UN PASEO IMAGINARIO


 

Antes que nada, muchas felicidades. Les comparto la pieza que mi hijo Hernán me obsequió para celebrar que cedí a las presiones familiares y abrí un sitio Web, que está a su disposición en http://www.luzmariasilva.com/indexmat.html. Es un MP3. Los pasos, para “bajar” un MP3 están al final.

 

Les deseo un excelente 2008. Este artículo, mucho más largo que de costumbre, está dedicado a todos, en especial a los amigos de los jueves, miembros de la mesa de Guillermo Fárber, y a mis alumnos de Historia, del semestre que acaba de terminar en el ITAM. Los primeros me ayudaron a enriquecer el paseo imaginario y los segundos, aunque sólo anduvimos por unos cuantos de los sitios que menciono, hicieron que los llevara al Centro histórico hace unas semanas y tuvimos un paseo que realmente disfrutamos. Con ellos sí llegué al Zócalo y al Palacio Nacional.

 

El paseo imaginario está centrado en un lugar que hoy es poco navideño, pero hasta hace algunos años era sinónimo de Navidad: la Alameda. En diciembre se llenaba de diferentes representaciones de Santa Claus y pasada la Navidad aparecían los Reyes Magos. Hoy se han mudado al Monumento a la Revolución. Nunca tuve un retrato con esos queridos personajes, en sus fantásticos trineos, pero ellos y la iluminación ocupan un lugar en mi corazón y en mis recuerdos. Así, con ganas de contribuir a que impere un mejor estado de ánimo en un país que está lejos de tener paz, los invito a recorrer con la imaginación unos cuantos lugares, unas cuantas cuadras de la Ciudad de México, urbe siempre sui géneris, maravillosa, sufrida, incómoda y atractiva.

 

La gran ventaja de imaginar es que no hay embotellamientos, podemos llegar en Metro, en Turibús o estacionar el auto sin problemas. El paseo es a pie porque, técnicamente hablando, pasear es caminar. La cita es en la estación del Metro Hidalgo, a un costado de la Alameda, en la confluencia entre Avenida Hidalgo y la prolongación del Paseo de la Reforma, que hizo el Regente Ernesto P. Uruchurtu en 1964.

 

A quienes aún no acumulan mucha juventud, les invito a observar qué diferente es esa parte de Reforma, si se compara con la que llega hasta Chapultepec, obra en la que la historia reconcilia a Conservadores y Liberales, pues se debe tanto al Emperador Maximiliano de Habsburgo (donador de los terrenos y del trazo original) como a los Presidentes de la República Restaurada. Ojalá el mensaje de encuentro que es el Paseo de la Reforma nos ayude a definir el rumbo como país en vez de, en pleno siglo XXI, estar resucitando fantasmas de la discordia y el enfrentamiento, que tanto nos han costado ya.

 

Crucemos la prolongación de Reforma, para ir a la iglesia de San Hipólito y al panteón de San Fernando. El templo es muy mexicano: complicado. Quizá a los extranjeros les llame la atención que la iglesia de San Judas Tadeo se llame San Hipólito. A nosotros no. Desde los años 80, tras 20 años de discreta devoción, San Juditas salió de su capilla y desbancó al antiguo patrono, ahí ubicado desde que Hernán Cortés le hizo una ermita porque fue en su día, 13 de agosto de 1521, cuando cayó la Gran Tenochtitlán. San Juditas, abogado de las causas imposibles, recibe cada 28 de octubre alrededor de 100 mil visitas y los 28 de cada mes entre 3 mil y 5 mil.

 

Sigamos por Hidalgo, que toma el nombre Puente de Alvarado, en recuerdo de Pedro de Alvarado, de quien la leyenda cuenta que 1520, en la Noche Triste, durante la huida de los españoles, saltó un enorme canal y salvó su vida. Al final de esa enorme cuadra llegamos a la placita con su estatua del insurgente Vicente Guerrero, quien da su nombre a la calle y al barrio. A la derecha, a un lado de la iglesia, está el panteón, postrera morada de protagonistas de grandes historias de amor y quienes por encima de ideologías quisieron a México. Varios, a pesar de su fama e importancia, murieron en la miseria. Otros fueron lo suficientemente ricos para poner de su peculio algunos recursos y echar a andar la hacienda pública, exhausta por las continuas guerras.

 

El panteón abrió sus puertas en 1850, en las afueras de la urbe. 30 años después estaba saturado: había muchos muertos por las luchas civiles y las pestes. Ahí están enterrados el Presidente Benito Juárez García y su amada esposa, doña Margarita Eustaquia Maza Parada. La joven Dolores Escalante, cuya lápida describe su tragedia: Caminaba al altar, feliz esposa, cuando llegó la muerte, aquí reposa con su amado Lic. José María Lafragua, a quien guardar luto de por vida a su novia, no le impidió ser brillante diplomático e intelectual.

 

También están las tumbas de Miramón y Mejía, ambos fusilados con Maximiliano en el Cerro de las Campanas, en Querétaro. La tumba de don Miguel está sin sus restos, que descansan en la Catedral de Puebla, a donde los trasladó su viuda doña Concepción cuando, al regresar del exilio, vio que su amado tenía la incómoda compañía del Presidente Juárez. Miramón fue niño héroe de Chapultepec, defensor de la Patria en la guerra de 1847 contra EUA, y el Presidente más joven que ha tenido el país.

 

Por su parte, Tomás Mejía fue un talentoso General, de origen indígena, vida humilde y post muerte ¿se dirá así? hoy desusada. Se sabe que horas antes de ser fusilado recibió la visita de su esposa y su hijito. él los despidió con la frialdad que da el dolor de la separación próxima, y aunque lo prohibió, ella siguió de cerca al cortejo con su bebé en el rebozo. Luego, la viuda recogió su cadáver embalsamado y lo acomodó lo mejor que pudo en una silla de su morada, como hacía la gente pobre mientras juntaba los recursos para dar cristiana sepultura a sus seres queridos. Cuando el Presidente Juárez se enteró, lo mandó a San Fernando.

 

El ya desaparecido Fernando Mota, me contó el resto de la historia: ella vivió de lavar ajeno y del dinero que de vez en cuando le hacía llegar el propio Juárez, en atención a su origen indígena, hasta que muerto éste, un rico hacendado queretano, apellidado de la Mota, acogió a la viuda y al ya joven huérfano, a quien, como en ese tiempo se usaba, crió y dio apellido. Sus descendientes conservaron el Mota, sin “de la” porque, me explicó el ilustre periodista, pesaba mucho para sus recursos.

 

Ahora regresemos hacia la Alameda. Veamos hacia la parte antigua del Paseo de la Reforma, hacia el Caballito de Sebastián, moderna escultura debida al escultor nacido en Chihuahua con el nombre de Enrique Carbajal, gracias a la cual esa zona de la ciudad es respirable, pues oculta un gran extractor. Donde se asienta, estuvo El Caballito, la famosa estatua de Carlos IV, que Manuel Tolsá hizo al final de la Colonia, y de la que el pueblo decía que era la estatua de un noble (el caballo) y una bestia... y que ahora está relativamente cerca, en Tacuba, al otro lado de la Alameda.

 

Ahora asomémonos al Museo del Mural de Diego Rivera. Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central. Es una obra de una historia tan tormentosa como la de Diego: inició en 1948, cuando se inauguró el hotel del Prado, donde lo pintó. Provocó gran escándalo porque en su autorretrato infantil escribió: Dios no existe. Hubo tantas presiones que la administración del hotel mantuvo tapado el mural hasta 1956, cuando en una “misión secreta”, Diego cruzó entre la multitud y cambió la leyenda por Constitución de 1857, que aún luce.

 

El hotel y su mural fueron luego comprados por la Nacional Hotelera, que mudó la obra unos metros adelante, lo cual la salvó de la destrucción total en los sismos de 1985. Seriamente dañado, el mural fue extraído por una enorme grúa de las ruinas del inmueble y puesto, con su alma de acero, en ese museo construido exprofeso. Al salir de ahí vamos de vuelta a la Alameda, para pasar frente al Sheraton, construido en el lugar donde estuvo el hotel del Prado.

 

La Alameda no tiene álamos porque nunca se dieron bien. Es un hermoso parque. Sus fuentes, sus esculturas, su viejo kiosco, sus bancas, siempre llenas de observadores, son sin duda atractivas. Ver el Hemiciclo a Juárez hace recordar que en su lugar estuvo el Pabellón Morisco que hoy está en Santa María la Ribera; que en el monumento a Juárez, Porfirio Díaz frustró un atentado contra sí mismo y, de creerle a Salvador Novo, quien fuera cronista de la ciudad, Díaz fue el hombre más feliz del mundo cuando inauguró el Hemiciclo porque su gran enemigo era ya sólo un monumento...

 

Crucemos por dentro la Alameda. Sin duda, su madrina fue Carlota, quien la embelleció como nadie. Había sido el lugar del patíbulo colonial y sus calles, hoy avenidas, fueron empedradas por los franceses, para que pasaran sus cañones. La invasión provocó que las damas y caballeros de México se interesaran en las telas finas del ejército, lo que a su vez disparó el crecimiento explosivo del comercio francés en nuestro país. Según consta en variados documentos, los mexicanos de esos entonces distinguieron claramente entre “sus” franceses y los invasores, por lo que, para ellos, la intervención permitió que hubiera un vapor directo entre México y Francia el crecimiento de los cajones de ropa, origen a su vez de tiendas departamentales que aún tenemos.

 

Llegamos a la acera de enfrente, sobre Av. Hidalgo, a la placita de la Santa Vera Cruz. Es una concentración cultural-eclesiástica muy especial. Hay dos iglesias: la Santa Vera Cruz, con su Cristo en la Cruz, y San Antonio el Cabezón, patrono de las solteras que buscan marido, que suele estar de cabeza en muchos hogares, cuando no se apresta a cumplir los deseos de los corazones atormentados, pero que en su templo tiene agradecidos milagritos.

 

Entre ambas iglesias están dos museos: el Franz Mayer y el de la Estampa. Ambos merecen una visita cuidadosa. El primero luce las diversas colecciones de don Panchito y su enorme biblioteca en la que la especialidad es El Quijote, aunque el Sr. Meyer era corredor de Bolsa. él fue uno de los fundadores de la Bolsa de Valores de México e hizo del país el heredero de su fortuna. El Museo Nacional de la Estampa es muy interesante también, sobre todo por sus exposiciones temporales.

 

Ahora continuemos hasta la calle de Tacuba, para ver el Palacio Postal o Correo Central, construido por el arquitecto Adamo Boari, el mismo que hizo la parte externa de Bellas Artes, Palacio que quedó inconcluso por la Revolución y que terminó el Arquitecto Mariscal en los años treinta.

 

Antes de seguir por el Eje Central, echemos un vistazo a la Plaza Tolsá, con el Caballito original, el Museo Nacional de Arte (MUNAL), antiguo Palacio de Comunicaciones; y el Palacio de Minería, escuela dedicada a la principal actividad económica de la Colonia, que hoy es de la Facultad de Ingeniería de la UNAM.

 

El edificio vecino del Correo Central es el del Banco de México, el instituto central fundado por el Lic. Manuel Gómez Morín bajo la Presidencia del General Plutarco Elías Calles en 1925. El anhelo de tener una institución así nació con el país: en 1822, el Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide soñó inútilmente con hacerlo, pero le resultó tan imposible como casi un siglo después al Presidente Venustiano Carranza, quien al menos lo asentó en la Constitución de 1917. El edificio es precioso y en su primer piso aún luce las ventanillas que atestiguan que nació prestando servicios de banca comercial.

 

Enfrente está el edificio Guardiola, así llamado en memoria de la casa que antaño ocupó ese predio. Lo mandó construir don Luis Montes de Oca por cuenta del Banco de México, para tener un inmueble auxiliar y dar empleo de albañil a los desocupados. Los últimos pisos fueron muchos años la sede del Club de Banqueros, hoy ubicado en 16 de Septiembre y Bolívar, lo que me permitió conocer bien el inmueble y disfrutar de unas maravillosas vistas desde sus terrazas, donde contemplé la Alameda con sus jacarandas en flor y muchas manifestaciones originadas en el Monumento a la Revolución o en el Eje Central.

 

El callejón de la Condesa separa al Guardiola de la casa de los Azulejos, desde hace casi un siglo ocupada por Sanborns. El inmueble fue recubierto por el segundo Conde de Orizaba, quien quería demostrar a su padre que no era un desobligado y que era falso su decir: Hijo recuerda el refrán: el que en gastos va muy lejos, no ira lejos, ni hará casa de azulejos. En ese callejón, cuenta una leyenda colonial, sólo cabía un vehículo. En una ocasión, dos caballeros y sus respectivas carrozas se quedaron frente a frente varios días, hasta que llegó el Virrey y los hizo retroceder simultáneamente.

 

Al final del callejón encontramos la Av. Madero, con su Torre Latinoamericana desde cuyo piso 42 podemos gozar de buena cocina y del paisaje en su recientemente inaugurado restaurante Miralto, que sirve platillos a buen precio, a medio día, sin exigir la formalidad en el vestir que se requería para entrar a su antecesor, el Muralto.

 

Bajar después de comer e ir a la iglesia del Convento de San Francisco, es una experiencia agradable, ya que los trabajos de restauración han convertido en un bonito templo a la que fuera una capilla del convento más grande de la Colonia y el espacio que la separa de la Torre suele tener interesantes exposiciones de pintura y escultura. Una puerta que había desaparecido está a punto de ser abierta, lo que permitirá comunicar a la iglesia con la Torre y hacer ceremonias en ambos sitios, sin necesidad de salir a la Av. Madero.

 

Hace muchos años, cuando trabajaba en el Centro y éste aún no tenía el apellido de histórico, en la puerta de San Francisco, sobre Madero, había una anciana que era todo un personaje: Doña Carmen, quien decía haber sido esposa de Pancho Villa, llegaba en un auto último modelo, se vestía con ropa de gran colorido y además de limosnera se dedicaba a cuidar la mantelería de los restaurantes de los alrededores, que la camioneta de la lavandería iba acumulando frente a ella. En ese entonces aún funcionaban Lady Baltimore, de gran tradición, y un restaurante español cuyo nombre he olvidado, que estaba en la azotea del Pasaje América, junto a Sanborns, y que terminó su existencia con los trastos en la banqueta, después de su lanzamiento.

 

Para cerrar nuestro paseo imaginario con broche de oro vayamos a la calle de Gante, en la siguiente cuadra, donde restaurantes y cafés le dan un toque europeo, en especial por el recientemente reinaugurado y acogedor Pasaje de Iturbide. Mis alumnos y yo comenzamos el paseo donde nosotros terminamos el nuestro. Nos quedamos agradablemente sorprendidos al ver el Pasaje. Construido en la parte posterior del Palacio de Iturbide, permite caminar entre Gante y Bolívar. Quienes lo conocimos antes, somos testigos de su positiva transformación.

 

Y aquí, en la entrada del Centro histórico, en el Pasaje de Iturbide, me despido. Espero no haber sido demasiado chilanga para quienes viven fuera del DF. De nueva cuenta, los invito a escuchar la pieza que me regaló Hernán en http://www.luzmariasilva.com/indexmat.html[1] y a navegar por mi página.

 

De todo corazón, les deseo un excelente 2008 en el que, con la conciencia de que México no es “este país” sino “nuestro país”, como dice uno de los amigos de la mesa de los jueves, hagamos todos lo que esté en nuestra mano para mejorar las cosas porque, como queda históricamente comprobado, nadie vendrá a arreglarlas por nosotros y en cambio muchos se beneficiarán de los pleitos y discordias que tanto nos empobrecen. Muchas felicidades.



[1] Para bajar el MP3, hay que dar click a la liga: http://www.luzmariasilva.com/indexmat.html.

Eso abre mi página, en donde una nueva liga lleva a la música. Otra vez hay que dar click.

Sale un cuadrito que baja el MP3 (uno no hace nada).

Sale el real player o el sistema que usen para escuchar música.

Se da click en la flecha para que toque, como cualquier aparato electrónico.

Se escucha la pieza y si gustan volverla a oír, le vuelven a dar click a la flecha.

Si de paso gustan navegar por la página, me dará gusto y más aún recibir su opinión.