MÁS ALLÁ DE LA POLÍTICA ECONÓMICA


El The Wall Street Journal Americas publicado en “Reforma” el 3 de septiembre pasado, trae un artículo titulado “La economía global despierta una dosis de optimismo entre los premios Nobel” que resume un sondeo que el diario estadunidense aplicó a economistas con ese galardón.

En términos generales, los entrevistados tienen una visión optimista del futuro, basados en las consecuencias positivas del progreso tecnológico, sobre todo el relacionado con la información. “Es como si pusiéramos juntas las revoluciones de la electricidad y de la imprenta,” afirma Robert Mundell, de la Universidad de Columbia, quien además explica que “los niveles impositivos excesivamente gravosos perjudican el desempeño económico.”

A la pregunta de qué países tienen una política económica correcta, se dio un empate entre Noruega y EUA. Quienes se inclinaron por Noruega, una de las naciones con más alto ingreso per capita, se fijaron en su sabiduría para invertir los ingresos de sus ventas de petróleo y en sus políticas socioeconómicas de bienestar. Quienes respondieron que EUA, mencionaron que “el país tiene aún cierta libertad” y que “su mercado es libre”, aunque en general reconocieron que tiende a perder su lugar.

Todos hablaron de la extraordinaria trasformación de China y, en menor medida, de los cambios de Taiwán y Corea, países que deben sus buenos resultados a su política económica y al mejor nivel de vida de sus habitantes. Mencionaron otras naciones. Los grandes ausentes fueron áfrica y América Latina. No me resigno a que en los índices de deterioro siempre estemos en primeros lugares y en los de desarrollo en los últimos. Prefiero buscar propuestas y caminos, sobre todo después del triste espectáculo del 1 de septiembre en el que nuestros representantes exhibieron los resultados de años de bajo nivel educativo y de una televisión que, salvo honrosísimas excepciones, retroalimenta el deterioro social que arrastramos desde los años setenta.

Después del Informe varios líderes de opinión rasgaron sus vestiduras, pero ¿qué tanto contribuyen a que las cosas sean así? Es decir ¿qué hacen para que sean distintas? En términos generales, México está ayuno de valores, sin brújula. Nos refugiamos en la idea de que es un problema mundial, sin ver que los valores morales e intelectuales fueron la base del progreso japonés, tanto como lo fueron del sistema capitalista, basado en la ética protestante de las naciones sajonas. Si queremos crecer, tenemos que fijarnos en que los países se desarrollan cuando tienen principios éticos claros, de acuerdo con la sociedad a la que pertenecen. No podemos copiar a los samuráis japoneses o a los protestantes sajones. Debemos definir nuestro rumbo, como lo hacen españoles e irlandeses. La cuestión de los valores es importante en países, instituciones y empresas. Obviarnos la tarea es no crecer. Ya lo estamos viviendo.

Es curioso. Ayer encontré en una librería la última versión de un viejo libro que perdí hace años: “Piense y hágase rico” de Napoleon Hill. Fue reeditado por Random House Mondadori. México es una de las naciones que más libros de autoayuda compra en el mundo y el de Hill el más vendido sobre el tema. En muchos sentidos es precursor de las teorías de administración y autoayuda que están en boga. ¿Por qué en nuestro país no funcionan?

Desde luego, por el entorno adverso provocado sobre todo por algunos rasgos culturales. Uno, que maneja Hill, es el del miedo a la pobreza. El autor habla del ser humano, no de México. Menciona seis miedos. éste es “el más destructivo”. Es “un estado mental. Sólo eso. Pero es suficiente para destruir las posibilidades de alcanzar los logros deseados en cualquier empresa. Este temor paraliza la facultad de razonamiento, destruye la facultad de la imaginación, elimina la confianza en sí mismo, socava el entusiasmo, desanima la iniciativa, conduce a la incertidumbre de propósito, estimula la dilación, elimina el entusiasmo y convierte el autocontrol en una imposibilidad...”

Releí el índice de Hill. No tengo tiempo para más. Al hacerlo, pensé en otro elemento que nos hace ser como somos: la educación. Aunque cada vez más deteriorada, sigue siendo autoritaria. El alemán Theodor W. Adorno definió en 1950: "Cuando hablamos de personalidad autoritaria debemos saber que se caracteriza por rasgos como disposición a la obediencia esmerada a los superiores, respeto y adulación de todos los que detentan fuerza y poder, disposición a la arrogancia y al desprecio de los inferiores jerárquicos y, en general, de todos los que están privados de fuerza o de poder... "

Tenemos deseos de progresar, inventiva para hacerlo. La mezcla de miedo a la pobreza con una educación autoritaria obsoleta nos descalifica en la globalización. No es el mundo externo, es el interno. La tradición autoritaria nos acostumbró a aceptar pasivamente el destino, a la imposibilidad de hacer las cosas por gusto, a evitar el desarrollo propio y el de los demás, a no fijarnos en el mercado o hasta rechazarlo.

Esa educación es la que nos hace “darle por su lado” al superior, aunque el precio sea que las cosas se hagan lentamente, no se hagan o se hagan mal. La que, a cambio de quedar bien “con quien nos puede correr” (lanzar a la pobreza) nos anula, nos impide cuestionarnos, crecer, tener valores, dar lo mejor de nosotros mismos y, por tanto evitar la pobreza o, lo que es lo mismo, volvernos ricos y desarrollados.

Si queremos crecer, el camino es claro: una reeducación basada en el autodesarrollo, en el cuestionamiento personal, en el atajar el miedo a la pobreza, en la claridad de ética, en la definición de la misión y la visión de personas, instituciones y empresas y en el combate a los rasgos autoritarios. Si avanzamos por ahí, haremos mejor y más rápido lo que tenemos que hacer para crecer: definir una política económica más adecuada, una ética clara, un estado de Derecho, aprender a manejar la información, dejar de lado los mareos autoritarios, las demostraciones de impotencia, de impunidad y de corrupción que nos aquejan.