CHISPAZOS DE HISTORIA RECIENTE (II)


En 1966, el Departamento de Estudios Económicos de Banamex estaba en un añadido en la azotea de Crédito Bursátil, edificio ubicado en Isabel la Católica 36, en la acera de enfrente de la casona colonial donde surgió el Banco, en Isabel la Católica 44 esquina Venustiano Carranza, que en 1884 era Puente del Espíritu Santo 6 y Capuchinas, en el centro de la ciudad de México.

Decían que trabajábamos en el cuarto de las escobas. Ignoro si alguna vez fue tal, pero el elevador sólo llegaba al quinto piso, lo que hacía que tuviéramos que subir una planta por las escaleras y que siempre pasáramos por el Departamento de Estudios Técnicos, poblado de inteligentes ingenieros químicos, que a su vez guardaban sus libros con nosotros, en un gran librero que estaba en la pared de entrada. Con su ejemplo y el de mis compañeros, aprendí que los diccionarios y otros libros de consulta sí sirven. Ahora se consulta en Internet, pero en ese tiempo había que tomar los libros y buscar.

Estudios Económicos constaba de tres cuartos: uno grandote, donde estábamos el subgerente, los investigadores, el traductor, don Manuel Díez de Bonilla y el office boy. Atrás, con su respectiva puerta de comunicación, estaban dos cuartos, uno ocupado por el gerente, don Armando Chávez Camacho, ilustre periodista quien siempre saludaba “buenos días compañeros” y otro, en el que había una pequeña biblioteca.

Cuando llegué, la biblioteca albergaba al Dr. Alfredo Lagunilla Iñárritu, en vías de jubilarse. Todos le tenían mucho respeto y por tanto nadie entraba a verlo. En la temporada de exámenes finales, mis compañeros me aconsejaron que le pidiera ayuda. Luego me confesaron que el consejo había sido mal intencionado: querían que me quitara el tiempo para que reprobara. Sin embargo, Dios premia a los inocentes...

Don Alfredo, quien era un cultísimo y experimentado personaje, me explicó el temario: desde la primera guerra mundial hasta la segunda posguerra. Me describió con lujo de detalles la guerra civil española (1936-39) pues él fue el subdirector del Banco de España en la República; me contó su huída a Francia, en un camión de cadáveres, e infinidad de detalles más. Nuestra amistad fue entrañable y duró los muchos años que aún vivió. Ya jubilado, don Alfredo, viajó muchísimo, así que salvo China, conoció todo lo que del mundo quiso ver.

Gracias a don Alfredo me saqué diez en Política Mundial y dejé al profesor, Rafael Segovia, con los ojos cuadrados. Le impactó que hubiera alguien tan enterado. Acababa de llegar de España al Colegio de México y a la entonces aún Escuela de Ciencias Políticas y Sociales. El examen era oral y antes que yo presentara el mío alguien le había dicho que Inglaterra estaba en el Mediterráneo, error que le escandalizó. Aún escribe en Reforma, así que supongo que a pesar de todo le agradó el país.

Don Alfredo hablaba tan claro como complicado escribía. Ya jubilado hizo varios libros, algunos apoyado por el Banco. Tuve la fortuna de que me los platicara. En uno de ellos, “El patrón cambio oro y sus reformas” hablaba del funcionamiento del dólar como divisa mundial, sobre cómo se organizó el sistema monetario y se sentaron las bases para la época de crecimiento y estabilidad mundial en la que vivíamos, hoy conocida como “edad de oro”. Lo leí con detenimiento, pero... don Alfredo tomó nota de mi cara cuando, tras su explicación, exclamé “ah, entonces el dólar se usa en vez del oro” A partir de entonces, me dio sus borradores. Estoy segura que pensaba que si yo entendía, cualquiera podría hacerlo.

Cuando escribió su última obra “Prolegómenos (fundamentos) de la historia de México” le dije que estaba llena de palabrotas. Me preguntó muy alarmado cuáles eran. Se las leí, le informé que no estaban ni en el diccionario y después de una carcajada me contestó “creí que me estabas diciendo grosero” las explicó en el libro y me lo dedicó.

A finales de 1966 tomé vacaciones. Por primera vez en mi vida tenía dinero para viajar por mi cuenta. Con mi desde entonces amiga Bertha Lerner, su gemela Vicky, y Paco Casanova, decidimos ir al Sureste. Formamos la “liga de los pelirrojos” (ellos 100%, yo tenía el cabello castaño rojizo) y decidimos pasar como hermanos, pues no se usaba que un grupo de jóvenes de distinto sexo viajara tranquilamente.

Armados con una guía llamada “México on five dollars to day”, la emprendimos en el Valiant de Vicky, un cómodo modelo Chrysler, buscando hoteles a nuestro alcance. Mi mamá, preocupada, nos consiguió una casa de huéspedes en Mérida. La dueña, quien no se tragó el cuento de la hermandad, nos preguntó por nuestra infancia. Paco habló de San Benito (hoy Puerto Madero), en Chiapas; Bertha y Vicky de Tel Aviv; y yo de Chapultepec, así que, tras decirle la verdad, cuando estuvimos seguros que no nos iba a correr, porque en la ciudad no había hoteles disponibles, respiramos tranquilos.

El Valiant era maravilloso y, como me recordó Gerardo Fernández, del ITAM, ”el Ford Mustang era el carro admirado por los jóvenes aunque sólo algunos adultos los poseían.” Era la época en que las armadoras empezaban a hacer autos bellos aquí, la era de la Industrialización por Sustitución de Importaciones. “Lo hecho en México está bien hecho”, decía el lema con el que don Luis G. Legorreta, desde su oficina en el Banco, había convencido a todos de que valía la pena estar orgullosos de ser mexicanos. Veíamos al país casi a la altura de Francia y con un milagro económico similar al de Alemania. El movimiento de los médicos y la expulsión del Dr. Ignacio Chávez de la rectoría de la UNAM debieron ser focos de alarma, pero no lo fueron.

Las carreteras del DF a Isla Mujeres eran gratis, de dos carriles, uno de ida y otro de vuelta. Aún había pangas (enormes tarimas de madera que, con ayuda de cables y remeros, hacían las veces de puente flotante para cruzar autobuses, y autos) para pasar el río San Pedro y para llegar y salir de Ciudad del Carmen, aún sin explotar petróleo. Cancún era un islote desconocido que tendría que esperar varios años a que llegaran las huestes de Poncho Covarrubias, enviadas por FONATUR, a construir el centro turístico.

Fuimos hasta Isla Mujeres, entonces con unos cuantos bungalows, dos tiendas llenas de artículos extranjeros (era zona libre) mar, caracoles, arena y sol. Como en el DF y estados aledaños el ciclaje era europeo y en el resto del país estadounidense (el de hoy), los aparatos eléctricos se quemaban y sólo podíamos comprar alimentos y ropa.

Adquirimos unos quesos de bola rojos, de esos que hay en cualquier súper, que en ese entonces no había porque la Sustitución de Importaciones protegía la producción nacional de queso cerrando las fronteras a los extranjeros. Por alguna razón se nos hizo tarde para abordar la lancha de regreso, así que llegamos corriendo, cuando estaba a punto de zarpar. No sé por qué la bolsa de quesos fue a parar a mis manos. Era de plástico transparente. Le dije a un señor uniformado “deténgamela por favor” mientras le daba la bolsa. Salté a la lancha, se la pedí y me la dio. Mis amigos palidecieron al verlo: a quien creí un oficial de Marina resultó ser el de la aduana, pero se sorprendió tanto que no nos cobró el impuesto.

El viaje duró quince días. Pasamos el 24 de diciembre en Ciudad del Carmen, con la familia de Enrique Canudas, compañero de la Facultad. Como hubo “norte” nos quedamos el 25, pues la isla quedó incomunicada. Regresamos de Yucatán y Quintana Roo para Año Nuevo y de ahí emprendimos el regreso, sin escalas, al DF. Hicimos en un día lo que de ida, con ánimo de pasear, nos tomó diez. Nos hubiera encantado regresar al lindísimo puerto de Veracruz, pero ya no tuvimos tiempo. (Continuará)