CHISPAZOS DE HISTORIA RECIENTE (III)


A principios de 1966, Gustavo Díaz Ordaz Bolaños parecía buen Presidente. Sin el carisma de Adolfo López Mateos, su antecesor, era admirado por su oratoria y sentido del humor. Famoso por su fealdad, para deleite de chicos y grandes circulaban chistes al por mayor, muchos de los cuales se debían a su autoría. Por ejemplo: “La gente dice que tengo dos caras; pero, miren, si yo tuviera dos caras ¿creen que usaría la que traigo?“

Ordenado por definición, sus allegados sabían que tenían que ir al grano, estructurar bien sus planteamientos y cumplir al pie de la letra sus cinco reglas: 1. dígame la verdad, 2. nunca me pida disculpas, 3. si viola la ley, pues viólela, pero que yo no me entere, 4. cuidado con lo que me informe, 5. nunca pretenda que yo haga un cambio en el gabinete. Decía, con razón, lo vemos ahora que “el desorden abre las puertas a la anarquía o a la dictadura.” Lo que aún nadie imaginaba era que su autoritarismo lo llevaría a ser el iniciador involuntario del desorden en México y a empañar su imagen histórica, a pesar de que sus logros económicos y su evidente amor por nuestro país.

Las reglas de Díaz Ordaz resumen nuestra cultura auoritaria y explican en parte los problemas de hoy. Era abogado, pero lo que le importaba de la ley era ignorar si alguien cercano la transgredía. Se inscribía en la tradición que aún dice: “las leyes se hicieron para violarse,” a la que el también abogado Benito Juárez aportó aquello de: “para los amigos las prebendas y los dones, para los enemigos, la ley”. Hoy, la sociedad de información exige leyes claras y poca discrecionalidad, es decir, choca con el autoritarismo. En ese entonces, aún lo ignorábamos, aún nos faltaba mucho por vivir, pero el “show” estaba por comenzar:

Una tarde de abril de 1966, mi compañero de carrera y entrañable amigo, Peter Watkins, y yo llegamos a CU como acostumbrábamos: en su Vochito gris, a toda velocidad. él trabajaba en Bancomer, a dos cuadras de Banamex. No había ejes viales, pero se las arreglaba para tomar San Juan de Letrán (hoy Eje Central) y Av. Universidad a un mínimo de 60 Km por hora. Cuando llegamos a Ciencias Políticas, encontramos vacíos el edificio y su siempre concurrida cafetería. Todo el mundo estaba en la explanada de Rectoría esperando que el Dr. Ignacio Chávez fuera expulsado de su cargo. Fuimos a ver. La tensión era enorme. Hubo silencio, luego gritos y finalmente alguien dijo que el Rector había sido arrojado a patadas, literalmente hablando.

Nos quedamos mudos en un mar de gritos de felicidad. Con anterioridad, el famoso cardiólogo había impuesto dos medidas: la preparatoria de tres años y el examen de admisión a la Universidad. De personalidad autoritaria, era sin embargo más flexible que sus asesores soviéticos. Se decía que les había cuestionado: “¿En la URSS con qué promedio de calificación entran?” Y ante el “100” de respuesta que le dieron, había preguntado “¿Y si alguien saca 99 qué sucede?” Para recibir a su vez como contestación otra pregunta: “Doctor ¿En qué sistema numérico 99 es igual a 100?” Si mal no recuerdo, cuando nosotros entramos era suficiente 8, pero los alumnos de las preparatorias de la propia UNAM luchaban por el “pase automático”, es decir, sin examen.

Esa tarde, terminado el inusitado espectáculo, mis compañeros y yo nos fuimos a Ciencias Políticas a intercambiar ideas y a tratar de entender lo sucedido. Pronto quedó claro que el Dr. Chávez era gente de López Mateos y que Díaz Ordaz no lo quería en Rectoría. El mes anterior la Junta de Gobierno lo confirmó para un segundo periodo y cuando el Presidente le ofreció una embajada, el Dr. le contestó: “la Universidad es autónoma y usted no tiene por qué intervenir en sus asuntos internos”. Así, “un movimiento” lo secuestró varias horas en sus oficinas de Rectoría y cuando telefoneó al Presidente, éste le contestó: “lo siento, no puedo intervenir en las cuestiones internas de la Universidad...”

El Presidente “ganó” el primer round. Aunque seguía teniendo simpatía en amplios sectores, no se hizo esperar una señal de que las cosas ya no eran como antes: el domingo 29 de mayo de 1966, se inauguró el Estadio Azteca. Por problemas de tránsito, Díaz Ordaz llegó tarde y lo recibió la rechifla de una multitud calculada entre 90 y 100 mil personas. El partido entre el América, de México, y el Torino, de Italia, terminó con un empate a dos y las cosas se mantuvieron en aparente calma hasta que el 14 de septiembre del mismo 1966 el desalojo de paracaidistas de un gran terreno del sur de la ciudad, le costó el puesto a Ernesto P. Uruchurtu, Regente del DF durante catorce años, en los cuales modernizó la ciudad, con un estilo tan eficaz como autoritario.

Nosotros, seguimos trabajando y estudiando, como si nada. Los viernes en la tarde y los sábados asistíamos a cafés y discotecas, mucho más “fresas” que los “antros” contemporáneos. A veces sabíamos que alguien había probado la marihuana o que había dejado su casa para vivir en comuna, al estilo hippie.

Nos gustaba ir al cine club de la Facultad de Ciencias, al de Filosofía y de vez en cuando nos aventuramos a ir al del Politécnico. Estaba de moda ser intelectual. Además de los libros de estudio, solíamos cargar otro bajo el brazo, de preferencia “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir, o algo de Jean Paul Sartre o de Franz Kafka. Nuestro maestro, don Henrique González Casanova, nos había dejado claro que si queríamos saber algo, deberíamos leer un mínimo de 50 páginas por semana, además de las obligatorias.

Nos encantaba escuchar a óscar Chávez quien rasgaba su guitarra y nos invitaba a oír su música en “Silencio pollos pelones ya les van a echar su máiz”, obra de teatro contra el acarreo de votantes. Bertha Lerner, otros amigos y yo íbamos a la Casa del Lago en Chapultepec a ver “La cantante calva” de Eugène Ionesco. Aplaudíamos a rabiar al final, cuando escuchábamos “se sigue peinando igual.” Fuimos tantas veces, que los actores hacían chistes exclusivos para nosotros. En ocasiones, al terminar pasábamos a escuchar al Maestro Juan José Arreola, quien solía dar cátedra bajo los árboles, a quienes quisieran oírlas.

Viendo las cosas a distancia, dos tendencias profundas estaban a punto de enfrentarse. Por un lado, el autoritarismo ancestral de nuestra cultura. Por el otro, las tendencias modernizadoras de un mundo externo que era imposible parar. El conflicto sigue sin resolverse. Hoy, a principios del siglo 21, nuestra cultura autoritaria se defiende a costa de lo que sea, incluyendo el país. Lo vemos en la lucha entre el Legislativo y el Ejecutivo. Los líderes de las bancadas del PRI y  del PRD pretenden que quede claro que ellos mandan y que el Presidente tiene la culpa de no tener presupuesto por no hacer el cabildeo previo, es decir, por no darles “su” lugar, por no reconocer su “autoridad”. Al principio Fox, contestó en el mismo tono. No sé si es menos autoritario o le preocupa más México, pero parece haber cedido, llamando al diálogo.

Unos más, otros menos, los mexicanos y las mexicanas estamos educados en la cultura autoritaria que no lleva a caminos constructivos, que nos pone en desventaja en la competencia mundial, que nos impide razonar, aprender a pensar en procesos, aprovechar realmente la tecnología.

No es lo mismo tener autoridad que ser autoritario, no es igual operar con reglas claras que hacerlo con discrecionalidad, es decir, de acuerdo con la voluntad un personaje. Los resultados se aprecian en cosas tan aparentemente lejanas como el que no haya planos de las urbes mexicanas, ni siquiera en la Internet. Salvo los del DF, Guadalajara y Monterrey, sólo hay excepciones y éstas casi siempre son extranjeras y parciales: de los hoteleros, de quienes dan clases de español o de aquellos que tienen algo que vender en un lugar determinado. ¿Sirve de algo que un amigo o un cliente se pierda por falta de referencias? (Continuará)