ALIMENTO DIVINO


Pocas experiencias gastronómicas son más placenteras que tomar un chocolate, desenvolverlo, admirarlo, saborearlo, sentir cómo se deshace, mientras su inconfundible aroma perfuma el entorno. Mmmm. A Quetzacoaltl, cuenta la tradición, debemos el regalo de su materia prima, el cacao, la fruta que nos trajo de un árbol del paraíso, la comida de sus colegas, los dioses.

El cacao es parte de nosotros, los mexicanos, aunque ahora, con la Internet, es fácil darse cuenta que los países de Centroamérica y de la zona norte del Cono Sur también lo sienten suyo. Se supone que surgió por el Orinoco o quizá por el Amazonas y se fue extendiendo hacia el Norte, como planta silvestre, hasta llegar a nuestro país.

En diversos sitios Web se consigna que hace 1,500 años el cacao fue domesticado en parte de Mesoamérica, de Michoacán a Costa Rica; que los mayas fueron quienes iniciaron su cultivo y lo dieron a conocer a los pueblos con los que comerciaban. En la tumba 19 de Río Azul, en donde confluyen México, Guatemala y Belice, se encontró una vasija del siglo V con restos de una bebida hecha de cacao y con dos símbolos fonéticos que representan la palabra kakaw (jugo amargo) a la que después los nahuas agregaron el sufijo alt (agua) y crearon la palabra “cacahuátl”. También se consigna que el término chocolate se empezó a usar durante la Colonia y sus raíces etimológicas son el maya chikaw (caliente) y el náhualt alt.

En 1528 Hernán Cortés viajó de México a España para ver a Carlos V: Llegó cargado de quejas y regalos, entre los que se destacó el cacao. En Europa, con el trascurso de los años, el cacao se volvió chocolate mezclado con leche, con canela, con almendras, avellanas y nueces; su pasta se transformó en tablilla, bombón y polvo y sus diversas presentaciones lo pusieron al alcance de todos los bolsillos. Ya democratizado, el chocolate se vendió en nuestro país y en el resto del mundo.

Es sorprendente darse cuenta cuán lejos ha llegado el cacao. El regalo de Quetzacoaltl es un commodity, un producto básico, que se negocia a diario en el mercado mundial, que da lugar a la Organización Internacional del Cacao (ICCO) y se cultiva en 60 países, entre los cuales sobresalen Costa de Marfil (37%), Ghana (19%), Indonesia (14%), Nigeria (6%), Brasil (6%), Camerún (5%), Ecuador (3%) y Malasia (1%).

Siempre hemos sido productores deficitarios de cacao. En la actualidad, se levantan unas 35 mil toneladas de grano al año, 80% de las cuales se producen en Tabasco y Chiapas. El 20% restante se obtiene en otras áreas del país. Consumimos un 3% de las más de tres millones de toneladas de grano que se producen en el mundo, según la mencionada ICCO. Ocho países europeos compran el 46% de la producción mundial, EUA el 26%, Japón 6%, Brasil 4% y Canadá 2%.

El chocolate, además de delicioso, es material para artesanos reales y virtuales. Navegando en la Internet, descubrí diversos museos dedicados a él. Varios son una versión cibernética de lo que se vende en la tienda. Vale la pena hacer un clic y visitarlos. Hay sitios Web preciosos de las empresas trasnacionales, pero les invito a ver ahora lugares de empresas más sencillas. La idea es disfrutar un rato, ver cosas diferentes y soltar la imaginación. Invito sobre todo a quienes están desempleados y se sienten sin salida posible. ¿Por qué no? Quién quita y les surge alguna idea.

Dos sitios canadienses me llamaron especialmente la atención por la presentación de su chocolate artesanal y por el equilibrio que logran entre su información “gratuita” y sus opciones de venta, pues en realidad, se trata de dos tiendas, ninguna con sucursal en México. Para visitarlas pueden copiar la dirección-e en la parte superior de su pantalla de Internet o, si cambian de color las letras de este artículo donde está la dirección, hay que darles un clic y listo, se llega al Choco Museo érico, (http://www.chocomusee.com) ubicado en Québec, Canadá. La visita se puede hacer en francés o en inglés, idiomas oficiales del país y muy comunes en la Internet, donde, por desgracia, el español es menos frecuente, lo cual indica que las personas de habla hispana somos menos cibernáuticas que nuestros contemporáneos de otros orígenes.

Como en muchos casos de páginas Web extranjeras, es fácil encontrar la dirección, el teléfono y el correo-e de la tienda. Además, tiene un plano para llegar al museo. Eso es algo que me gusta, que se piense en cómo facilitarle la vida a los demás. Los mexicanos no lo hacemos ni con quienes deseamos que sean nuestros clientes. Es difícil encontrar los números telefónicos, los planos son inexistentes y cuando al fin logramos interesar a alguien en nuestros productos, si ese alguien nos dice “nos hablamos” se acabó el negocio, porque nos sentamos a esperar que nos llame, en vez de hacerlo nosotros. Tenemos muchos ritos de personalidad autoritaria, que nos dificultan el movernos cómodamente en el mundo actual y nos restan velocidad.

El otro museo canadiense de chocolate que vale la pena cibervisitar está en http://chocolatemuseum.ca. Ver "Le chocolat au lait.... oh la, la!" (el chocolate con leche... oh, la la) es darse cuenta de que el francés es el idioma de lo bello, del comercio, de la moda. Ahí hay una página de ligas a otros sitios Webs canadienses. Algunos tienen que ver con el chocolate y otros no. En términos generales dan ideas, son interesantes y divertidos.

Ojalá tengan las vacunas de su computadora actualizadas, su información respaldada y les guste “vagar” por Internet. Estoy convencida que el estado de desánimo nacional debe combatirse a nivel personal. La política no es cuestión de ilusiones, la economía tampoco. Abrirnos nuevas perspectivas es la mejor medicina contra nuestros males. Gane quien gane las elecciones, esté quien esté en el gobierno, nos debe quedar claro que la época del paternalismo pasó a la historia. Se acabó la protección. Llegó la era que nos reta a generar oportunidades. Abrumados por el acento cotidiano en lo negativo y en el escándalo, desaprovechamos posibilidades y cualidades. Si algo sale mal y lo seguimos haciendo, seguirá saliendo mal. Es hora de hacer las cosas de otra manera y la tecnología ayuda a lograrlo, aprovechémosla.