TOPONIMIAS MEXICANAS (VI)


MÉXICO GLOBALIZADO

 

Hoy toca el turno al estado de Morelos, sinónimo de belleza, historia, turismo y fertilidad. Sus toponimias, salvo indicación contraria, son náhuatl porque en la zona hay una fuerte presencia de esa cultura. Ocupa el tercer territorio (4941 km2) con superficie más pequeña del país, después de DF (1449 km2) y Tlaxcala (3914), pero su contribución histórica y su liga cotidiana con la capital hacen una seductora mezcla, muy especial. A diferencia de la mayoría de los estados, sus páginas Web están dotadas de mapas, que nos ubican con facilidad.

 

El estado de Morelos fue creación personal del Presidente Benito Juárez, quien durante el Imperio de Maximiliano dividió al de México, como ya comentamos. El sacerdote insurgente don José María Morelos y Pavón nació en Michoacán, pero su persona quedó estrechamente ligada al territorio que hoy lleva su apellido en 1812, a partir del sitio de Cuautla (Según una interpretación de Cuauhtlan, junto a las águilas, según otra, bosque, de Cuáhuit, árbol y tlan, abundancia).

 

En Morelos el desarrollo agrícola es de antigua data y los nombres de muchas de sus poblaciones tienen que ver con la naturaleza. Cuernavaca, la capital (tlahuica Cuauhnahuac, cerca de o junto a los árboles) es un ejemplo de ello y corazón de un área metropolitana que se acerca a pasos agigantados al millón de habitantes, en una extensión que crece día a día. Ir a esa hermosa urbe desde el DF es recorrer un camino en el que hay desde sitios muy altos y uno de los desniveles más pronunciados de las carreteras de México: la pera, enorme curva que lo lleva a uno de un frío bosque de coníferas a uno tropical y donde en días despejados, tras contemplar al Popocatépetl, se ve la sierra del Tepozteco, llena de misterios y a lo lejos la cada vez más extendida Cuernavaca, con sus pronunciadas subidas y bajadas, es decir, una urbe enclavada en montañas de todos tamaños, en pleno Eje Neovolcánico.

 

Los olmecas, los toltecas y los chichimecas dejaron huellas de su permanencia en los 33 municipios del estado, lo cual es lógico en un lugar lleno de manantiales, con tierras adecuadas para la agricultura, y con un clima benigno, de eterna primavera. Cuando la cultura tolteca entró en decadencia, siete tribus nahuas terminaron su peregrinar iniciado en el norte y se asentaron en Morelos, el DF, el estado de México, Tlaxcala y Puebla. A la de los tlahuicas le tocó en suerte Morelos, donde, para empezar, fundó los señoríos de Yecapixtla (Junto a las puntas afiladas), Tlaquiltenango (Donde están los muros encalados) y quizá Ocuituco (Lugar de los gusanillos) e hizo centros ceremoniales como el del Tepozteco (Lugar donde abunda el metal).

 

Los tlahuicas tuvieron problemas internos, hecho que aprovechó Acamapixtli, fundador de la dinastía de los gobernantes de México-Tenochtitlán (1375-1396) para meter sus narices en tan rico territorio, a pesar de que los mexicas eran entonces tributarios de Azcapotzalco, y conseguir tributos para pagar los suyos. La inestabilidad se apoderó del actual Morelos hasta que la princesa tlahuica Miyanaxicuitli fue entregada al hijo y sucesor de Acamapixtli, Huitzilihuitl (1397-1417), de cuya unión nació Moctezuma Ilhuicamina, quinto señor de Tenochtitlán (1440-1468), hecho que consumó el poderío de los mexicas en el valle de Morelos y en Guerrero.

 

En 1521 Morelos cayó en manos del capitán Gonzalo de Sandoval, enviado por Hernán Cortés. Dos años más tarde Cortés había dominado la zona y a su vez había sido conquistado por ella. Morelos formó parte del marquesado del Valle Oaxaca con el que la corona española premió sus oficios en 1529, año el que el propio Marqués contribuyó a la fundación del convento de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Cuernavaca, que hoy es la Catedral de la Diócesis. De esos años de conquista datan las primeras haciendas azucareras, como la de San José de Vista Hermosa en Tequesquitengo (por el tequezquite, salitre, o sal eflorescente que se formaba en sus aguas en temporada de secas), las primeras estancias de ganado vacuno y las crías de caballos y mulas. Pronto aparecerían también las moreras con sus gusanos de seda, cría que resultó tan exitosa que amenazó la seda oriental y la industria textil de la metrópoli, por lo que luego fue una actividad prohibida.

 

Morelos es un estado ligado a la historia personal de muchos chilangos, como es mi caso. Recuerdo mis primeros paseos infantiles en Cuernavaca, en el hotel Papagayo, en el Capri, en diversas casas de descanso y en la torre Latinoamericana, conjunto de amplios departamentos, hermosos jardines y albercas que, supe muchos años después, era propiedad de los mismos dueños del rascacielos que se ubica en el Eje Central y Madero, en el DF. Me acuerdo de mi sorpresa cuando me di cuenta que las vacaciones escolares en Cuernavaca eran en un tiempo distinto que las del DF, así que mis hermanos y yo jugábamos mientras veíamos a los niños con su uniforme escolar.

 

También me acuerdo del Marik Plaza (quién sabe cómo se escribía) hotel que estaba en el centro. Cuando llegábamos ahí, mi papá, inventor del sistema de autoservicio en las panaderías, iba a vigilar la construcción de La Espiga mientras mis hermanos y yo íbamos con mi mamá a tomar helados, a jugar en el kiosco y a ver los murales de Diego Rivera en el Palacio de Cortés.

 

Quién me iba a decir entonces que cuando escribí la historia del Club de Banqueros y leí México tras lomita de William Spratling me enteraría de la historia de esos murales. Resulta que Dwight Monroe, el embajador de EUA en tiempos del Presidente Calles los mandó hacer porque al retirarse de nuestro país quiso dejarle a su amada Cuernavaca un regalo que la engrandeciera y nadie pudiera robarle. El banquero-diplomático-millonario pagó de su bolsillo 12 mil dólares de 1930 a Diego Rivera por ellos y accedió a ver al pintor en un automóvil, pues como era el secretario del Partido Comunista, se negó a ir a la embajada de EUA. Spratling refiere que él recibió 2 mil dólares, la única comisión que ganó en su vida. Fue el diseñador que transformó al Taxco minero en una ciudad de fina artesanía de plata.

 

Taxco (Juego de pelota) es una ciudad del vecino estado de Guerrero, con una historia y una economía profundamente ligada a Morelos cuando menos desde el último siglo de la Colonia, el de los Borbones, pues tal vez por su origen francés permitieron la entrada del minero José de la Borda (Joseph Laborde), cuyas minas de plata desarrollaron la zona y se plasmaron en los Jardines Borda de Cuernavaca, mismos que hicieron las delicias de los emperadores Maximiliano y Carlota en la segunda mitad del siglo XIX.

 

Morelos es también la tierra del Plan de Ayala y de Emiliano Zapata, de quien en el Banamex en el que trabajé se decía que cuando llegó al DF fue el único revolucionario que, para tener dinero en efectivo, mandó un cofre con oro al Banco, para respaldar un préstamo. Poco antes de abandonar la ciudad, pagó y recogió su cofre. El hecho no está asentado en las actas de Consejo, por lo que es difícil saber si sucedió o fue una encantadora leyenda institucional.

 

En los años 60, cuando estudiaba Sociología, conocí otro ángulo del estado. El autobús de la UNAM nos repartió por los ejidos cañeros que rodeaban al ingenio de Zacatepec (Cerro del Zacate). La experiencia fue inolvidable. A mi amiga Bertha Lerner, al ya desaparecido Peter Watkins, a mi primo Héctor Martínez D’Meza y a mi, nos asignaron a la casa de la familia del entonces comisariado ejidal de Pueblo Nuevo. Estoy segura que no era la idea de nuestros maestros, pero nosotros aprendimos lo que es el calor y el hacinamiento, pues nuestros amables anfitriones estaban peleados a muerte con otra familia, razón por la cual tapiaban las ventanas y cerraban a piedra y lodo el único cuarto donde estábamos seguros su familia y nosotros.

 

Tras varias noches sin dormir y largas negociaciones, logramos mudarnos a la escuela, sin que se ofendieran. En un salón dormíamos las mujeres y en otro los hombres. Las bancas eran de diferente altura, así que nuestras “camas” eran disparejas y duras, pero para nosotros era el Pueblo Nuevo Hilton. Ahí aprendimos a echar tortillas, a que al usarlas a modo de cubiertos no se deben comer con cada bocado, a bañarnos a jicarazos, lo que es vivir en un lugar sin agua potable, con letrinas, que si la caña se deja se acuesta y se enraiza y que es muy caro levantarla. Supimos del miedo de algunos campesinos que habían seguido al asesinado líder cañero Rubén Jaramillo.

 

En comparación con otros, y sobre todo con los jornaleros trashumantes que estaban ahí en época de cosecha, nuestros campesinos eran ricos y sin embargo el abismo entre su forma de vida y la nuestra era insalvable. Fue una experiencia dura de vivir y agradable de recordar, sobre todo porque de vez en cuando aprovechábamos que Peter había llevado su VW gris y nos íbamos a nadar y a descansar de los rigores del campo en Tlaquiltenango o en Jojutla (quizá Lugar de luciérnagas, tal vez Lugar abundante en pintura azul, por el xoxouki o añil, la planta tintórea).

 

Recorrer Morelos es tener experiencias maravillosas y disfrutar de la compañía de amigos queridos, que tienen casas de descanso o viven ahí, lo suficientemente cerca del DF como para visitarlos y regresar el mismo día. En varias ocasiones me ha tocado dar cursos de pensamiento creativo. Recuerdo con especial gusto uno en la hacienda de Cocoyoc (Lugar de coyotes) para los directivo de una reaseguradora, un grupo de primera. En ese hotel hice trueque con un empleado que no sabía qué hacer con una computadora cuyo disco duro necesitaba con urgencia el software de limpieza. Se lo corrí a cambio del uso ilimitado y gratuito de Internet. El pueblito vecino es de origen prehispánico, al igual que Oaxtepec (En el cerro de los guajes). En Las Estacas (castellano palos afilados en un extremo para clavarlos), hoy parque ecológico, las haciendas eran de tiempos de Cortés y en las aguas del borbollón, sin coincidir nunca, se bañaron Porfirio Díaz y Emiliano Zapata.

 

Para cerrar con broche de oro, les platico que Xochicalco (Lugar de la casa de las Flores) parece haber sido un sitio de reunión de astrónomos y constructores precolombinos, pues aunque tiene firma olmeca, luce rasgos de otras culturas mesoamericanas, como la maya. Patrimonio de la humanidad desde 1999, cuenta con un templo de corte teotihuacano, el de la Serpiente emplumada, Quetzalcoatl, quien nació en uno de los sitios más hermosos del precioso Morelos, en las laderas de la sierra del Tepozteco, en Amatlán (lugar de amates, árboles de 10 o 15 m. del que aún se saca el papel precolombino).

 

Fuentes consultadas:

Amates http://www.amates.org/index.php

Estudios Sociales BANAMEX. (1985-1986 y 1987) México social. Indicadores seleccionados.

Gobierno del estado de Morelos. Morelos turístico http://www.morelostravel.com

Montemayor, Carlos (Coord.) (2007). Diccionario del náhuatl en el español de México. Ciudad de México-UNAM. 440 p.

Parque Natural Las Estacas, Morelos México http://www.lasestacas.com/

Sierra Moncayo, María Julia y Reynaldo Sordo Cedeño. (2006). Atlas histórico de México. Mapas de Nacho Prieto. México, Estudios Generales, ITAM. 315 p.

Silva, Luz Ma. (1998). Las Memorias del Club a través de sus socios (1946-1998). México, Club de Banqueros. Tres tomos.

Silva, Luz Ma. (1988). Sociedad 1. México, NUTESA. 192 p.

Spratling, William. (1991) México tras lomita. Prólogo de José N. Iturriaga México, Diana.. 272 p.