CHISPAZOS DE HISTORIA RECIENTE (V)


1967 fue muy importante para mí porque en diciembre fui a Nueva York. Era mi primer viaje internacional, pagado con mis propios recursos. Me sentía punto menos que millonaria, aunque en realidad tuve un fuerte subsidio de casa y sustento durante más de un mes en casa de mis tíos Claudia y José, “los Pavón”. él, mi tío Pepe, era el mayor de los primos hermanos de mi mamá. Fui gracias a que Jesús Pérez Pavón, Chucho, el tercero en la cronología de los primos, les dijo que me invitaran cuando pasó a visitarlos de regreso de Montreal, a donde había ido a ver la Exposición Universal, una de las más importantes y atractivas de aquella época en la que aún no había la actividad internacional de hoy. Aunque siempre hubo un afecto entrañable entre todos los primos y se hablaba de ellos como si se vieran con frecuencia, en realidad Chucho era quien veía a “los Pavón” porque como Director del Banco Nacional iba con frecuencia a Nueva York, el centro financiero mundial, donde la institución tenía Agencia desde 1929.

“Los Pavón” eran una pareja muy interesante. Su matrimonio duró muchos años. No tuvieron hijos, pero supieron construir una relación muy sólida y disfrutar de sus múltiples intereses comunes. Claudia era miembro de una cultísima familia texana y Pepe fue publicista y autor de películas de arte. Vivió dos décadas en París, más de cuatro en Nueva York y cuando ambos se retiraron, se mudaron a Cuernavaca, donde tuvieron tiempo suficiente para disfrutar de su compañía, del clima, de la familia y de las múltiples amistades que tuvieron la sabiduría de cultivar. El retiro permitió que Pepe hiciera varias películas sobre México para el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el MET, que era su cliente. Lo recuerdo, ya en Cuernavaca, filmando las litografías de Casimiro Castro, admirando las habilidades del grabador, quien en el siglo XIX dotó de expresión a todas las caras de sus personajes, auténticas miniaturas.

“Los Pavón” trabajaban todo el día. Claudia en su taller casero de modas y Pepe en su oficina. Me recibieron en el aeropuerto con unos guantes tejidos, un abrigo que ella me prestó porque era “demasiado caliente para el clima de México” y un sombrero. Se veía que tenían práctica en recibir a mexicanos ingenuos que creían saber lo que era el frío. Cuando bajé del avión, con mis guantes de cuero, se me congelaron las manos, así que Claudia me puso los guantes regalados sobre unos dedos rígidos, totalmente colorados.

A la mañana siguiente, Pepe me dio un mapa de la ciudad, me dijo por cuáles zonas podía caminar y por cuáles no. También me dio el teléfono del New York Times, por si me perdía, pues tenían un servicio para guiar a quienes lo necesitaran. Aún no había celulares. Desayunar con ellos, pasear sola todo el día y regresar a cenar con ellos, me dio la posibilidad de disfrutar de la soledad en compañía. Quienes son solitarios y gregarios, saben de lo que hablo.

Ir a Nueva York fue como llegar al paraíso. “Los Pavón” vivían en una buena zona de Manhattan, donde antes había sido el barrio alemán. Tenían amigos de diversas nacionalidades y dedicados a distintas actividades. Era un universo muy enriquecedor. Asistimos a cenas, conciertos, óperas y teatros en compañía de algunos de ellos. Recuerdo a una pareja japonesa que tenía un hijo con las extremidades deformes. Vivía solo, pintaba precioso y guisaba riquísimo. Lo visitamos varias veces. Aunque tenía mi edad, parecía un anciano. Fue la primera vez que traté a una víctima de guerra: era un bebé cuando la bomba atómica fue arrojada en Hiroshima, relativamente cerca de donde estaban, y la onda expansiva lo dañó para siempre. Fue educado para ser autosuficiente y lo fue. Nunca oí que alguien se refiriera a él como “discapacitado”, ni “con capacidades diferentes”. En cambio, tenía bien ganada fama de buen e inteligente conversador y excelente anfitrión.

Desde el principio, Claudia me prestó su credencial de amiga del MET, para que fuera las veces que quisiera e hiciera uso de la cafetería exclusiva para los socios. Lo visité en diversas ocasiones. Aún no escaneaban la momia de Tutankamon, así que los sarcófagos conservaban su misterio en vez de mostrar sus momias, como la del joven faraón que hoy exhibe su fealdad en los medios de comunicación mundiales. Gracias a “los Pavón” conocí “The Cloisters”, cinco monasterios de reclusión franceses y una capilla romana, que pertenecen al MET, pero se ubican en la costa norte de la isla. Me dijeron que no me bajara del autobús, ni siquiera para ver la Iglesia de Riverside y su impresionante campanario. En ese entonces la ciudad de México era aún razonablemente segura y Nueva York era escenario de movimientos raciales. Hoy el DF es más inseguro que Manhattan.

Pepe me explicó cómo usar el Metro. Precisamente en 1967 se inició la construcción del Metro del DF. Fue capitalizado por un crédito francés negociado por Alex Berger, banquero francés nacido en Rumanía, quien llegó a nuestro país en 1941, acompañando al destronado rey Carol, quien se quedó poco tiempo. En cambio, Berger y su esposa, la actriz María Félix, vivieron medio año en la Ciudad de México y medio en París, durante muchas décadas.

En 1967 el Empire State era el edificio más alto de Nueva York. Ahora también, pero entonces no existía la cicatriz del 9/11. Recorrí todo lo que pude: museos, edificios, monumentos, tiendas, templos, parques, barrios, restaurantes, la bahía de Hudson, la estatua de la Libertad, la Quinta Avenida, Wall Street, Times Square, el Rockefeller Center, etcétera. En mi caminar descubrí las pizzas, aún inusuales en nuestra ciudad, que se convirtieron en mi opción favorita de lunch: eran baratas, sabrosas y llenadoras.

El movimiento hippie estaba en su esplendor. Greenwich Village era su sede. Su influencia se traducía en corbatas y botones para jóvenes. Uno decía “conozca las pirámides, visite Israel” porque en junio había sido la guerra de los seis días, cuando los judíos, tras tomar Jerusalén y derrotar a Egipto, Siria, Líbano y Jordania, llegaron a la orilla este del Canal de Suez.

Me encantaron las nevadas. Pepe decía “son para los niños y para los turistas”. Alguna vez le ayudé a echarle sal a la nieve, para evitar que se convirtiera en hielo. El frío no me impedía pasear. En cambio, la calefacción me provocó una gran gripe. Permanecí tres días en cama tomando agua y aspirinas, cura tradicional a la que allá agregan el comer helado. Sentí no haber ido entonces a Washington, D. C. Me había comprado ya una guía para hacerlo. Al menos, me quedé con una lección: llegué a la librería y con mi mentalidad centralista pedí “una guía de Washington”, pero ante mi sorpresa, no me la dieron. Me preguntaron ¿De qué Washington? Me explicaron que había un estado fronterizo con Canadá, mientras me daban una guía de Seattle, su capital. Cuando les dije que quería ir a la capital del país, a Washington, D. C., me dieron lo que quería. Pasados los tres días, reemprendí mis paseos, aunque evité estar mucho en las tiendas.

Una tarde pasó algo increíble: al dar la vuelta en una esquina ¡me encontré de frente con mi amiga Bertha Lerner! Ella y a su mamá habían ido unos días a Nueva York. Fue un paréntesis, como paréntesis era también entrar a escuchar el silencio de la Catedral de San Patricio en la ruidosa Quinta Avenida.

Concluido uno de los mejores viajes de mi vida, regresé cargada de siete pequeños radios de transistores portátiles de pilas, uno para cada hermano, yo incluida, uno para mi mamá y otro para mi papá; de unas coloridas corbatas hippies tan anchas que parecían lenguas de vaca, de camisas de cuello Mao, de un cartón de cigarrillos Camel para Chucho, de ropa, de encargos y de algunas otras novedades. En el avión comencé a leer El Medio es el mensaje, el recién aparecido libro del sociólogo canadiense Marshall McLuhan, quien en el momento en el que sucedía estudió cómo y por qué la televisión hizo del mundo una aldea global. (Continuará).