SECUELAS DEL DIVORCIO NACIONAL


¿Regañó el Presidente Calderón a alguien con su discurso de Liderazgo en días pasados? No. Estoy de acuerdo con Miguel ángel Granados Chapa.1   ¿Por qué ante un mismo discurso unas personas pensamos que no regañó a nadie y otras que sí lo hizo? ¿Por qué la propuesta de reforma fiscal es absurda para unos y sensata para otros?

El desacuerdo es parte de nuestra tradición. A la historia añeja se agrega la reciente, las secuelas del último divorcio, el que hace de nosotros una generación de Capuletos y Montescos, los de Romeo y Julieta, causantes de la trágica historia de amor consignada por Shakespeare, a quien nos haría bien leer, o releer, para entender de una vez por todas que es mejor esforzarnos en encontrar acuerdos. ¿A quienes beneficia nuestra división? A nosotros no.

Con ánimo de recapitular en el asunto del divorcio para que, a la manera psicoanalítica, una vez recordado el problema lo solucionemos o lo dejemos conscientemente de lado, menciono los sucesos que nos separaron y luego, para desacralizar, sin faltar al respeto a nadie, platicaré unas anécdotas que buscan contribuir a ver las cosas más naturales.

EL DIVORCIO
En diciembre de 1970, se rompieron las reglas del juego del sistema político. Al margen de las causas, el hecho fue que a la petición expresa del Banco Mundial y del gobierno de EUA de que se controlara la natalidad, el Presidente Luis Echeverría (LEA), respondió en su toma de posesión con un “gobernar es poblar” que sacó de la ceremonia el presidente del organismo y al embajador. A los pocos días, el enfrentamiento de LEA con el azucarero Aarón Sáenz redondeó un rompimiento que se tradujo en la “atonía”, es decir en el congelamiento de la inversión privada y extranjera en el país.

En el sexenio proliferaron los incidentes. En 1973, dos acontecimientos sellaron nuestro destino: el 17 de septiembre el asesinato del Ing. don Eugenio Garza Sada (n. 1892), líder empresarial ampliamente respetado, y el anuncio de la OPEP, el 17 de octubre, de que no vendería más petróleo a EUA, Europa Occidental y países que apoyaron a Israel en la guerra de Yom Kippur.

El hecho tuvo consecuencias terribles para un México que explotaba el petróleo limitadamente, pero se sabía que contaba con reservas importantes: lo hizo sujeto de crédito de los petrodólares que “sobraban” en el mercado financiero mundial y le permitió “crecer” con deuda en vez de inversión.

En 1976, en su toma de posesión, el Presidente José López Portillo convenció a todos de una tregua y restañó las heridas, que reabrió y profundizó en 1982, con la estatización bancaria. Desde entonces, las secuelas del divorcio continúan, a pesar del cambio del partido en el gobierno. Quizá ni siquiera nos hemos percatado de las diferencias en el lenguaje para decir las mismas cosas o de cómo la desconfianza mutua nos permea y enfrenta.

Hoy es imposible que se dé un intercambio fluido de personal entre uno y otro y sector. Desde joven, la gente opta por trabajar en uno u otro porque sabe que si inicia en el gobierno no la recibirá la iniciativa privada y al revés. La rara vez que alguien cruza la línea, acaba mal porque su marco de referencia es distinto. Por eso la reforma fiscal es impracticable. Es tan difícil que quienes fijan un precio oficial entiendan que en el mercado nacional los precios no pueden subirse si la competencia internacional los baja, como que quienes se preocupan de la competitividad entiendan que su contraparte necesita recursos para programas sociales que a la larga benefician a todos.

DOS PERSONAJES
Así, México está dividido en dos bloques con comunicación insuficiente. Lo irónico del caso es que Sáenz, el azucarero con quien se enfrentó LEA era un empresario de origen político. Obregonista de corazón, al ver que el PNR no lo hizo candidato, se disciplinó y se dedicó al negocio privado: el azúcar.

Esa secuela de división, de polarización, es destructiva. Pasa por la edificación de héroes impolutos, como si el tener intereses en los dos sectores fuera un pecado grave y no algo natural, como lo vivieron Pancho Villa y Diego Rivera.

Villa, ante la imposibilidad de alcanzar la Presidencia, optó por ser banquero. Sin detrimento de su valor, era bueno para cuentas y negocios. Prefería luchar en el día, cuando la luz favorecía la filmación de sus batallas, privilegio pagado por cineastas, y contaba con cuidado el dinero de los “préstamos forzosos” que obtenía en los lugares que capturaba, al obligar a comerciantes, industriales y banqueros, a dar recursos para sus campañas.

Sabemos que murió en Parral en 1923, pero de qué hacía ahí no se platica. Don Salvador Rivero Martínez resume en Entropía las noticias de la época: “Impresionante la muerte violenta e inexorable de Francisco Villa quien había llegado momentos antes de las 8 de la mañana a Parral, procedente de su feudo Canutillo, a bordo de su fatídico automóvil Dodge. Se dirigió a la tienda La Villa de Grado, donde ha estado depositando dinero para constituir los fondos de garantía para cumplir con los requisitos de capital exigidos para fundar su banco [...]”2

Diego Rivera fue también un excelente auto publicista y destacado hombre de negocios. Dos anécdotas lo ilustran. La primera la cuenta William Spratling, el orfebre estadounidense que escogió a Taxco como segunda patria. Hay que recordar que Dwight Morrow fue el banquero de la Casa Morgan que vino como embajador de EUA en la época de Calles. En su libro México tras lomita dice: “La idea del señor Morrow antes de irse en 1930 a la Conferencia Naval en Londres, fue la de que, puesto que no iba a volver a México, le gustaría obsequiarle a su amada Cuernavaca un regalo que le añadiera importancia y que no pudiera ser comercializado o verse envuelto dentro de las políticas locales. Lo convencí de que mi querido amigo Diego Rivera, quien en ese momento encabezaba el Partido Comunista en México, era el pintor mexicano más grande y que él podría hacerlo pintar murales en el Palacio de Cortés de Cuernavaca.”

“Diego estaba preocupado, no tenía idea de cuánto cobrar. Le sugerí: ‘mira Diego, conocemos al señor Morrow como hombre de negocios. Supón que vamos y medimos los metros cuadrados del área de las paredes del Palacio de Cortés, le decimos al señor Morrow que le vendiste al Sr. Morphy un óleo de un metro cuadrado por mil dólares, lo cual es cierto, pero que, puesto que los murales no son portátiles y no pueden ser revendidos, tu lo harás por cuatrocientos dólares el metro cuadrado. Veamos qué sucede.’ Fuimos a Cuernavaca y medimos las paredes. La cantidad se acercaba a los doce mil dólares; Diego se encontraba en estado de shock. Argumentó que nunca le pagaría [...] ‘si el señor Morrow acepta pagarme doce mil dólares te prometo, e insisto en ello, que aceptes una comisión de dos mil.’ Le contesté: ‘¡Juega! lo que quiere decir: trato hecho.’ Y con los dos mil dólares que Diego me pagó dos meses después, la única comisión que recibí, compré mi casa en Taxco.”3

La otra anécdota de Rivera es posterior. Diego fue contratado en 1947 para pintar un mural de 78 m2 en una pared del Hotel del Prado. Le tomó un año hacer el Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, obra que se admira hoy en el Museo del Mural4, tras rescatarla del inmueble destruido por los sismos de 1985.

En la inauguración del Hotel, el mural fue motivo de escándalo por la leyenda Dios no existe con la que el pintor acompañó su autorretrato infantil. La obra fue cubierta y así permaneció hasta que en abril de 1956, en una operación “secreta”, a su manera: a las 18.30 en un del Prado repleto de gente y frente a la prensa nacional e internacional, el pintor subió al andamio y cambió la leyenda por Constitución de 1857. Al descender declaró: Soy católico. Admiro a la Virgen de Guadalupe. Ella fue el estandarte de Zapata y es el símbolo de mi patria. Deseo, pues, satisfacer a mis compatriotas, los católicos mexicanos, que forman el 96% de la población del país.5

1 Granados Chapa, Miguel ángel. “El asesinato de Manuel J. Clouthier” en Plaza pública. Reforma 30/09/2007.
2  Rivero y Martínez, Salvador, Entropía. Calor humano de una ciudad. México 1920-1930. México, Joaquín Porrúa, 1982. 2 tomos. p. 346-347.
3  Spratling, William. México tras lomita. Prólogo de José N. Iturriaga México, Diana, 1991. 272 p. p. 25-27.
4 http://www.artesvisuales.com.mx/museos/permanentes/museo.php?PER_CONSECUTIVO
  Romero, Héctor Manuel. (1992). ;
5 El México de Diego Rivera: Crónicas Capitalinas. México, Panorama. 115 p. p. 22-25.