Crespo, J. A. Antes de la conquista. Anécdotas, sucesos y relatos.


MÉXICO GLOBALIZADO Luz María Silva

Crespo, José Antonio. "Antes de la conquista. Anécdotas, sucesos y relatos." México, Edición de autor impresa en los talleres de Litográfica Ingramex, 2015. 160 p.

El autor anuncia desde el principio que éste es el primero de tres libros que formarán su trilogía en torno al descubrimiento, conquista y evangelización de América. Egresado del doctorado en Historia de la Universidad Iberoamericana comienza su trabajo con una división teórica de la disciplina, pero eso sí, escrita con su fluidez acostumbrada. Así, basado en el ensayo de Luis González y González “De la múltiple utilización de la historia” explica que los principales géneros de la historia son:


"A) La historia oficial (o de bronce o reverencial) busca infundir y divulgar virtudes patrióticas… B) La historia crítica o de denuncia es el opuesto de la oficial, busca desentrañar o desenterrar lo que fue deliberadamente oculto… C) La historia terapéutica se asemeja a la historia crítica. Busca liberar a los pueblos de traumas y rencores históricos… D) La historia científica es la que intentan cultivar los profesionales de la disciplina… E) La historia anecdótica (llamada también anticuaria, arqueológica, narrativa o romántica), muestra menos formalidad que los demás géneros históricos, y sus fines son mucho más modestos: … generar interés por las anécdotas divertidas, los sucesos asombrosos, los imprevistos y casualidades, los episodios chuscos o trágicos, pero sugestivos…" [9-12]

Crespo inscribe su trilogía en la historia anticuaria o anecdótica y llena este primer tomo de anécdotas, pero situadas en un entorno que les da sentido. Su índice es sencillo, al prólogo le siguen cuatro capítulos: el descubrimiento, la espada y la cruz, el arribo a México y el imperio azteca.

En el primer capítulo explica las principales preocupaciones que tenía la humanidad hasta antes del final del siglo XV y los efectos que en el pensamiento analítico tuvieron el descubrimiento y el encuentro inesperado de personas en América. Reproduce los autores que pensaron que la población encontrada era francamente mediocre. Por ejemplo Georges Louis Leclerc y Corneille de Paw señalan que el atraso tecnológico se debe al clima, a que lo extenso del continente dificulta la interacción entre los pueblos y por tanto el aprendizaje. Les llama especialmente la atención que no hubieran descubierto el hierro, ni la rueda, ni un medio de transporte eficaz, pues no tenían animales de tiro, ni una agricultura productiva, pues carecían de arados y por tanto usaban el primitivo sistema de la coa. Al respecto cita específicamente a dos españoles:

"Todos los materiales traen a cuestas; las vigas y las piedras grandes traen arrastrando con sogas y como les faltaba ingenio y abundaba la gente, la piedra o viga que había menester cien hombres, tíranla cuatrocientos." Motolinía [18]

"No tenían moneda, teniendo mucha plata, oro y cobre… Carecía"n del uso del hierro, habiendo grandísimas minas de ello, y esto por rudeza. No tenían otra candela para alumbrarse en la noche que los tizones; barbarie grandísima y tanto más grande cuanto más cera tenían… No hacían navíos, sino de una sola pieza, aunque buscaban grandes árboles: la causa era la falta de hierro, pez (brea) e ingenios para calafatearlos." Gómara [18-19]

Luego Crespo lleva de la mano al lector por los pensamientos de Platón, Marco Polo, otros autores y, desde luego Colón, las dificultades de su viaje, la posibilidad de que haya muerto ignorando que había descubierto un continente y no llegado a las costas de Japón y en ruta hacia la China de las tejas de oro y pormenores sobre lo que a la postre vino resultando la existencia real del Nuevo Mundo.

Como en diversas obras que estudian a Colón, el almirante sale mal parado en el libro de Crespo. Los especialistas en liderazgo deben estudiar su figura con detenimiento. Gran navegante, como líder sus deficiencias fueron muchas y las consecuencias para él mismo muy onerosas. Para empezar, desde su primer viaje perdió el respeto de sus hombres cuando negó a Juan Rodríguez Bermejo o Rodrigo de Triana el mérito –y la recompensa real- por avisar tierra.

Un acierto del anecdotario de Crespo, que es en realidad muy serio, pero no solemne, es la mezcla de los acontecimientos con el sentir y pensar de los protagonistas, en especial en lo que a fantasías medievales y bíblicas se refiere. Por ejemplo, cuando pensamos en el Amazonas, lo hacemos en el gran río sudamericano, no en la mitología, como hicieron portugueses y españoles en su tiempo, ni en sus antepasados culturales, algunos de los cuales reportaron, desde el viejo continente, haber visto el árbol sagrado que profetizó que Alejandro Magno sería dueño del mundo, pero no regresaría a Macedonia, o aquellos otros que creyeron ver el arca de Noe o hasta el paraíso terrenal. La visión de éste último se pasó a América, cuyas bellezas hacían pensar que en estas nuevas tierras sí había estado semejante lugar.

“La historia de la Conquista de América es la conquista de sus mitos”, cita de Enrique de Gandía con la que se identifica Crespo [27] y que le permite abordar desde ese ángulo la actuación de Cortés y sus contemporáneos, como su eterno enemigo Fray Bartolomé de las Casas.

Los ingleses son también objeto del libro de Crespo. A ElDorado de Raleigh le dedica casi dos páginas. Desde que Colón oyó hablar de la ciudad lacustre rodeada de murallas de oro, se le ubicó en Perú, Colombia o cerca del Amazonas. En 1594 sir Walter Raleigh, apunta el autor, interceptó una nave española en la que había una carta escrita por Antonio Berrio en la que informaba que al fin había localizado la urbe. Nada más lejos de la realidad, pero fue suficiente para despertar el interés del antiguo pirata transformado en noble y en escritor, pues tras explorar el Orinoco en su búsqueda, regresó a su patria para hacerse de recursos y continuar con la búsqueda.

Así, en 1596 Raleigh publicó su libro: "El descubrimiento del grande, rico y bello Imperio de Guyana, con un relato de la poderosa y dorada ciudad de Manoa (que los españoles llaman ElDorado)." Así, reveló a Europa la existencia de la ciudad y el camino para llegar a ella. Sin embargo, la fortuna no le sonrió a tan emprendedor personaje: en 1603 falleció Isabel I de Inglaterra, su gran protectora. Como no gozó del favor de Jacobo I, su sucesor, sir Walter fue a dar a la torre de Londres, donde estuvo hasta 1616.

Cuando salió, Raleigh convenció a sus antiguos compañeros y regresaron a la Guayana. La mala fortuna se expresó en el clima, en la desorientación de los navegantes, motines marineros y hasta en un enfrentamiento con los españoles, que le costó la vida a su hijo y a la larga el patíbulo a él mismo pues, tras la fallida expedición, de regreso a Londres, fue juzgado por el ataque, a pesar de la prohibición del rey, condenado y ejecutado. Sin embargo, apunta Crespo:
"Todavía a mediados del siglo XVIII, ElDorado seguía apareciendo en los mapas, en medio de un gran lago y equidistante de los ríos Orinoco y Amazonas." [56]

Con naturalidad, como quien no quiere la cosa, Crespo aborda la antropofagia de tlaxcaltecas y mexicas. Moctezuma dio órdenes a sus emisarios de llevar a Veracruz comida regional para Cortés y sus hombres y de sondear si querían carne humana. Cuenta que el propio Cortés, enemigo del canibalismo, se hizo de la vista gorda cuando los tlaxcaltecas se cenaban a los derrotados mexicas y cita a Bernal Díaz del Castillo cuando éstos decían a los españoles:


Mirad cuán malos y bellacos sóis, que aun vuestras carnes son tan malas para comer que amargan como las hieles, que no las podemos tragar de amargor. [59]


Sin duda que la necesidad tiene cara de hereje pues, apunta Crespo que al margen de cualquier amargor muchos soldados españoles terminaron en las cacerolas no sólo de mexicas y tlaxcaltecas, sino de los guaraníes en Paraguay. Por otro lado, sostiene el autor, hubo muchos pueblos que no comían carne humana, ni de animal, salvo pescados, aves y, si acaso, mariscos.

Otros aspectos especialmente interesantes del libro son la existencia y destino de los indios que fueron a dar a Europa, tanto en España como en Inglaterra, y el intento español de abrir un canal en Panamá desde fechas tan tempranas como 1524 y 1590, cuando ya se advertía la diferencia de altura entre el Pacífico y el Atlántico y el intento de los colonos escoceses en el siglo XVII. Es de llamar la atención que haya omitido el intento francés de 1889 que terminó en un escándalo financiero de alcance mundial y en el desprestigio de Ferdinand de Lesseps, el famoso constructor del canal de Suez, y la Compañía del Canal Interoceánico, entre cuyos inversionistas estaban el Banco Franco Egipcio y personajes de la talla de Alfred Eiffel. Sin embargo, como bien dice Crespo, la construcción del canal tuvo que esperar al siglo XX para realizarse.

La necesidad de encontrar un paso entre el Atlántico y el Pacífico dio pie a muchas aventuras y descubrimientos que Crespo narra con singular maestría y sentido del humor. Por ejemplo, cuenta que el descubridor del Pacífico, Vasco Nuño de Balboa, se encontró a Anayansi, una Malinche panameña, de la que se enamoró, pero se casó con la hija del gobernador Pedro Arias (Pedrarias), suegro que lo mandó al patíbulo por engañar a su hija con la joven de sus amores. Su verdugo fue Francisco Pizarro, compañero de aventuras. Crespo termina el tema comentando:

"Por cierto que el tal Pedrarias vivió una extraña situación; habiendo sufrido un ataque de catalepsia, fue dado por muerto, y en medio de su funeral, despertó y se levantó envuelto en un sudario, para espanto de los presentes. Cobró así el mote de “El Enterrado”, y en cada aniversario de su “resurrección” se hacía celebrar solemnes honras fúnebres." [110]

Crespo narra el arribo a México desde el permiso que gobernador de la Española, Diego Colón, el hijo de Cristóbal, extendió a Diego de Velázquez para explorar y conquistar Cuba. Iba acompañado de cuatro naves, pagadas por él mismo. En ellas estaban su secretario, Hernán Cortés, y Bartolomé de Las Casas, a quien Velázquez describió "como hombre
apacible y de buen carácter, aunque dado a los arranques de ira." [113]

En medio de la narración de la conquista de Cuba, surge un tercer personaje que hace acto de presencia en la historia de México: Pánfilo de Narvaes, y posteriormente Bernal Díaz del Castillo. Narra las expediciones fallidas a México y cómo la misión termina en manos de Hernán Cortés, personaje contradictorio de quien ofrece considerables pormenores. 


Hace lo propio con Moctezuma, al que califica de gran emperador, hombre valiente como el que más, a pesar de lo que a veces se dice sobre él. Termina la narración abriendo bocado: en la víspera del encuentro entre Cortés y Moctezuma, así que esperamos con interés el segundo tomo de la trilogía.