ING. ALFONSO COVARRUBIAS LUGO


México globalizado

Luz Ma. Silva

 ¿Sabían que Poncho Covarrubias construyó Cancún? Así fue, literalmente hablando. En febrero de 1999, para celebrar que la ciudad cumpliría 25 años en el próximo abril, decidió escribir un libro narrando sus muchísimas aventuras como gerente del proyecto, enviado por Fonatur, recién desprendido del Banco de México (Banxico) del inolvidable personaje que fue don Rodrigo Gómez.

 

“Historias de Cancún” es un libro serio, desenfadado, nada solemne y a veces francamente jocoso como su autor. Releo su prólogo:

 

“Durante los años que trabajé por allá no llevé ningún diario, no porque hubiera pensado seguir los pasos de Bernal Díaz o Tucídides sino porque nunca he tenido esa costumbre. Esta falta de registros me puso en situación difícil: ordenar los acontecimientos cronológicamente. Como en muchos casos se me ‘cuatrapean’ y para evitar confusiones, concluí que lo mejor era escribir en estricto desorden y adrede lo hice, salvo en unas cuantas excepciones....”

 

Como suele suceder en nuestro país, Cancún se construyó a marchas forzadas, por mexicanos, con dos o tres “caras pálidas” que estuvieron de colados, cuenta el ingeniero. “Siempre tuvimos que llevar a cabo nuestro trabajo a toda velocidad y con tantas presiones que todavía no me explico cómo las ingeniamos para divertirnos. De no haber sido así, nunca hubiéramos aguantado el paso.” En esa expresión Alfonso habla como sociólogo, a él no le extrañaba que el mexicano fuera un pueblo feliz a pesar de los pesares.

 

Poncho narra que Cancún se gestó en Banxico a finales de los 60. Don Rodrigo sabía que había que promover otros lugares de playa, que complementaran al recién surgido centro turístico de Puerto Vallarta y a los de siempre: Acapulco, Mazatlán y Guaymas, del lado del Pacífico; a Veracruz, del lado del Golfo; y a Cozumel e Isla Mujeres en el Caribe. Tras varias opciones la decisión fue Cancún. Cerca sólo estaba Puerto Juárez con 116 habitantes. Había que hacer todo. Una vez dados los primeros pasos, Fonatur se separó de Banxico, pues don Rodrigo consideró que no era propio del banco central dedicarse a construir infraestructura y a descontar créditos hoteleros.

 

En 1974, el Ing. Covarrubias fue el sexto gerente del Proyecto Cancún, en un periodo de dos años. Como nunca le gustó el riesgo, pero siempre le encantaron los retos, aceptó. Encontró un centro con hoteles en construcción, casi terminada, en un lugar sin infraestructura. “...El bulevar era aún provisional. En la ciudad los trabajos de urbanización se acababan de asignar, al abastecimiento de agua potable y a las plantas de tratamiento les faltaba prácticamente todo. El alumbrado público no existía ni en proyecto. Evidentemente había un compromiso contractual de que cada hotel contaría con los servicios de infraestructura cuando abriera sus puertas.”

 

A bordo de una avioneta (había una pista improvisada, no un aeropuerto) llegó a Cancún. Nacido en Los Mochis, era su primer viaje a la Península. “Nunca había estado ni en Yucatán, ni en Campeche y muchos menos en Quintana Roo; según yo, eso no estaba en mi horóscopo. De lo primero que aprendí fue que casi no hay tierra, todo es roca caliza y un suelo granular de color blanco que llaman Sascab; allá no se conocen ni el lodo, ni los ríos; y ni siquiera desde un avión se divisa un cerro. Siendo originario de una región árida, como lo es el Norte de Sinaloa, me impresionó lo cerrado del monte, lleno de zapotes con el tronco macheteado para extraer el chicle. Tampoco había visto ese color de mar. Y algo que siempre me destanteó, y a lo que nunca me pude acostumbrar, fue a ver que el Sol salía por el mar. En mi tierra es al revés.” Esta última afirmación es fundamental para las parejas: salvo las madrugadoras que quieran ver el amanecer, los atardeceres románticos, con hermosas puestas de Sol, son de las playas del Pacífico.

 

Con su equipo, héroes anónimos que construyeron Cancún, hizo de todo: desde generar electricidad con un par de plantas, mientras la CFE construía una línea de alta tensión, hasta lidear con bloqueos de los ejidatarios, pasando por ser anfitrión del presidente Luis Echeverría, en un lugar en construcción, donde nadie se tomó la molestia de preguntar si había dónde acomodarlo, así que a la voz de “ábranla que somos del Estado mayor” los susodichos consiguieron dónde y dejaron a los recién estrenados hoteles mal con los turistas. “Ni modo, gajes de la Roma imperial”, acotó Poncho.

 

Más difícil aún fue tener instalaciones para la reunión de gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 1976. No había dónde, ni cómo construir y equipar un Centro de Convenciones en 145 días y al mismo tiempo contar con 5 mil cuartos de hotel. En una reunión, se dio cuenta de que los cuartos si estarían (¡Viva México!), que el problema era el auditorio. Mauricio, uno de los miembros de su equipo, planteó la solución: poner un domo de lona inflado con aire, de esos que los gringos usan como bodegas de granos en sus granjas, es decir, en lugares de mucho viento. Para amarrar el contrato, un día Poncho tuvo que ir en avión a Chicago, firmar con el fabricante, comprar un Milky Way para cada una de sus hijas y regresar a México a bordo del mismo aparato, a tiempo para cenar en casa. La reunión del BID fue todo un éxito.

 

Además de su libro de Cancún, Poncho escribió “Barbaridades Mochitenses (y algo más) Recuerdos para un centenario”, dedicado a su patria chica, que cumplió 100 años en el 2003. En él no tuvo problemas con la cronología: hizo un diccionario en el que combinó las palabras de uso común con los principales hechos históricos de su ciudad natal.

 

Los Mochis es un lugar muy especial: “surgió por un ingenio edificado sobre las ruinas de una utopía socialista, ambos de origen americano. El sueño frustrado de construir un ferrocarril que sería portento de ingeniería y asombro de la humanidad, es quizá premonitorio de promesas incumplidas y, después de años de espera, ese pueblo deja atrás las raíces de su fundación, elimina las suspicacias de gobernantes que no apoyaron su progreso, y hoy, [2003] con sus 400,000 habitantes, con cientos de miles de hectáreas en producción continua, con educación a nivel universitario, con el periódico de más tiraje en el estado y con comunicaciones instantáneas a cualquier lugar del mundo, es un punto muy importante en el mapa económico de México.” Ejemplos de conceptos que asentó en su libro son:

 

Atascadero. Barrial, lodazal donde se atascaban los carros, troques y trocas. Después de un buen aguacero, absolutamente todo el pueblo era un fenomenal atascadero, por eso lo de lodochis no era gratis... (A los nativos de Los Mochis les dicen lodochis, “infame sobrenombre que nos fue endilgado por los fuereños”, dice en la parte correspondiente.)

 

“Jesuita. Se refiere a un integrante de la Compañía de Jesús, orden religiosa formada por Iñigo López de Oñaz y Loyola, más conocido por San Ignacio de Loyola, y nueve compañeros...” y en su lenguaje sencillo y serio dedicó tres hojas y media a su labor en el Norte de México hasta la expulsión en 1767.

 

Zurrar. Cagar, defecar. Andar zurrado es andar con miedo, abochornado, avergonzado. Por andar escribiendo tanta barbaridad, a ver si no acabo así.” Esa fue la última definición de su segundo libro.

 

El Ing. Alfonso Covarrubias Lugo, Master of Science de Northwestern University de Evanston, Illinois, egresado de finanzas del IMADE de Lausana, Suiza, dueño de una amplia experiencia profesional, incluida la de ser director en Banamex –donde lo conocí hace más de 30 años- nació en agosto de 1938. Falleció la madrugada de este 21 de junio del 2014, sin mayor aviso. Habrá que agradecer al Señor que se lo llevó de esa manera, pero cuando algo así sucede, para los demás es como si les hubieran pateado la cabeza. El “inge” siempre hizo lo que le dio la gana y siempre sorprendió a quienes, sin estar tan cerca, tampoco estábamos tan lejos.

 

Estas líneas están escritas con cariño para su hoy viuda Cristina Calero, para las hijas de Alfonso, para las de Cristina, para sus cónyuges y para los nietos. También para los muchos amigos que dejó el Pinche Poncho –ustedes disculpen, así le decía- y para quienes aman a nuestro México y gustan saber de esos personajes que sin ser consignados por la historia oficial hicieron todo lo que pudieron por él. Descanse en paz.