1700 y ahora


MÉXICO GLOBALIZADO

¿Por qué nuestro gobierno no reacciona como el de EUA y nos regresa dinero de los impuestos?¿Por qué el gobierno de aquél país compra acciones para aumentar el capital de la banca quebrada, sin que eso implique una nacionalización, mientras que el nuestro la quiebra, la estatiza y tiempo después, indemniza a sus tenedores, es decir les paga lo que les quita y los deja sin negocio?¿Por qué los accionistas del británico HSBC prefieren rematar sus cosas y salir de EUA, antes de que las pérdidas tiñan de rojo sus números negros?

 

La respuesta se dice fácil, aunque no lo sea: el RU (Reino Unido) y EUA son liberales y nosotros mercantilistas, como la mayoría de las naciones del mundo. Una gran diferencia entre esos dos países y los nuestros es la superestructura o software, para llamar de forma moderna al conjunto de elementos que le dan razón de ser a la vida social, por ejemplo, la religión, la moral, la ciencia, la filosofía, el arte, el derecho y las instituciones políticas y jurídicas.

 

Una diferencia entre el software liberal y el mercantilista es el papel del gobierno. Para ellos, es el encargado de intervenir cuando las cosas se ponen tan mal que la “mano invisible” no puede con el paquete y necesita ayuda. Por ejemplo ahora, o en 1929, o en 1973, cuando el Presidente Nixon reforzó la economía mixta, declaró a voz en cuello “todos somos keynesianos”, sin importar lo antiliberal de las medidas de Keynes.

 

Así, cuando se necesita, los países liberales cambian las reglas del juego para impedir que se siga repitiendo un comportamiento erróneo. Una vez que las cosas funcionan, su gobierno asume que seguirán bien y deja de lado la lupa de la supervisión, que ve como cortapisa al desarrollo de las actividades privadas. Como las crisis son inherentes a la economía capitalista, periódicamente se dan y de una u otra manera salen a flote los defectos humanos. La actual no es la primera, ni será la última y siempre está de por medio el capital y su manejo.

 

También sucede en los países mercantilistas. Francia, por ejemplo, nacionalizó su banca tras la Segunda guerra y en los años 80. En México, cuando el gobierno quiebra, quiebra a la banca, como López Portillo en 1982, o Carlos V y Felipe II en su época. El gobierno mercantilista parte del supuesto de que le corresponde decidir qué actividades convienen y cuáles no, en qué se crean empleos, en qué se invierte, etcétera. Es decir, carga con el peso de la economía y, dependiendo del desarrollo de la mayoría de sus ciudadanos, de su seguridad, de su autoestima, de su capacidad para enfrentar retos y resolver problemas, de qué tanto saben respetar y exigen ser respetados, de lo independientes que sean, se conforman las relaciones entre el gobierno y los ciudadanos, sus instituciones y su software y cultura.

 

Indicar en qué se invierte y en qué no, implica tener recursos. El que da el consejo da el tostón, se decía. El gobierno los necesita especialmente. Por eso, casi todos los países europeos cobran impuestos altos y sus ciudadanos les exigen resultados. En América Latina los impuestos son elevados y los servicios lentos y deficientes. Por si fuera poco, cuando el gobierno no maneja adecuadamente sus ingresos, le pasa la cuenta a la población, ya sea directamente, vía impuestos, o incautando los ahorros, como el gobierno argentino y su corralito, o indirectamente, a través de la inflación o permitiendo elevadas comisiones bancarias, que recuperan los costos del “bad bank” formado por sobre todo por los gastos de la estatización de 1982 y del error de diciembre de 1994.

 

Las raíces de esas grandes diferencias entre liberales y mercantilistas se hacen visibles en el siglo XVIII, en un entorno en el que Inglaterra crece, progresa, se adueña poco a poco de los mares y va abriendo paso la idea de que los particulares deben ser responsables de sí mismos y de su progreso, guiados por reglas claramente definidas. Esas reglas son la base de una libertad acotada principalmente por la libertad del prójimo. El liberalismo tiene un cuerpo de doctrina claramente establecido. Parte del supuesto de que sus ciudadanos tienen derecho a tener derechos, software muy diferente al nuestro, donde todo, hasta la democracia, es definida por el Estado.

 

En 1700 la diferencia entre ambas formas de ver el mundo es clara. Ese año fallece Carlos II de España, tras 35 años de ostentar la corona. Pasa a la historia con su apodo de “hechizado”. Retrasado mental e impotente, al morir sin sucesor, abre la oportunidad que todos esperaban: echarle el guante a las posesiones españolas, cuando menos en Europa. En 1713 Luis XIV, el Rey Sol de Francia, logra imponer a su nieto Felipe V sobre España y sus colonias ultramarinas. Sus posesiones europeas se reparten entre las coronas de aquel continente: Inglaterra, Francia, Austria, las Provincias Unidas, Brandeburgo (Prusia), Portugal y el ducado de Saboya (núcleo de Italia). Los Tratados de Utrecht consagran el hecho.

 

El mundo sigue dando vueltas y tumbos, pues la Reina Ana I de Gran Bretaña, muere en 1714, un año antes que Luis XIV y los españoles distan de estar tranquilos y resignados. El siglo XVIII atraviesa una etapa de gran inestabilidad política. Las luchas entre católicos y protestantes forman parte del panorama, al igual que las diversas definiciones del papel del Estado.

 

Tras medio siglo, las cosas se aclaran: Adam Smith publica su Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, en 1776, año en el que las 13 colonias inglesas en América declaran su independencia como reclamo contra el aumento de impuestos y se convierten en EUA, mientras la Nueva España se reacomoda, tras una década de haber expulsado a los jesuitas. La Corona dispone de los bienes terrenales de la Compañía e indica qué se puede hacer y qué no.

 

Hoy el mundo parece estar en una época similar a la del siglo XVIII. El modo de hacer las cosas está cambiando profundamente. Las quiebras bancarias ponen el acento en el sistema circulatorio de las economías, pero son la parte visible de un fenómeno mucho más profundo. ¿Qué saldrá delante de esta etapa? Es imposible saberlo.

 

Sin duda entre lo mucho que se quedará en el camino están la sociedad industrial y su mundo de empleo; la sociedad de consumo y su crédito indiscriminado; la idea de que todo debe durar para siempre y el Estado que niega a sus ciudadanos el derecho a tener derechos. El problema para nosotros, la gente común y corriente, no es el final, sino el proceso: ¿Cuáles serán los costos que debemos asumir? ¿Cómo aprender a trabajar y progresar sin tener empleo? ¿Cómo lograr un gobierno eficiente, que actúe rápidamente, que solucione los problemas y al mismo tiempo nos deje ser, nos trate como adultos, como “personas de pantalones largos”? Las preguntas son muchas. Las respuestas no las sé. Por eso, invito a la reflexión.