CHISPAZOS DE HISTORIA RECIENTE (IV)


A quien le guste el futbol americano, le agradará saber que en enero de 1967 empezó el “Super Bowl”. Ignoro qué tanto tendría de espectáculo televisivo, como ahora, pero debe haber tenido ya muchos ingredientes. En esos entonces se generalizaba en EUA la televisión a colores y estaba en vísperas de llegarnos.

En abril de ese año, las tarjetas de crédito bancarias eran aún desconocidas en el país. Introducidas por Banamex, en donde Jesús Pérez Pavón tomó la decisión de hacerlo y de comprar las computadoras necesarias para procesar el servicio, “Examen de la situación económica de México”, la revista que hacíamos en Estudios Económicos, informaba de su existencia: “La novedad es la tarjeta de crédito de bancos, que permite a sus poseedores comprar a precio de contado y pagar a 30 días, sin recargo, o hasta en 11 mensualidades con intereses bancarios.” Hoy el plazo para quienes desean pagar su saldo completo y obtener dinero gratis, continúa igual. En cambio, es fácil endeudarse de por vida, mientras que entonces sólo obtenía una tarjeta quien podía pagarla. Ese era el significado del famoso anuncio “con el poder de su firma”. En ese tiempo, tener una tarjeta era un privilegio. Hoy, las promueven día y noche, por teléfono, por correo, como sea. Recuerdo al Sr. Loya, gerente de Acapulco, quien una vez que fui a dar una conferencia me dijo, señalando un anuncio: “crédito que se promueve es un mal crédito”. Es cierto, ya deberíamos saberlo.

A mediados de 1967, el Banco me dio permiso de asistir a un seminario sobre América Latina que se llevó a cabo en mi Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Estaba emocionada. Toda una semana de agosto destinada a escuchar excelentes maestros. Además del Dr. Pablo González Casanova, entonces aún director de la Facultad, recuerdo a mi primo, el economista Alonso Aguilar, y a Edmundo Flores. Alonso habló con inteligencia y claridad. Cuando se lo pedí, tuvo la amabilidad de presentarme con su colega, quien era un verdadero volcán. Edmundo Flores Fernández falleció en días pasados a los 85 años. Dueño de un espíritu juvenil indomable, formó incontables generaciones, en Chapingo, su alma mater, en la UNAM y en el ITAM, a donde llegaba con su larga cabellera blanca, su bastón y su alegría a dar clase hasta hace poco.

Durante su curso en el seminario de 1967, unos sudamericanos se quejaron de Edmundo Flores porque usaba modismos que no entendían. Cuando lo supo, aclaró que era su manera de hablar, así que... siguió haciéndolo. Era tan especial que en su “Tratado de economía agrícola”, clásico en la materia, asentó el nombre de tres personajes que “se empeñaron en enmendar, corregir y permitirme expresar con claridad ideas que a menudo en su versión original se hallaban plagadas de vicios de lenguaje, ambigüedades y mexicanismos... Naturalmente, cualquier error gramatical es de la responsabilidad de estas personas...”

Así eran también sus clases. En el seminario, me enteré que admitía oyentes en la aún escuela de Economía, así que asistí puntualmente a un atestado salón. Como a muchos, me encantaba su estilo claro e informado, sazonado con la dosis adecuada de observaciones prácticas y algunos chismes.

Dejé de verlo muchos años, pero siempre que salió un libro suyo lo compré y leí con interés. Lo reencontré en el ITAM. Platiqué varias veces con él. Alguna ocasión le pregunté por qué cuando era director del CONACYT mudó el organismo a Ciudad Universitaria. Me contó que para defender el patrimonio universitario de las Primeras Damas, cuando Guillermo Soberón era Rector, decidió construir todo lo posible y para tener fondos, pidió a sus amigos que se llevaran sus organismos a los edificios recién construidos y le pagaran renta. Me explicó que los terrenos en donde ahora se asientan el centro comercial y varios restaurantes del Pedregal, al igual que los que ocupa el IMAN, fueron rebanados a una indefensa CU que los tenía baldíos.

Edmundo Flores tenía mucho de sociólogo, así que le preocupaba profundamente la educación en México y el ver cómo mientras el mundo cambiaba, nosotros seguíamos aferrados a la Revolución de 1910, temas que analizó en su libro “Vieja Revolución, nuevos problemas” y en otras de sus obras. Por ejemplo, en el primer tomo de su “Autobiografía” habló del millón y medio de personas que le costó al país el movimiento, entre los “muertos en combate, muertos de hambre, víctimas de la epidemia de influenza española y emigrados a los Estados Unidos, sobre todo a Los ángeles, ciudad que fue para la Revolución mexicana lo que es hoy Miami para la Revolución cubana.”

En 1967 estaba de moda la Revolución cubana. La juventud dividía sus simpatías entre ésta y los hippies. En plena guerra fría, la muerte del Che Guevara en Bolivia, se antojó inexplicable. Guerrillas y “Peace and Love”, eran dos formas de ver la vida que se extendieron por el planeta. Mientras los partidarios del marxismo estudiaban cómo agudizar las contradicciones del sistema, para lograr la revolución proletaria, los hippies manifestaban su rechazo al sistema en su conjunto: a su materialismo, al conformismo que caracterizaba a los ciudadanos masificados, a la burocracia, a todo lo que aniquilaba la fluidez de la vida.

Su movimiento surgió en San Francisco, California. Rechazaba la violencia y las guerras, aspiraba a la felicidad. Los jóvenes se sentían como flores, vestían ropa extravagante y llamativa, de colores como amarillo, rojo y lila. Su movimiento manifestó pronto varias tendencias: la de los vegetarianos, la de quienes consumían drogas y la de los que se adscribieron al Budismo. Se extendió por EUA, Canadá y Europa Occidental. Los jóvenes de otras partes del mundo tendíamos a imitarlos parcialmente. Fue el primer movimiento globalizado que separó cronológicamente a la humanidad, la primera vez en la que importó más ser joven, que el color y la raza.

Por ese entonces, la tecnología dividió a los jóvenes: unos a favor y otros en contra. Edmundo Flores en “Dentro y fuera del desarrollo” recuerda a un prestigiado intelectual de izquierda que afirmó “Las computadoras electrónicas son reaccionarias”, a lo que otro contestó “No todas.” Sin duda, entonces, cuando la globalización empezó a aflorar, se incubaron los globalifóbicos. (Continuará)