DISCORDIA


Si hubiera algún concurso mundial de división y descrédito, tendríamos medalla de oro. Ya ni llama la atención que regañen al Presidente. Estamos jugando con fuego. Hay que recordar las palabras de Díaz en 1911, cuando dejó el país: “No sabe Madero el tigre que soltó”. En 1940 retomamos el camino de la paz y el desarrollo. Escasas personas pueden ufanarse de haber ganado con la guerra y la inestabilidad. La inseguridad que padecemos nos da elementos para imaginarlo. ¿Por qué no aprendemos de la historia y pensamos en soluciones para el país, en vez de jalar la cadena del tigre, a ver si se espanta, se aguanta o se suelta?

¿Quién ganó la revolución? ¿La élite exiliada? ¿La que se quedó? ¿Los inversionistas extranjeros que se fueron con sus caudales? ¿Los que los perdieron? ¿El millón de muertos y sus familias? ¿Los líderes? Todos los iniciadores importantes murieron baleados. Madero fue el primero. Para la ciudadanía fue bastante difícil vivir entre 1911 y 1940. Treinta años es poco en la historia de un país, pero mucho para una persona.

Pregunto: ¿Qué ganamos con soltar al tigre? Si nos choca la idea de tener un Presidente con el perfil del venezolano ¿Por qué pavimentarle el camino? Cuando las cosas se desordenan en un país de tradición autoritaria, como el nuestro, sube la posibilidad de que las masas sigan un líder populista, a quien ven como el único capaz de ordenarlas. ¿Por qué suponemos que el desorden se convierte espontáneamente en orden? No hay tal. El orden sólo se consigue con voluntad de alcanzarlo. Las cosas no “se componen” solas.

En ese contexto, hay que recordar esa ley sociológica que afirma que “el desprestigio de un sector de la sociedad se contagia al resto.” Nadie gana por menoscabar a los demás. Buscamos culpables, no la manera de salir, de lograr un acuerdo básico, de entender lo que la gente quiere, de echar a andar la economía, de abrir opciones para que cada quien pueda optar por la que considere mejor, sin atropellar al vecino.

La encuesta-e de un diario ilustra lo que sucede: A la pregunta: “¿Quién crees que sea mayormente responsable de que el país no avance?” Da tres posibles respuestas: el Congreso, el Presidente o los medios de comunicación. Suponiendo que fueran los únicos actores del país ¿Serviría de algo “encontrar” al culpable? ¿Existe o es más fácil tener un chivo expiatorio que asumir que en un mundo de cambios profundos los mexicanos evitamos cambiar?

Queremos que la gente aprenda a usar computadoras e Internet, que decida, que asuma responsabilidades, que delegue y al mismo tiempo que obedezca ciegamente, tome dictado en la escuela y compre en las tiendas por razones nacionalistas, al margen de la calidad y el precio. No se puede. Tampoco se puede competir en el libre mercado exigiendo que el gobierno nos defienda de sus reglas.

Un acontecimiento reciente nos pinta de cuerpo entero: dos personas fueron a China a promover a México, en inglés. El funcionario público “planchó” una presentación que dio en EUA y el abogado del sector privado explicó que México está lejos de ser el paraíso fiscal que es China. No cerraron ningún trato. El diario que publicó la reseña dio a conocer una aclaración de la Secretaría involucrada: hablaron en inglés porque el protocolo lo permite y México firmó con China un acuerdo que establece el Grupo Bilateral de Trabajo de Alto Nivel “que les permitirá unir esfuerzos para evaluar permanentemente el desarrollo de las relaciones comerciales bilaterales, intensificar la cooperación bilateral en el marco de la OMC y reforzar la cooperación para el combate al comercio ilegal.”

La aclaración es razonable, pero no soluciona problemas ni atrae inversión. Pregunto: ¿Por qué México es poco competitivo frente a un país como China? ¿Qué de México les interesa a los chinos? ¿Qué de China a los mexicanos? ¿Cuáles son las reglas del juego para hacer negocios allá? ¿De acuerdo con su cultura, de qué patrones culturales debemos cuidarnos y qué cosas nuestras son mal vistas allá? ¿Hay un equivalente allá del creciente número de restaurantes de comida chino-mexicana que proliferan acá?¿Cuáles eran las metas de quienes enviaron a nuestros personajes al viaje? ¿Cuántas inversiones chinas debían traer y en qué ramas? ¿Eran las personas adecuada para llevar a cabo la encomienda? Etcétera, etcétera.

En China, hablan muchos idiomas que englobamos bajo el genérico “chino”. Para nosotros es sinónimo de difícil, por lo que cuando algo es confuso o complejo decimos “está en chino”. Ignoro si allá las complicaciones “están en español”, pero no entiendo por qué ellos deben saber inglés o español para tener negocios con México y a nosotros no nos preocupa hablar su idioma. ¿Por qué los encargados de promover las relaciones económicas con ese país no tienen en sus filas personas que sepan el idioma? Aunque el protocolo autorice el inglés, demuestra interés el exponer en su idioma las ventajas de nuestro país.

La Secretaría dice que se firmaron acuerdos. Son importantes, pero los papeles en sí sirven poco si no se traducen en divisas. ¿México es un paraíso fiscal? No, pero no era el foro ni el momento de decirlo. El abogado debía subrayar nuestras ventajas y atractivos, pero estamos tan acostumbrados a hablar mal de nosotros mismos, que ni cuenta nos damos. ¿Cómo vamos a tomar consciencia si día y noche nos la pasamos viendo todo mal?

Por lo pronto, no importa cuándo comenzó el deterioro, ni quién tuvo la culpa. Ya habrá tiempo de señalarles. La cuestión urgente es cómo parar el proceso, cómo atajar la polarización, cómo encontrar caminos, cómo ir resolviendo los problemas. Si retomamos el ejemplo del fracaso en traer nueva inversión de China, podemos darnos cuenta de cuán encerrados en nosotros mismos estamos, de qué trabajo nos cuesta ponernos en el lugar de los otros, entender sus necesidades, satisfacerlas. Pensar en los demás puede ser el inicio de un nuevo camino. La empatía es una habilidad, se aprende. ¿Por qué si hay círculos virtuosos, nos empeñamos en sólo hacer círculos viciosos?