REFLEXIONES EN TORNO AL CREDITO


México globalizado

Por qué no crece México? Entre otras razones, por la falta de crédito para la producción y el exceso del mismo para el consumo. Es mala combinación porque financia actividades que no generan recursos para su pago y no las que los generan directamente. En México cada vez más personas dedican casi todos sus ingresos a pagar deudas. Hay una conexión entre eso y las cuentas nacionales, una relación directa –por ejemplo- entre los números negativos del PIB y las familias que tras meses de padecer visitas de cobradores, se mudan de casa una noche.

 

¿Queremos crecer? Revisemos el sistema de crédito. A nivel macro no está en nuestras manos, pero a nivel personal sí. Por eso escribí mi libro ¡Auxilio! ¿Qué hago con mi tarjeta de crédito? Por eso acepté encantada que Panorama lo publicara y lo pusiera a la venta en Sanborns, Liverpool, Porrúa Hermanos, Restaurantes California, El Sótano y otros lugares. Por eso los invito a la conferencia que daré sobre las finanzas personales y la tarjeta de crédito.

 

La cita es el miércoles 25 de noviembre, de 12 a 14 horas en el Auditorio del Programa de Investigación del campus Acatlán de la UNAM. Está ubicado en Jardines de San Mateo, en el Estado de México. La entrada es libre y quien desee un plano para llegar ahí por favor me dice para mandárselo.

 

Hecha la invitación, sigamos con el tema del crédito a nivel histórico, del cual NO hablaré en la conferencia. Estará dedicada a sugerencias para que las personas  que tienen intereses en cosas distintas al dinero aprendan a usarlo como lo que es: un recurso limitado sobre el que hay que decidir.

 

A grandes rasgos, en nuestro territorio han existido cuatro sistemas de crédito, de los cuales tres han sido bancarios. El primero fue el colonial, que se deshizo poco antes la Independencia: la Iglesia, a través de sus obras pías –hoy ONGs- financiaba a los productores, en especial a los agricultores. Trataré de explicarlo porque ofrece lecciones actuales. Hay que recordar que un vale es un pagaré y quien lo firma debe pagarlo o servirlo.

 

En 1780, cuando México era Nueva España, el Rey Carlos III necesitó crédito. Hizo una emisión de vales reales a través del Banco de San Carlos, fundado para ello. Su majestad murió en 1788. Su hijo Carlos IV heredó corona y deuda. En 1799, necesitó más dinero. Hizo una nueva emisión de vales reales. En diciembre de 1804 hizo una tercera emisión. El principal acreedor fue la Iglesia.

 

El nombre completo del documento expedido fue: Real Cédula sobre enajenación de bienes raíces y cobro de capitales de capellanías y obras pías para la consolidación de vales reales. Con él, el Rey hizo lo que nosotros cuando conseguimos una tercera tarjeta de crédito para pagar (consolidar) las dos que teníamos y disponer de algo de lana para enfrentar otras necesidades.

 

Las cosas iban más o menos hasta 1808, cuando el Rey quedó desempleado: perdió el trono al abdicar a favor de su hijo Fernando VII y éste a favor de José, Bonaparte, el hermano de Napoleón. Los pagos se suspendieron. El resultado fue demoledor: la falta de pago secó la liquidez a la Iglesia, que se quedó sin el dinero que prestaba a los agricultores para la siembra. Fue causa directa de la independencia. En los Altos de Jalisco hay una serie de pueblos y ciudades con nombres de personas en memoria de los afectados que, quebrados, se levantaron en armas, como Pedro Moreno –el de Lagos-. Si uno pone en el Google “vales reales + independencia” obtiene 3,120,000 referencias y si les echa un vistazo se da cuenta que los artículos y libros a los que lleva son de los países de la actual América hispana y de España misma.

 

Consumada la Independencia, hubo diversos intentos de hacer un sistema de crédito, como el del Banco de Avío de Lucas Alamán. Fracasaron porque de 1821 a 1876 México tuvo más de 70 gobiernos y cinco guerras internacionales, lo que lo hizo poco atractivo para las casas de inversión, así que el crédito corrió a cargo de los particulares, con alcance muy limitado.

 

La llegada de Porfirio Díaz al poder en 1876 permitió el desarrollo del primer sistema bancario. La banca era de emisión, es decir, hacía sus propios billetes y tenía sus reservas para amparar su circulación. Cada institución conocía a sus clientes y les daba crédito. Si un cliente no pagaba, el banco lo embargaba y nadie volvía a prestarle, punto.

 

La Revolución hizo talco el sistema bancario, que terminó incautado. En 1921, Obregón regresó a sus dueños 16 bancos viables y liquidó el resto. En 1925 nació el Banco de México. Comenzó el segundo sistema bancario mexicano, factor esencial del “desarrollo estabilizador”, como se conoce a la etapa que va del final de la segunda guerra mundial a 1970. En ese tiempo los banqueros y los funcionarios públicos, como don Antonio Ortiz Mena, tenían claro cómo aprovechar la coyuntura mundial en favor del país. “Andando el carro se acomodan las calabazas” era el dicho con el que don Rodrigo Gómez resolvía los problemas que enfrentaba el banco central.

 

Por su parte, los banqueros privados abrieron sucursales, dieron crédito a productores y consumidores de nivel medio y educaron a la población: muchos niños recibieron su primera alcancía cuando nacieron y tuvieron cartilla de ahorro escolar. La banca invitaba a sus clientes a ver películas de Capulina, a festivales de diversos tipos y les explicaba cómo funcionaban las cosas. Una de sus reglas no escrita era “no quiebres al cliente.” Manejadora de recursos a largo plazo, como los de las cuentas de ahorro, financiaba productos de largo plazo, como la vivienda. Jamás financió cosas de largo plazo con recursos de corto plazo. En 1968 lanzó la tarjeta de crédito con gran cuidado: sólo para quienes tenían suficiente dinero para pagar, es decir, para usarla como medio de pago. Para los demás no hubo, punto.

 

El mundo cambió. Terminó la época dorada, con su dólar y petróleo baratos y estables. En México el “desarrollo compartido” sustituyó al “desarrollo estabilizador”. El crecimiento se pagó a crédito. En 1982, López Portillo estatizó la banca y la razón de ser de las instituciones cambió. Los requisitos para las tarjetas de crédito se aflojaron. En el siguiente sexenio el desempleo se enfrentó a tarjetazos: por primera vez se usaron para comprar frijoles en el súper y las familias se sobreendeudaron. Quienes tienen en su haber alguna otra etapa de problemas con la tarjeta tal vez esa sea una de ellas.

 

En la etapa siguiente, el empleo se recuperó, aunque la economía funcionó como el tránsito del DF: con días de gran aceleración y fluidez, en los que se llega de un sitio a otro en 15 minutos y otros en los que recorrer la misma distancia toma 2 horas o más. En términos de deuda, en la primera se paga fácilmente y en la segunda todos el ingreso se usa para abonar las tarjetas.

 

Salinas “regresó” la banca al sector privado. Las comillas son porque no lo hizo a sus antiguos dueños, sino a otros, que se dedicaban a un negocio de dinero, las casas de bolsa, que es muy diferente a la banca. Eran los inicios del tercer sistema bancario mexicano: el actual. Mientras los nuevos dueños aprendían a manejar sus bancos con parámetros de largo plazo, conocimiento de la calidad crediticia del cliente, etcétera, Zedillo protagonizó el “error de diciembre” de 1994 que quebró a ricos y pobres en México y en otros lados del orbe, donde se le llamó el “efecto tequila”. Su rebote fue la rápida internacionalización de la banca, inicialmente programada a 15 años en el TLC.

 

El problema no fue, ni es, que la banca sea internacional, porque es natural, sino que no acaba de conformarse como sistema, ni juega el papel social para el que fue inventada: dotar de un aparato circulatorio sano a la economía, es decir:  prestar dinero para producir a una tasa y plazo razonables, recaudar ahorros, facilitar el consumo en términos sustentables, etcétera.

 

Todo eso a nivel familiar y personal, se tradujo en grandes problemas porque se juntó con la globalización y el desempleo. Las crisis son inherentes a economía. Son un reto, en el sentido oriental: riesgo y oportunidad. La tragedia de la actual, es que para nuestra educación y las expectativas de ocupación están ligadas al empleo. Fue la forma masiva de ocupación los últimos 300 años. No lo será más. Eso no quiere decir que no habrá empleos, sí habrá –como siempre los ha habido- sino que las mayorías encontrarán en las ocupaciones de emprendedores y por su cuenta una manera más atractiva y remuneradora de trabajar, a condición de que se cumplan varias cosas que en nuestro país no se están dando.

 

A nivel personal, esas condiciones tienen que ver con aprender a manejar el dinero en un contexto de ingreso variable. Por eso sostengo que si uno ve el sobreendeudamiento como una oportunidad de aprendizaje sus posibilidades de salir adelante se multiplican. Cuando debe dedicar todos sus ingresos al pago de deudas, tiene dos opciones: seguir endeudándose hasta que deba mudarse de noche y abandonar buena parte de su vida o aprender a vivir de manera sustentable, paso indispensable para aprovechar mejor el sueldo –si lo tiene- o para iniciar una ocupación por cuenta propia. Del cómo lograrlo tratará la conferencia del miércoles 25 en Acatlán, y es el tema del libro ¡Auxilio! ¿Qué hago con mi tarjeta de crédito?