RETOS MÁS ALLA DE LA MARCHA EN EL DF


El domingo fui a la marcha contra la inseguridad. Quedé de reunirme con unos amigos, a quienes no encontré ni por celular. Así, decidí marchar “sola”, con ¿250 mil personas? ¿500 mil? ¿Un millón? ... Jamás sabremos.

Marchar sin tener con quién platicar fue interesante. Por un lado, la emoción de ir hombro con hombro con miles de personas. Por otro lado, la tristeza de ver a los familiares de víctimas que no volverán, a las propias víctimas con sus cicatrices en el cuerpo y/o en el alma y recordar las experiencias de gente querida. Finalmente, el constatar, una vez más, que, a pesar de los pesares, los mexicanos nos las arreglamos para dar cabida a la alegría, al ingenio, a la familia, al paseo y al buen humor. Por eso, para nosotros “Tristeza" es la más alegre de las sambas.

Durante unos instantes, me emparejé con una señora que iba indignadísima porque se había dicho que era una marcha en silencio y todos íbamos aplaudiendo rítmicamente y gritando “México, México”. Que yo sepa, salvo la manifestación del silencio que organizaron el Ing. Javier Barros Sierra y el Lic. Fernando Solana en 1968, por la toma de CU, en México no se han dado manifestaciones calladas. Silencio, en este caso, significaba: sin consignas partidistas, ni ataques políticos, ni lemas, ni groserías.

En 1968 la manifestación convocó a los universitarios, sin distingos políticos. La del domingo, reunió a los afectados y/o preocupados por la inseguridad. Aquella fue impactante por el silencio callado y la de hoy por el silencio acompasado. Oír cómo una ola de palmadas se apodera de la calle es tan impactante como darse cuenta que uno es una gota de un mar blanco que se prolonga al infinito.

Mis respetos por los organizadores y sus colaboradores, jóvenes de blanco con su playera verde y un altavoz, con la suficiente flexibilidad como para transformar en una pauta de orden alguna petición que los manifestantes no queríamos acatar. Por ejemplo, quienes a las 13 hrs. estábamos en Av. Juárez, cantamos el himno y escuchamos “no vayan al Zócalo porque ya se acabó todo”. Desde luego, los ignoramos. Nadie caminó hasta allá para no llegar a la meta. Entonces, los jóvenes de verde desalojaron a la gente que había llegado a la Plaza Mayor para darnos cabida al resto. Cuando pidieron inútilmente que nadie entrara a la calle de Madero, organizaron una columna de entrada y otra de salida. Bravo, muy bien.

El mexicano tiene ingenio y habilidad para los negocios. Debemos aprovecharlos, no esperar a que nos den empleo. Hubo dulces, refrescos, agua, fruta, nieve, banderines, camisetas, paliacates y gorras de protesta. Restaurantes y tiendas abiertos, sin miedo a pintas, ni saqueos. También muñequitas masahua y vendedores coyunturales como los de los CDs con música “de paz” y uno que vendía rosarios hechos con un abalorio de madera y un Crucifijo. Supongo que no vendió nada. La gente sonreía al escucharlo, nada más. Decía: “hay que rezar porque si no rezan mañana quién sabe si aparezcan”. El vendedor se pasó de la raya, pero ¿dónde está la raya? ¿Quién la define? ¿Cómo? Es difícil saberlo.

La raya está sin embargo ahí. Es cada vez más evidente. A la marcha del domingo en el DF fuimos fundamentalmente gente de clase media y alta. La inseguridad afecta a todos. Sin embargo, los estratos mayoritarios tuvieron presencia minoritaria. ¿Por qué? Porque la raya se está volviendo abismo, porque la sociedad está cada vez más polarizada, porque nos cuesta cada vez más trabajo tener empatía con quienes pertenecen a un nivel social distinto del propio.

Salí del Zócalo por 5 de Mayo. Crucé La Alameda, uno de los sitios más populares de la ciudad, y llegué al Metro. La mirada de escepticismo de la gente vestida de color me acompañó todo el tiempo, hasta mi vecindario. ¿Será que se siente poco afectada por el problema o que está poco identificada con la supuesta derecha, en realidad gente de clase media y alta?

Pienso que hay poca identificación, que la división de clases es abismal y es difícil encontrar puntos que nos aglutinen. Así, mientras que a unos nos parece absurdo que el jefe de gobierno del DF insista en que en la marcha “hubo manipulación de la derecha política del país, amarillismo de algunos medios de comunicación y oportunismo del gobierno federal”, otros ¿la mayoría? le dan la razón. Esa polarización plantea un reto mayúsculo: a la necesidad de solucionar el problema de la inseguridad, hay que agregar que es indispensable tender puentes entre los distintos estratos. Con la polarización la sociedad pierde. La lucha de clases destruye el tejido social, beneficia a delincuentes y secuestradores.

Por si fuera poco, hay otro reto: qué hacer con los vigilantes corruptos. Tengo la hipótesis de que cuando el gobierno pierde control, los países reaccionan de dos maneras: unos, con delincuencia; otros, con terrorismo. México es de los primeros. El robo en todas sus manifestaciones, secuestro incluido, crece con la ineficacia del gobierno. Así ha sido desde el final de la Colonia, cuando la diligencia entraba a la ciudad de México con sus cortinillas bajadas porque sus tripulantes, asaltados en el camino, llegaban desnudos. “Los bandidos de Río Frío”, de Manuel Payno, da cuenta de robos y asaltos en épocas inestables.

En el Porfiriato, los ladrones disminuyeron. La técnica fue sencilla: el gobierno les dio a escoger entre morir o responsabilizarse del orden en su zona, cobrando un sueldo. De ávila Camacho a Díaz Ordaz hubo orden. Años después, para enfrentar el desorden que heredó, Miguel de la Madrid quiso acabar con la corrupción policíaca corriendo a los malos elementos. La medida se tradujo en tal aumento de la criminalidad que las señoras de Las Lomas se manifestaron en Madero y el gobierno acabó recontratándolos. El reto es mayúsculo: a la cultura de denuncia que, con razón, proponían algunas mantas el domingo, hay que agregar una solución realista al problema de qué hacer con los vigilantes corruptos.