HISTORIA DE MEXICO: ANÁLISIS VS. IDEOLOGIA


MEXICO GLOBALIZADO

Recibir, procesar y transmitir información es la principal función de la mente. Entre más se realice, más conexiones neuronales se establecen y suben las posibilidades de conservar joven el cerebro. El estudio de la historia es el medio ideal para lograrlo porque permite analizar varias versiones del mismo hecho, sostiene “How to Train the Aging Brain”, comentario bibliográfico aparecido el 3 de enero en nytimes.com, a propósito del libro de Barbara Strauch ,The Secret Life of the Grown-Up Brain, que saldrá en abril.

Analizar la historia, en vez de mutilarla o de memorizarla a fuerza de repetir sus hechos hasta al cansancio, debe ser la forma de celebrar el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Coincido con Strauch y agrego que por experiencia propia sé que la historia es una excelente manera de definir y entender procesos, de interrelacionar hechos, de darse cuenta cómo acontecimientos lejanos influyen en el devenir de los pueblos y por tanto en la vida de los seres humanos.

Por eso me preocupa que aún se haga de la historia de México un credo ideológico en vez de un análisis. Hay razones históricas para actuar así, lo sé, pero es hora de cambiar. Tenemos excelentes especialistas, capaces de ayudarnos en la tarea, si están dispuestos a hacerlo. Es curioso ver cómo hasta en lugares que no tendrían por qué, se permea la ideología.

Por ejemplo, el Museo de Arte Popular (MAP) ubicado en la vieja estación de bomberos de la ciudad de México, en la esquina de Revillagigedo e Independencia, está lleno de artesanía moderna, fina y creativa. Vale la pena conocerlo. Viene al caso porque en la planta baja hay un magnífico ejemplo del arte mexicano e ideología: el ferrocarril de la historia. En cada vagón una representación ilustra acontecimientos relevantes con las calacas de sus protagonistas.

 El esqueleto de Miguel Hidalgo es inconfundible. Como siempre, el gran ausente es Agustín de Iturbide. Que él consumó la Independencia es tan innegable como que tenemos dos actas de Independencia, la de la América Septentrional, hecha por el grupo de José María Morelos; y la del Imperio Mexicano, por el suyo. En esos documentos aflora nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo, para encontrar algunos puntos comunes que nos permitan crecer como seres humanos, como comunidad y como país.

¿Por qué no se desarrolla México? En parte por eso, por no manejar con respeto y madurez los desacuerdos, ni definir con claridad los puntos en común. La diversidad de opiniones es sana hasta para la mente, según vemos. Sin embargo, cuando la opinión fundamentada se sustituye por la repetición ideologizada, esa diversidad de opiniones no es tal, sino un debate sin sentido, que nadie gana, que se resume en: “el que tenga más saliva traga más pinole”, es decir, en un país sin Estado de Derecho, en el que las cosas se imponen mientras dura la fuerza del que las logra, hasta que alguien más fuerte las quita. Por eso, aunque EUA comenzó su lucha de independencia 45 años antes que México (1776 y 1810, respectivamente) Obama es el Presidente 44 de EUA, mientras que Calderón es el gobernante 90 de México.  

Para quienes tengan interés en el tema, en la pestaña “material especial” de mi pagina Web, luzmariasilva.com, está un cuadro que ordena nuestra historia política de acuerdo con los periodos Presidenciales de EUA. George Washington, el primero, lo fue de 1789 a 1797. James Madison, el cuarto, estaba en el poder cuando Hidalgo inició su lucha. En 1821, cuando Iturbide consumó la Independencia, estaba James Monroe (“América para los americanos). En 1910, William H. Taft detentaba el poder cuando Madero inició la Revolución y Woodrow Wilson en su etapa más sangrienta, de 1913 a 1917.

 “Pueblo que ignora su historia está condenado a repetir sus mismos errores”, palabras más, palabras menos, suele decirse con frecuencia. Espero que 2010 sirva para hacer un alto en el camino y hacer una revisión seria del devenir de nuestro país. Es vital encontrar las tendencias, entender por qué somos como somos, darnos cuenta de las razones por las que regularmente provocamos un deterioro social de tal magnitud, que acabamos perdiendo todos.