JUÁREZ Y MAXIMILIANO


Me había ya saboreado el libro de Catón que da título a este comentario, así que este fin de semana lo compré y lo comencé. El autor, abogado, literato y filósofo, es lectura cotidiana, obligada y disfrutada, de muchos mexicanos, entre los que me encuentro. Me fascina ver cómo en sus artículos periodísticos envuelve los peores y los mejores episodios de la vida nacional entre ingeniosos chistes y a quien, me contó un querido amigo regio, Saltillo debe el lujo, poco frecuente, de tener una estación radiofónica de música clásica.

La obra de Catón tiene 714 p. de una historia hilada, pero escrita a modo de artículos periodísticos, lo cual es maravilloso porque a pesar de que, por el peso, hay que recargar el libro en algo distinto de uno mismo, se puede leer en la cama y dejarlo, si así le apetece a uno, a las pocas páginas, sin perder el hilo de la narración, es decir, quien resista la tentación de devorarlo, bien puede tomarse un año en disfrutarlo.

En las “Primeras palabras” Catón explica que 50% de sus antepasados fueron muy católicos y el otro 50% liberales revolucionarios, dicotomía familiar que es característica nacional porque desde siempre hemos estado divididos en dos: “indigenistas e hispanistas; liberales y conservadores; revolucionarios y reaccionarios...”,  fragmentación en la que se inscriben la historia oficial y la otra historia, desde la que Catón invita a “debatir los grandes temas nacionales sin caer en la injuria”, a llegar a una conciliación final en la que seamos “todos mexicanos, unidos por la verdad en el común amor a México.”

El libro comienza en 1857, en Teocaltiche, Jalisco, con un incidente en el que participan dos Toñas: la vestida del verde emblemático de los conservadores, y la ataviada del rojo, o colorado, de los liberales. Relata, con lujo de detalles, cómo una le propina tres nalgadas a la otra, anuncio de la guerra de los Tres Años, o de Reforma, una de las más cruentas que hemos tenido, provocada por la Constitución, la Ley Lerdo y la Ley Juárez.

“La Constitución es un estorbo”, definió el liberal Juan José Baz, gobernador del DF en 1857. Casi todo el mundo pensaba igual. Narra Catón cómo el Presidente Ignacio Comonfort era sepultado diariamente por una avalancha de correspondencia que recibía de todos rumbos del país en contra de la Carta Magna, que él mismo estaba en desacuerdo con ella, aunque la promulgó por razones políticas y por ellas también conspiró, en el Palacio Arzobispal de Tacubaya. Desgraciadamente el manejo de las circunstancias fue malo y los resultados peores: ni los conspiradores lograron su objetivo, ni se evitó que rigiera la Constitución, ni el clero conservó sus propiedades, ni los pobres mejoraron su vida, y en cambio el país se enfrascó en una cruenta guerra civil y hubo un momento en el que tuvo tres Presidentes simultáneos.

“Ambos bandos cayeron en error. Los liberales hicieron de la política una religión y el clero hizo de la religión una política. Faltó en aquellos años cruciales de la historia de México un hombre prudente que mediara entre ambas ferocísimas facciones a fin de evitar la pugna entre ellas”, resume el autor.

Armando Fuentes Aguirre no sería Catón si no mezclara anécdotas en sus textos, así que tras despertar la emoción narrando un encuentro de Comonfort con Juárez, platica que México fue el primer país en el que el gobierno centralizó la emisión de timbres de correo gracias al genial Guillermo Prieto, quien tuvo la iniciativa de que el porte fuera pagado por el remitente, no por el destinatario, como se usaba. Al leerlo pensé que don Guillermo fue el precursor de “el que llama, paga”. Catón concluye el episodio contando que “Cuando el gobierno de la República, perseguido por los imperialistas, estuvo en El Paso del Norte, hizo imprimir en territorio americano cuatro series de timbres de lo más curiosos: tienen la inscripción ‘Monterrey’ y ‘Saltillo’ [...] esos timbres son valiosísimos por su rareza y su interés histórico.”

Por las páginas del libro van apareciendo los seres humanos que hay detrás de los personajes históricos: Juárez y Comonfort, amigos tan cercanos que se hablaban de tú en un siglo en el que todos lo hacían de usted, Payno renunciando a su Ministerio “por motivos de salud”, para organizar y financiar un movimiento contra la Constitución. También, de paso, como quien no quiere la cosa, habla del avance tecnológico: el telégrafo llegó a México en 1845 y el ferrocarril cuando el gobierno de Comonfort permitió la instalación del que corrió de la ciudad de México a la lejana Villa de Guadalupe, el pueblito de la Basílica.

¿Por qué fracasó el movimiento contra la Constitución, llamado revolución de Tacubaya, si ni el mismo Juárez veía con malos ojos que se quitara o modificara? Catón explica que se debió a la sombra de un fantasma: “El Cid ganaba batallas todavía después de muerto; Santa Anna las seguía perdiendo aun estando ausente del territorio nacional.” La gente optó por aguantar los excesos liberales frente a la posibilidad del regreso de su Alteza Serenísima y empezó a restar apoyo a Comonfort, quien, en contra de su voluntad, se convirtió en dictador y terminó su gobierno retirándose a pie de Palacio Nacional, escoltado por dos jóvenes, sin que nadie le tocara un pelo.

En lo que llevo avanzado del libro encontré el primer romance: el del joven Capitán Miguel Miramón con Conchita Lombardo “una muchacha de la mejor sociedad de México” iniciado en 1853 gracias a que la piedad de un oficial estadounidense dejó con vida al joven herido, defensor de Chapultepec en 1847, en vez de darlo de alta en la lista de los Niños Héroes.

En otra ocasión les contaré qué sigue. Por lo pronto puedo decirles que en La otra historia de México. Juárez y Maximiliano. La roca y el ensueño, publicado en Editorial Diana, Catón revisa con gran sentido del humor una serie de situaciones históricas en las que nos hemos puesto en un callejón sin salida. Vale la pena leerlas, reflexionar en ellas, reír o cuando menos sonreír más de una vez y evitar que, cual maldición, las divisiones, las traiciones y las pasiones vuelvan a ser el obstáculo principal de nuestro desarrollo.