ELECCIONES, REFLEXIONES


MEXICO GLOBALIZADO


El debate entre los candidatos y la reacción de los jóvenes nos metieron de lleno en la cuestión electoral. Una elección aparentemente ganada, un país desesperanzado y desinteresado han dejado lugar a un México sorprendido, y sorprendente, en el que quienes aún no sabemos por quién votar somos mayoría. Ignoro si esa sea la democracia que queremos –o con qué se come eso-. De lo que estoy segura es de que las cosas se ponen interesantes y de que tenemos una oportunidad histórica de encontrar una ruta que nos permita retomar el camino del desarrollo.

¿Deseamos ser una potencia industrial o un país atrasado? ¿Queremos un gobierno corporativo, en el que grandes asociaciones, como los sindicatos nacionales, decidan nuestro destino? ¿Preferimos un sistema presidencialista moderado, como el de otros lugares? ¿Pensamos que México necesita un Presidente autoritario? ¿Nos gustaría que los tres poderes tuvieran la misma importancia? ¿Deseamos una república parlamentaria, es decir un legislativo fuerte y un presidente débil? ¿Para sacar de la pobreza a millones de mexicanos hay que protegerlos, incluso haciéndolos esclavos, como quería Maximiliano, u obligarlos a crecer por su cuenta, aunque el resultado sea su miseria, como querían Juárez y los liberales de la Reforma? Es difícil ponernos de acuerdo. Tal vez ni siquiera formulamos las preguntas, aunque estén ahí, en el aire.

Lo cierto es que ya no deseamos “más de lo mismo”. Nos disgustan la violencia, la inseguridad; nos avergüenzan la corrupción, el dispendio de ciertos “líderes” y la ignorancia de otros. Queremos, sí, que México deje de ser un país de media tabla y se vuelva uno en el que vivamos mejor. Digamos que en esos puntos tenemos un acuerdo básico, aunque en las soluciones y en el cómo alcanzarlas los desacuerdos sean abismales.

¿Cómo alcanzar ciertos puntos que nos permitan actuar juntos? Ese es nuestro reto como votantes y el desafío fundamental del siguiente Presidente, si queremos que México retome el camino del crecimiento, sin deteriorar las variables económicas, sin crear nuevos cuellos de botella, ni ahondar los conflictos y el deterioro.

El habla confusa, superficial, desinformada o sin sentido no sirve al interés nacional. Tampoco las descalificaciones mutuas. La destrucción indiscriminada de las cosas es eso: destrucción. México es un país con el tejido social deteriorado. Es hora de rehacerlo, de reconstruirlo, no de acabar con él, a cambio de entronizar a un candidato, sea de derecha, de izquierda o de centro.

El mundo desarrollado está en una crisis globalizada, con detonantes locales. Es su crisis, no la nuestra. En ellos la sociedad del conocimiento está terminando con los restos de la sociedad industrial, con sus empleos industriales, con su manera de hacer las cosas. La salida masiva de capitales para poner esas industrias en Asia, en América Latina, en Europa del Este y en Sudáfrica es algo que hemos aprovechado y debemos aprovechar más. Es momento de que se industrialicen los países que puedan y quieran hacerlo. ¿Nosotros queremos o preferimos la miseria y el atraso?

La industrialización actual se hace con la lógica de producción de la sociedad del conocimiento, no a la manera de Tiempos modernos (1935) de Charles Chaplin. Nadie saca sus fábricas de un país para invertir en tecnología obsoleta en otro. Al contrario. Las instala con tecnología de punta, busca personal altamente calificado, no analfabetas que aspiran a ser más baratos que las máquinas.

Sin duda México es un lugar atractivo, tiene excelente mano de obra, una inmejorable ubicación y aunque su infraestructura es deficiente, se ha mejorado, parcialmente. ¿Queremos que la violencia nos cierre las oportunidades? No sería la primera vez que hacemos semejante hazaña. El precio que pagamos por ello fue enorme: en el siglo XIX tuvimos una guerra civil que comenzó en 1810 y terminó en 1877. Con algunos paréntesis de paz, 67 años de lucha y desacuerdo nos costaron 51% del territorio, una deuda pública inmanejable, cuyos elevados intereses derribaron gobiernos y ayudaron al desarrollo de otros pueblos, y 60 años de retraso para que llegaran los ferrocarriles, por sólo mencionar algunas consecuencias.

¿Habrá manera de llegar a acuerdos mínimos para que México pueda aprovechar oportunidades? ¿Podrá lograrse, por ejemplo, que se construya el gasoducto al Bajío con carácter urgente, para que la industria pueda aprovechar su bajo precio y acelerar su producción, en vez de tener que hacer caso del consejo de PEMEX de que baje su consumo?¿Desaparecerán las televisoras si hay otras cadenas? ¿Se arruinarán los prestadores de telecomunicaciones si cobran más barato, extienden sus servicios y los mejoran?

¿No podemos dirimir tranquilamente esos asuntos, además de tomar la calle? ¿Por qué, por ejemplo, no se comentan ampliamente las respuestas escritas de los tres candidatos “que tendrán mayor votación” a la encuesta que El Norte-Reforma les levantó? ¿Quebrará si la muestra más allá de sus suscriptores? ¿El IFE perderá sus restos de autoridad si logra que se trasmita en cadena nacional el debate de candidatos presidenciales? ¿Tendrá algún simbolismo que se haya elegido para hacerlo el inolvidable 10 de junio?

En resumen: para tener parámetros de decisión objetivos el 1 de julio necesitamos información y reflexión.

 


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