientes adinerados y para segmentos especiales. Por ejemplo, con Martha Mercado, hizo la Banca de la Mujer.

 

En 1982 la estatización de la banca fue un balde de agua fría y una pérdida terrible para México en materia de desarrollo, de ética, de tejido social, etc. Aún pagamos las consecuencias. Lo que hoy pasa con el sistema financiero mundial dimensiona la catástrofe: el país tenía banqueros profesionales, honrados, nacionalistas, entregados a su tarea y los echó por la borda…

 

Entre el 1 de septiembre y 31 de diciembre de 1982, cada banco tuvo un “representante del gobierno”. Rubén seguía siendo Director General. Algunas veces fui a platicar con él en su oficina o, más bien, a escucharlo, a verlo rebotar sus ideas. Qué interesante. Recuerdo que una vez que me llamó tenía gripe y traía un sweater bajo el saco. No abrí la boca. él se expuso las razones por las que tenía que jubilarse, que dejar Banamex, el sitio donde había trabajado su vida entera. Fue impresionante ver a la velocidad a la que se aclaró las ideas, se le acabó la gripe y se quitó el sweater.

 

Rubén se retiró a principios de 1983. Aunque me quedé en la institución hasta 1986, a partir de entonces nuestra amistad se hizo profunda. Fui muchas veces a su casa y disfruté de la hospitalidad y del cariño de Licha su esposa. No imagino el éxito de Rubén sin ella. Ambos y sus 6 hijos recorrieron diversas partes de México, como hicieron todas las familias de los banqueros que colaboraron con el país durante el desarrollo estabilizador. Conocían a los clientes y cómo funcionaba la economía. Un ascenso iba aparejado de un cambio de ciudad.

 

Escuchar las historias de Rubén era tan interesante como oírlo hablar de lo que sucedía en el mundo y hacia dónde iba México. Era hijo de Lidia Monteverde y del Dr. Fernando Aguilar Quintana. Mi abuela, Manuela Oviedo Quintana, era su prima hermana. De sus seis hermanos sólo conocí a María Antonieta, la mayor, quien goza de cabal salud, y a Alonso, prestigiado economista de izquierda, maestro e investigador de la UNAM y alma de la excelente editorial Nuestro Tiempo, ya desaparecida.

 

Ver a Rubén platicar con Alonso era toda una experiencia. Ideológicamente contrarios, eran ejemplo de amistad, respeto e inteligencia. Ambos eran excelentes maestros y se sermoneaban, pero se “repartían” el rato: primero uno –casi siempre Rubén- le explicaba al otro lo que pensaba y después era el turno del hermano. Los papeles se cambiaban por completo y aunque supongo que nunca se convencieron uno al otro, siempre se enriquecieron.

 

Alonso y sus hermanos se fueron de la casa paterna para estudiar. En 1939 le llegó el tiempo a Rubén, pero él no quiso dejar a sus padres en Navojoa. El Dr. Aguilar estuvo de acuerdo y fue a ver a su amigo, el gerente de Banamex, para que le diera un trabajo a su hijo. Años después Rubén se dio cuenta que el gerente había hecho más: había puesto que tenía 16 años, pues el Banco no aceptaba quinceañeros.

 

Por influencia de uno de sus hermanos ¿Fernando?, no estoy segura, Rubén decidió estudiar por correspondencia. Ahora lo haría online. En 1942 terminó contador privado de la Escuela Bancaria y Comercial. No sé si en los viajes y vueltas que da la vida, extravió su diploma o nunca le llegó. Lo que recuerdo es que 30 años después, cuando era Presidente de la Asociación de Banqueros de México, en una visita a su Alma Mater recibió solemnemente una copia de manos del Director. Autodidacta y gran lector, Rubén insistió en que los funcionarios de Banamex fueran universitarios, les dio facilidades y simultáneamente reforzó su formación de banqueros.

 

Rubén platicaba muchas anécdotas. Por ejemplo, como banquero de Mexicali fue parte del equipo que en 1952 diseñó el escudo del estado de Baja California, hasta entonces territorio. También alguna vez me contó que le encantaba el olor del café, que no podía tomar, pero Licha lo consentía tanto que siempre que llegaba a su casa olía a café recién hecho.

 

Rubén pasó a mejor vida. Con días de diferencia se le adelantó su hijo Horacio, hombre de gran corazón quien en el terremoto de 1985, sin obligación alguna, tuvo la generosidad de ir con pico y pala a rescatar a vivos y muertos de un edificio que el Banco tenía rentado en la calle de Izazaga. ¿Habrá revoluciones en el más allá? Me cuesta trabajo imaginar a padre e hijo en la contemplación, tocando el arpa o descansando. Recordando su segunda carrera profesional, como Rubén le decía a su larga etapa de filántropo, me es más fácil visualizarlos urdiendo algo en favor de …