TRAMOS DE ATENCIÓN Y PRODUCTIVIDAD


“En México la gente está cada vez peor, no aprende, nada le interesa, es grosera, presta mal servicio y tiene poca productividad”. Palabras más o menos, la queja muestra una brecha cultural-generacional que debemos atajar, para remontar la cuestión de la productividad y echar a andar la economía.

El tramo de atención de las personas o tiempo que permanecen interesadas en un tema, es elemento esencial del problema. Si se ignora que unas personas tienen un tramo de atención distinto a otras, no hay comunicación. Con frecuencia les sucede a padres e hijos, a maestros y alumnos, a jefes y empleados, a capacitadores y capacitandos, a clientes y vendedores o a conductores y público, para ejemplificar. No hay comunicación porque a los de tramo largo de atención le parecen superficiales, desinteresados y sin compromiso quienes tienen tramos cortos de atención, quienes a su vez los ven como densos, rolleros y aburridos.

Me explico: unas personas se concentran mucho tiempo en un tema, tienen tramos largo de atención. Les gustan actividades como leer, escribir, resolver problemas matemáticos, investigar, inventar, experimentar, analizar, dar o escuchar discursos y conferencias, oír música “clásica” y asistir a obras tradicionales de teatro o de ópera. En cambio, quienes están orientados a la televisión, a la música contemporánea, a los juegos de video y al USO de la tecnología moderna, se concentran poco tiempo, tienen tramos cortos de atención.

La mayoría de maestros y capacitadores tenemos tramos de atención largos, mientras que alumnos y capacitandos tienen tramos de atención cortos. Es importante asumirlo, estructurar cursos y actividades que requieran tramos cortos de atención. Desarrollar la habilidad de atención en tramo largo en un campo determinado, que demande un conocimiento específico, depende del interés y participación que despertemos en las personas. Los regaños, el “convencimiento”, la amenaza y los malos tratos no sirven. La nueva mentalidad, con sus tramos de atención cortos y su cultura visual, llegó para quedarse, como en su tiempo lo hicieron la letra escrita, la imprenta y todo lo que provocó el Renacimiento.

Hoy, la gente ve la televisión (tele) desde que nace. A veces, su contenido la envuelve. Otras, su ruido le sirve de compañía, no la ve, ni la escucha. Puede ser agresivo, apacible, musical o políglota. Hay gente que gusta ver programas en otro idioma para practicarlo. Hay otra que no se da cuenta que oye palabras desconocidas, cuya cadencia registra la mente.

Si estamos de tres a cinco horas diarias frente al televisor, en un año acumulamos de 1,095 a 1,825 horas. 8 horas diarias de sueño son 2,920 al año, una semana laboral de seis días 2,736 y una de cinco 2,280. Si se restan las vacaciones, el tiempo dedicado a laborar y a la tele se acercan más.

En resumen, la televisión es parte de nuestra vida. Los alumnos del jardín de niños tienen una larga experiencia televisiva, no digamos los universitarios, los trabajadores y en general los adultos. Hablamos de que nos gusta tal o cual programa, o un espectáculo determinado, no de la televisión en sí. En algunos ambientes la tele está siendo sustituida por la Internet, que da acceso a gran cantidad de información en distintos formatos, incluido el de la televisión.

Tanto la tele como la Internet, nos forman, sin que nos demos cuenta. Frente a ellas, están en desventaja la escuela y la capacitación, hechas para “enseñar” y “aprender”. En nuestro contexto, aprender es sinónimo de estudiar, de aburrimiento y obligación. Requiere tramos largos de atención. Se contrapone a la diversión, al ejercicio de la libertad que implica cambiar de canal o apagar el aparato, al ritmo propio, a navegar y al placer de ver y descubrir cosas nuevas. ¿Qué cibernauta puede ocultar su satisfacción al encontrar la información que busca? ¿Qué aficionado al deporte se niega a verlo cuando se lo ofrece la tele?

Los jóvenes se van de pinta de la escuela, nadie de la tele o la Internet. En teoría no exigen presencia, ni enseñanza-aprendizaje. En realidad sí lo hacen, pero de tal manera que incluso cuando se usan para cursos, sólo están bien hechos si conservan su estructura fragmentaria y trasmiten libertad y autodidactismo, sensaciones prácticamente inexistentes en los cursos presenciales.

Hasta la fecha, en México –y en gran parte del mundo- la enseñanza presencial tiene dificultades para incorporar lo que significan la tele y la Internet. La escuela y la capacitación quieren seguir teniendo alumnos pasivos a quienes retacar de información. En el siglo 18, cuando Carlos III de Borbón prohibió la memorización como método de aprendizaje, perdió el tiempo. Tres siglos después aún es común. Supone una relación de autoridad-pasividad, en la que el maestro decide qué se memoriza y el alumno obedece. Lo mismo sucede al capacitar, término que la Academia de la Lengua define como: “hacer a alguien apto, habilitarlo para algo”. Es decir, supone que el capacitador decide qué “compone” qué deficiencia subsana a quienes asisten a sus cursos.

Ser la influencia más poderosa en el desarrollo humano es el papel que la escuela y la capacitación deben jugar en el mundo actual. Para asumirlo, deben propiciar la interacción, olvidar el autoritarismo, aprovechar la tele y la Internet, hacerse cargo de que no son fuente de información, sino de formación, que atienden gente con tramos cortos de atención, cultura visual, hábil para seguir simultáneamente varias historias y para resolver problemas inmediatos.

Si asumen su papel actual, la escuela y la capacitación podrán inventar y reinventar procesos interactivos, lograr que el conocimiento sea parte de la vida. Cuando eso suceda, ambas cumplirán su misión, México aumentará la productividad y marchará la economía. Antes no.