PREGUNTAR Y PROGRESAR


Soy socióloga, es decir, me dedico a estudiar el comportamiento de los grupos sociales con apasionado interés, comparable al de los matemáticos por los números, los astrónomos por los planetas o los físicos por la energía. Aclaro el punto porque por mi carga de trabajo no podré contestar correos-e hasta agosto y algunos de mis amables lectores suelen escribirme, sobre todo si se molestan cuando hablo de cuestiones sociales. Por favor, no tomen como ataque personal la descripción de ciertos fenómenos, como el de la polarización social. Abordo el tema con frecuencia, por ejemplo en mi artículo sobre la marcha de protesta contra la inseguridad, porque es un problema fundamental de nuestro tiempo.

Hablar de sociedad polarizada y de clases sociales es usar un lenguaje técnico. No hay otro. En cualquier sociedad, incluyendo la nuestra, hay tres grandes sectores: el bajo, el medio y el alto. No son términos groseros, ni se refieren a la calidad humana de las personas o los grupos. Indican la posición o clase dentro de la estructura de la sociedad. Las sociedades son como una pirámide: con la base más ancha y la cima más estrecha. Si se trata de grupos primitivos, la pirámide tiene una altura menor que en sociedades complejas.

Una sociedad polarizada, como el México de hoy, es aquella en la que las clases medias están en proceso de desaparición, es decir, en la que la pirámide se ensancha en la base, se afina en el centro, como si tuviera una “cinturita” y en la que la altura se hace mayor, porque las grandes mayorías se empobrecen, es decir, bajan de nivel social, se integran a las clases populares, es decir, a un polo, mientras que el sector alto de la población, el otro polo, se separa cada vez más.

Es imposible evitar el tema de la polarización. Estamos metidos en un acelerado proceso de desintegración social, producto, en parte, de 35 años de estancamiento en un mundo que cambia continuamente, que progresa y que acumula transformaciones tan profundas que mirar al pasado reciente es igual que tratar de imaginar a Adán y Eva. Por ejemplo, nos parece inconcebible vivir sin Internet, pero hace una década la mayoría de quienes hoy pensamos así ni siquiera sabíamos que existía...

El mundo progresa. Clinton debe su popularidad a que durante su gobierno EUA tuvo una época de prosperidad inusualmente larga porque la economía mundial suele tener sus ciclos, es decir, sus altas y sus bajas. En América Latina ni nos enteramos. Nuestra economía es una interminable línea recta de estancamiento y desesperanza.

El mundo contemporáneo exige conocimiento. En él, el manejo concreto, práctico, aplicado, de la información es la clave del progreso. Nuestra educación no nos da herramientas para hacerlo. Las escuelas que enseñan a pensar ordenadamente son de excelencia, de excepción. La mayoría no lo hace así. La habilidad para el análisis no se desarrolla sistemáticamente. Al contrario.

Quizá en épocas de estabilidad no era importante preguntar. En las actuales, es vital. El no hacerlo nos impide escoger y decidir. Dicho de otra manera, dificulta la democracia y la competitividad. Por eso, nos impide desarrollarnos. Resignarnos a que “nos tocó bailar con la más fea” y aceptar que la globalización es la culpable de nuestra pobreza, es escoger el peor de los destinos. Ya lo estamos viviendo. Como tenemos poco que perder, podemos explorar otras opciones, por ejemplo la del análisis, la de manejar el conocimiento, y eso supone aprender a preguntar.

Preguntar... suena fácil. No lo es. En cambio sí es una habilidad en la que la polarización social se hace evidente. Si la gente de clase media hacia arriba no pregunta, los sectores populares menos. Mi hipótesis es que entre más autoritaria es una familia, más usa las preguntas como reproches y señalamientos de culpabilidad. Preguntar no es analizar ideas ni situaciones. Es cuestionar a la persona, es ponerla en entredicho o, cuando menos, ejercer autoridad. Los cuestionamientos son: ¿Por qué llegas tarde? ¿Dónde andabas? ¿Qué hiciste? Las respuestas no son en realidad tales. No se busca información. Se trata que el “mal portado” acepte su culpa y pida perdón. En general, los sectores básicos de la pirámide social, son más autoritarios que el resto.

La escuela tampoco suele enseñar a preguntar. Con frecuencia, cuando se hace un examen, se ejerce el poder, no se plantean preguntas. “Menciona”, “enumera”, “señala”, “argumenta” son órdenes, no cuestionamientos. Si uno va a un colegio bilingüe, aprende a pensar en otro idioma, por ejemplo en inglés, porque esa educación supone lectura de comprensión. Las preguntas vienen en los libros, no se pueden “tropicalizar”. En México, ir a una escuela monolingüe, es ir una escuela autoritaria, tradicional, en la que no aprende a pensar porque no tiene contacto con la cultura que se enfoca a ello. Así, desarrolla la memoria, sabe tomar dictado y es hábil contestar exámenes, es decir obedece, pero no puede enfrentar con éxito las demandas del mundo de hoy.

Aprender a cuestionar supone disciplina e interés. A veces, lleva a enfrentar situaciones difíciles, pero ¿Cómo se puede administrar el conocimiento sin desarrollar la habilidad de preguntar? ¿Cómo se pueden definir y mejorar procesos? ¿Cómo se puede delegar y aceptar responsabilidades?

En el mundo actual, preguntar es progresar. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Quién? ¿Qué? y sobre todo ¿Por qué? son las llaves del desarrollo. El reto es encontrar cómo hacerlo sin crear conflictos, sin que el cuestionado sienta que le están haciendo un reproche, sin que el empleado crea que el jefe lo culpa, sin que el jefe sienta que el empleado es rebelde, sobre todo ahora que las consecuencias de vivir en una sociedad polarizada se manifiestan con frecuencia, se filtran a la vida diaria, se convierten en agresión, en desorden y en lucha de clases cotidianas.