MÉXICO Y ESPAÑA EN EL SIGLO XIX


(2ª parte)

El 8 de marzo pasado comenté parcialmente la obra que coordinaron Agustín Sánchez Andrés y Raúl Figueroa Esquer, “MéXICO Y ESPAñA EN EL SIGLO XIX. DIPLOMACIA, RELACIONES TRIANGULARES E IMAGINARIOS NACIONALES”, coedición del ITAM, la Universidad Nicolaíta de Morelia y el Instituto de Investigaciones Históricas. Como el jueves 29 de abril a las 18 hrs. participaré en la presentación del libro en el Auditorio Raúl Baillères (Rí­o Hondo 1, Tizapán, San ángel, DF ver plano http://www.itam.mx/es/ubicacion/ubicacion.php), aprovecho la ocasión para invitarlos y para platicarles un poco más de tan interesante título, integrado por once artículos.

Ahora que nuestras relaciones con Cuba están tirantes, el libro cae como anillo al dedo. Desde 1808 nuestras relaciones han pasado por todo el espectro de los sentimientos, como sucede entre los hermanos que se quieren. Me parecieron por eso muy ilustrativos los dos artículos dedicados a la cuestión cubana.

¿Qué significó para Cuba y Puerto Rico la independencia de la Nueva España? Salvador E. Morales Pérez en su artículo “Cuba en el conflicto independentista hispano-mexicano, 1820-1836”, explica cómo las afectó. La independencia de EUA las había ya sacudido mucho al sacar a la luz un conflicto latente entre peninsulares y criollos. Una manifestación de ello fue que las mujeres criollas se cortaron el pelo para distinguirse de las españolas. Después, en medio de grandes tensiones internas, de 1809 a 1824, se convirtieron en base para las operaciones con las que la metrópoli buscaba sofocar a la insurgencia, lo que trastocó más su vida y a raíz de 1812 y su Constitución de Cádiz se hizo obvio que la esclavitud era una cuestión que crearía conflictos.

En Cádiz las Cortes habían analizando la posibilidad de que Cuba y Puerto Rico quedaran bajo el control de la Nueva España independiente y habían provocado la feroz oposición de los esclavistas cubanos. Cuando finalmente, en 1821, Agustín de Iturbide consumó la independencia, se trasformó de raíz la relación entre México y las aún colonias del Caribe que la madre patria conservó por encima de cualquier consideración. De entonces datan muchas tensiones que aún se dan entre España, EUA y México por el devenir cubano.

Por su parte, Laura Muñoz Mata analiza los nexos entre México y Cuba entre la independencia de uno y otro país, 1821 y 1898, respectivamente. Es apasionante “observar” a un México lleno de conflictos desde un lugar cercano y privilegiado, desde el mirador cubano.
Cutberto Hernández Legorreta es el autor de “El impacto de la independencia de México en las islas Marianas”, que en esta ocasión comento, ya que en la primera parte me ocupé del artículo sobre Filipinas.

Hernández Legorreta hace una serie de consideraciones sobre las diferencias entre los imperios español y francés (hegemonía política) y los imperios inglés y holandés (hegemonía económica). Al leerlas, recordé a Salvador Novo, quien decía que si los ingleses hubieran conquistado Tenochtitlán aún tendríamos el Gran Teocalli.

Las Islas Marianas, explica el autor, empezaron a tener problemas en 1768, cuando expulsaron a los jesuitas. Es decir, los sacaron de allá dos años después que de nuestro país. El hecho, como sucedió en América Latina, desarticuló los procesos productivos. En Guam la gente regresó al autoconsumo, situación que se agravó cuando la Nao de China dejó de viajar entre México y Filipinas y la madre patria estableció una nueva ruta a su colonia, dejando al margen a las Marianas, a las que convirtió en una gran prisión a la que fueron a parar los rebeldes de otros lados del imperio. Por ejemplo, de México llegaron Lorenzo Espinosa y Antonio Hernández, procesados por encabezar el levantamiento de Chicontepec en 1809. Al consumarse nuestra independencia, las islas salieron de nuestra conciencia, lo que es explicable, pero, hay una cita que resulta triste, por decir lo menos. Refiriéndose a España, Francisco Fernández Betancourt señala en el prólogo de su libro “Blasones de Canarias”: “resulta triste ver cómo entre la clase más educada de la Península existe un profundo desprecio por sus colonias de ultramar al confundir las Canarias con Filipinas o Cuba y ni mencionar a las Marianas, pues de ellas creen que es una congregación de la Santísima Virgen y no unas islas en medio del Pacífico.”

El imaginario español en México ocupa la segunda mitad del libro. En “La imagen del rey español y la política mexicana 1810-1833” Marco Antonio Landavazo logra darle una dimensión humana a Fernando VII, uno de los personajes más despreciados de la historia, sin que eso signifique que lo justifique. Miguel Soto aborda sin miramientos “Imágenes y estereotipos durante la expulsión de los españoles en México”, lo cual hace que indispensable su lectura, pues nos descubre el origen de muchos prejuicios que aún tenemos.

Por su parte, Tomás Pérez Vejo con “Imaginarios historicistas españoles y mexicanos en el siglo XIX”, Aimer Granados García con “El Congreso Hispanoamericano de 1900. Unión espiritual y relaciones comerciales entre España y América Latina, y Gabriela Pulido Llano con “Lo español, también una representación. Temas acerca de la puesta en escena española en México, 1876-1910” nos hace imaginar, con la agilidad de su pluma, una obra de teatro sobre nuestras relaciones con España y tiende un puente de nuestros origen al final del porfiriato.

“Los pueblos que no conocen sus historia están expuestos a repetir sus errores”, dice un dicho popular. En el mundo globalizado de hoy, más nos vale conocer la nuestra. “MéXICO Y ESPAñA EN EL SIGLO XIX. DIPLOMACIA, RELACIONES TRIANGULARES E IMAGINARIOS NACIONALES” es una obra de lectura indispensable por lo mucho que aporta en la tarea.