FERNANDO SOLANA


MÉXICO GLOBALIZADO


Luz Ma. Silva

Que “cada quien habla de la feria como le va en ella” es una verdad de a kilo y por tanto hablo bien del recién desaparecido Fernando Solana (1931-2016). Nunca fuimos muy cercanos, pero hubo una época en la que estuvo presente en mi vida estudiantil-profesional y mis recuerdos son gratos.

Lo vi por vez primera hace ya muchos años, quizá en 1965, en el estacionamiento de la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Había ya anochecido. De repente todos los estudiantes salían corriendo del pequeño edificio hacia donde ya había pocos autos estacionados. Mi amiga Bertha Lerner y yo nos asomamos a ver qué sucedía y lo que vimos fue a un líder estudiantil, el Pelón Aguilar enfrascado en una lucha de cuerpo a cuerpo con otro estudiante y a un maestro que se acercó decididamente y con una enorme fuerza, los separó. Lograda la hazaña sólo les dijo:
- Los intelectuales verdaderos nunca dirimen a golpe sus diferencias.

Meses después hubo una fiesta de la Escuela y me pareció muy curioso ver al maestro Solana con un vaso en la mano platicando con distintas parejas que estaban bailando. Platicaban apaciblemente, sin interrumpir su baile, aunque él sí detenía breves momentos su caminata, para ir hablando con unos y otros.

Luego llegó 1968. Me fui a las islas británicas de vacaciones. Regresé a tiempo para participar en la manifestación del silencio. Pocas veces he sentido la emoción de ese día. El rector era el Ing. Javier Barros Sierra y el secretario el maestro Solana, quienes encabezaron la marcha del monumento a álvaro Obregón, en San ángel, a Liverpool de Insurgentes, es decir al cruce de esa avenida con Félix Cuevas. En las orillas de las muchísimas filas de manifestantes iban unos jóvenes altos y fornidos con un periódico enrollado. Mucho tiempo después me dijo quiénes eran:
- Las porras y los jugadores de futbol americano. Dentro del periódico llevaban un bat para protegernos de cualquier provocador, estuviera en las filas o afuera. Afortunadamente no hubo necesidad. Nuestra integridad era mi responsabilidad.

Al año siguiente, cambiaron el horario de trabajo en el Banco Nacional de México, entonces BNM, donde trabajaba y eso me permitió ir en las mañanas a Estudios Económicos del Banco y trabajar en la tarde-noche en la Dirección de Información, en la Rectoría, a donde me había invitado Adolfo Chacón, quien fue mi compañero en la Facultad. Ahí supe que al rector le decían Batman y Robin y al maestro Solana porque usaban el estacionamiento subterráneo de rectoría o sea la baticueva. También me enteré que el maestro Solana manejaba muy rápido y que por eso el rector mandó poner en el circuito interior de CU los enormes topes que aún existen.

Pasaron los años. En 1982 José López Portillo estatizó la banca. De septiembre a diciembre estuvo al frente de cada banco un representante del gobierno, como les llamó diplomáticamente Miguel de la Madrid a los funcionarios públicos que mandó a tomar la papa caliente que le dejó sus antecesor. Nos tocó David Ibarra, quien le pidió a Rubén Aguilar Monteverde, director general del banco, que se quedara los tres meses. En enero llegó el maestro Fernando Solana. Había sido ya secretario de Comercio y dos veces secretario de Educación Pública.

Yo estaba al frente del Departamento de Estudios Sociales, bajo la dirección de Pablo Aveleyra. En esos meses había hecho una encuesta de opinión sobre la estatización. Le expliqué los resultados y que las dos figuras que tenían menor prestigio en ese momento eran los políticos y los banqueros. Con el sentido del humor que le aprecié muchas veces, comentó:
- Ah sí ¿entonces dónde estamos los políticos banqueros?

Como desde la época de Rubén Aguilar asistía a la junta mensual de dirección en el auditorio del Banco, seguí yendo. Fue muy interesante ver cómo hizo que los banqueros expusieran lo que sucedía en su dirección y cómo los enseñó a hablar en público. Luego organizó la primera reunión anual en Guadalajara y ahí me preguntó algo que ni en broma supe contestar:
- ¿Cuántos clientes tiene Banamex? Como no supe qué decirle hice una encuesta rápida para responderle al otro día y tuve que decirle
- Creo que nadie sabe porque me han dicho desde 10 mil hasta 50 mil. De ahí salió el número de cliente, que aún se usa.

Luego llegó 1985 y con él los terremotos. Fernando Solana se ganó el respeto de muchos al encabezar las labores de rescate de los diversos edificios rentados que se fueron abajo. él fue el primero en mover piedras y organizar a los parientes desesperados de los empleados que estaban en un edificio en la avenida Izazaga, en el centro del DF: les puso tiendas de campaña, les dio vales para comidas y se comprometió a informar tres veces al día, a cambio de que no se acercaran para nada a las ruinas. Así evitó mayores males y se ganó el respecto de muchos.

Las opiniones de Fernando Solana como director de Banamex son diversas. A mi no me gustó trabajar en una Sociedad Nacional de Crédito así que un día, en 1986, con el apoyo de Paco mi marido, me fui. Antes, pasé a despedirme. En la plática me preguntó:
- ¿Qué piensa hacer?

Como estaba ya contratada por Santillana para escribir un libro de texto de Ciencias Sociales para secundaria, platicamos un rato del tema. Cuando, con mi imprudencia acostumbrada, le dije que no sabía cómo iba a combinar lo que había aprendido de México en el Banco con las rigideces de la SEP y él se echó una franca carcajada, recordé que había sido el secretario que había puesto el programa vigente, por áreas. 
- ¿Qué rigideces? Me preguntó divertido.
- Por ejemplo, que México es el ombligo de la Luna, le contesté. 
- ¿No sabe que existen las etimologías? me respondió a su vez. Seguí su consejo y puse las etimologías de todos los estados. Nadie objetó nada. Al contrario.

Desde entonces soy maestra en el ITAM y medio tiempo trabajo por mi cuenta. El maestro Solana fue de mis primeros clientes. Me mandó a Tlaxcala a hacer un diagnóstico para que Beatriz Paredes supiera cómo estaba la situación en el estado que iba a gobernar. Consigné lo que encontré. Por ejemplo, que la gente le tenía miedo porque había participado en las expropiaciones de tierra con el presidente Luis Echeverría. Un día que me mandó llamar para que le escribiera un texto. Me dijo:
- ¿Por qué puso eso? Le mandé el diagnóstico sin leerlo y ella se preocupó mucho. 
- ¿Qué no es mejor que sepa a qué atenerse? le pregunté a mi vez. Sonrió.
- Haga el trabajo a triple espacio. La política no se le dio, me pidió.

Al poco tiempo me invitó a una de las reuniones que tenía con los clientes VIP, esa vez en Acapulco. En otra ocasión, lo encontré en el corredor de la dirección. Acababa de hacer un trabajo de diagnóstico de Nuevo Vallarta para Promoción Turística Banamex. Me saludó con amabilidad y me felicitó por el trabajo que había realizado.
- ¿Cómo sabe que fui yo? 
- Ah, me contestó, en la punta de un cerro en medio del desierto hubiera yo sabido que ese párrafo que dice “hay invasiones de tierra y los dueños tienen dos opciones: matar a los invasores o quedarse sin tierra” lo escribió usted. 
- ¿Está mal? Le pregunté. 
- No. Es exacto, pero la manera de expresarlo es sólo de usted.

Después llegó 1988. él se fue a Relaciones Exteriores. Lo volví a ver muchos años después en una boda. Lo saludé de lejos, se sonrió y se me quedó viendo con una muy bien disimulada cara de What? Mi marido me dijo que fuera a decirle quién era para que pudiera disfrutar la cena y eso hice. Luego me lo encontré en el Club de Banqueros y hasta de nombre me saludó, o sea que tenía la mente muy ordenada y si uno estaba donde debía estar, era reconocido, si no, no. Mis respetos.

La última vez que lo vi fue en Banamex, en el homenaje que Manuel Medina Mora le organizó a don Humberto Rodríguez. Sabía que estaba enfermo. Lo saludé, me contestó con su amabilidad acostumbrada, pero ya no me reconoció. Descanse en paz, maestro Solana.