ALMENAS, CRUCES Y PAISAJES


Aún chorrea tinta. Es el libro más reciente de Pablo Aveleyra. Como todos los otros, su tiraje es limitado. No se vende. Ya ni discuto, pero me parece un crimen. Los libros que no se comercializan, no trascienden, ni son renovados porque es tan caro hacerlos, que nadie puede darse el lujo de reeditarlos. Con éste tengo una esperanza: Pablo dedica la obra a su patrocinador, Alfredo Harp. Ojalá que el hombre de negocios que lleva dentro, lo venda para que la obra se difunda, recupere la inversión, se reedite una y otra vez y genere más recursos para otro libro de fotos de México tomadas por Aveleyra.

Pablo es un economista, escritor y conferencista muy conocido. En este libro muestra otra de sus facetas: la del fotógrafo. Su libro es una obra de arte, una poesía, un bello homenaje a México. Tomó sus fotos hace casi 40 años. Podrían ser de ayer. Sus ángulos, su técnica, su colorido, son de vanguardia. Permiten apreciar al México árido y contrastarlo con el México fértil, a veces en el mismo estado, casi siempre en el centro del país.

El autor confiesa haber estado 43 años en Estudios Económicos y Sociales de Banamex. También reconoce públicamente su gusto por visitar y fotografiar conventos del siglo XVI, afición contagiada por su hermano Luis, el arqueólogo. Dota a su libro de un pequeño comentario al pie de cada foto. Algunos se deben a su pluma y otros a las de escritores de todas las épocas. En su nota inicial, reflexiona como economista sobre las edificaciones que retrató tan placenteramente, en sus viajes de fin de semana: “... Cuando por fin nuestro país salga del hoyo y se desarrolle, habrá una red de albergues u hospederías que formen circuitos y hagan la delicia de turistas nacionales y extranjeros...” Amén. Ojalá que sea ya, que se usen esas construcciones para hacer de México el sitio turístico de excelencia que puede ser.

ALMENAS, CRUCES Y PAISAJES inicia con una foto de Tlahuelompa, en la parte fértil de Hidalgo, por el camino de Metzquititlán-Huejutla, donde, explica el autor, se hacen campanas. Luego muestra al convento de Atotonilco El Grande, también en Hidalgo, “el sexto fundado por los agustinos y primero en tierra de otomíes.” Después a Tepeapulco y anota que, junto con Apan, son “los primeros pueblos en que se establecen los españoles, aun antes del sitio de México.” Luego toca su turno a un paisaje montañoso cercano a “Tulancingo, en la huasteca hidalguense, cerca de los límites con Puebla...”

Es imposible describir la belleza de las fotos. Me limitaré a reproducir los pies que muestran un México que pocos conocen. Por ejemplo, Zoquizoquipan se ubica “en lo más rugoso del sistema orográfico hidalguense, donde se juntan la Sierra Madre Oriental y la de Pachuca, empinado en una orilla de la impresionante hondonada, a 1,700 metros de altura...”

Sobre el asiento del DF cita a Juan N. Valle, quien escribe en “El viajero en México” (1864): “El valle en el que se halla la ciudad es de forma oval y tiene 18 1/3 leguas de largo y 12 1/2 en su mayor anchura... parece ser el antiguo cráter de un gran volcán... El cuadro que ostenta el grandioso anfiteatro de montañas, la ciudad de los palacios, los llanos, lagos y flores, es bellísimo.”

Hoy, cuando Cuautitlán es parte integral del DF, es curioso enterarse, al pie de la foto de una bella cruz, que en 1857 el “Manual de Geografía y Estadística de la República Mexicana” de Jesús Hermosa, consignaba: “De Méjico a Tlalnepantla tres leguas, a la hacienda de Lechería otras tres y a Cuautitlán una”. Si consideramos que una legua del antiguo sistema español equivale a 5,572.7 metros, resulta que Cuautitlán está a casi 40 kms del centro de la ciudad, distancia en la que antes había campos y árboles y hoy periférico, casas, edificios y centros comerciales.

A propósito de una foto de la carretera “vieja” (la federal) entre México y Cuernavaca, en la que luce al fondo la Iztaccíhuatl en todo su esplendor, Pablo nos entera que había caminos de carruaje de México a Tlalpan, Cuernavaca, Puente de Ixtla y Cuautla. Unas cuantas fotos más adelante, menciona que Tlaltenango, también en Morelos, hoy barrio de Cuernavaca, fue un pueblo indígena que pasó a manos de Martín Cortés, quien instaló ahí un ingenio azucarero. Después muestra un ángulo especial del Tepozteco, serranía “de formas asombrosas” que empieza en Tepoztlán, Morelos, y llega hasta Chalma y Malinalco, en el estado de México. “Sede de una región favorita de los creyentes en la energía de la montaña y la influencia de los astros... Pobladores con hondas raíces indígenas, tierra de brujería, consejas, temascales y grandes ciruelos.”

El Popocatépetl es objeto de varias fotos. En una, en la que la cima nevada del volcán sirve de fondo a varios árboles, cita a Emile Chabrand: “... me fascina y me atrae la vista del enorme casco helado... es para mí una necesidad subir a su cúspide y bajar al fondo de su inmenso cráter, al que los indios han puesto el sobrenombre de Boca del Infierno.” Chabrand publica “De Barceloneta a la República Mexicana” en 1892, lo que significa que el llamar “don Goyo” al volcán es reciente.

De Zacatlán de las Manzanas, Puebla, explica Aveleyra que “en el siglo XVI, fueron pocos los templos de conventos que se construyeron con planta basilical, esto es, de tres naves: que yo sepa, Cuilapan, Oaxaca, Coyoacán, D.F., Tecali, Puebla, y éste también poblano de Zacatlán.” Así mismo, menciona, que en la región se cultivan frutas, se hacen licores de fruta, relojes gigantes, para torres y fachadas; y se manufacturan ¡pistolas!

Conventos, cruces y paisajes de Guanajuato, Guerrero, Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Oaxaca, Tlaxcala, Veracruz y Zacatecas tienen también sus fotos y sus explicaciones interesantes. Ver el libro es una invitación a recobrar el amor perdido por México, la ilusión de que se desarrolle, de que sea un sitio tan bueno para vivir, como su belleza lo merece.